Inteligencia artificial y gobernanza global: la brecha entre EE. UU. y Europa

Ciencia y Tecnología - 30 de septiembre de 2026

La inteligencia artificial se ha convertido en un tema clave de debate en la Asamblea General de las Naciones Unidas, donde los líderes mundiales están discutiendo las oportunidades y los riesgos asociados al rápido desarrollo de esta tecnología. El debate se desencadenó tras el reciente —y muy polémico— discurso que el presidente de EE. UU., Donald Trump, pronunció ante la Asamblea General. Los incidentes que ponen de manifiesto posibles pérdidas de control, junto con la creciente preocupación expresada por los sectores de la ciberseguridad y la IA, han avivado el debate sobre la necesidad de una mayor supervisión pública. En este contexto, ha surgido una divergencia significativa entre la postura de Estados Unidos y la de muchos otros países —sobre todo en Europa— que están a favor de introducir medidas reguladoras.

LA POSTURA DE LAS NACIONES UNIDAS

El secretario general de la ONU, António Guterres, ha situado la cuestión de la seguridad de la IA entre las prioridades de la agenda internacional. En su discurso ante la Asamblea General, hizo hincapié en la necesidad de evitar que las decisiones de vida o muerte que afectan a los seres humanos se dejen en manos de las máquinas, vinculando este principio con el tema de los sistemas de armas autónomos y los llamados «robots asesinos». Guterres ya había destacado los riesgos asociados a la inteligencia artificial en su primer discurso ante la Asamblea General hace una década. Su postura actual se centra en la necesidad de fomentar condiciones que favorezcan el desarrollo responsable de esta tecnología y de establecer medidas de protección adicionales para mitigar sus riesgos. En este contexto, el Consejo de Seguridad de la ONU tiene previsto debatir formas concretas de supervisión de la IA, con la participación de figuras destacadas del sector.

EL RECHAZO DE EE. UU. A LA REGULACIÓN

El Gobierno de EE. UU. liderado por Donald Trump tiene una postura claramente diferente. El presidente ha reiterado su oposición a cualquier tipo de regulación de la inteligencia artificial, llegando incluso a cuestionar la terminología que se suele usar para describir esta tecnología. Según Trump, el término «inteligencia artificial» le resta importancia y debería sustituirse por «superinteligencia», una definición que él considera más adecuada. Además, el presidente ha comparado las advertencias sobre la seguridad de la IA con las polémicas del pasado en torno al cambio climático, argumentando que ciertas predicciones catastróficas de los defensores de la seguridad de la IA se parecen a las que se hicieron en su día sobre el calentamiento global. Por eso, la postura de EE. UU. rechaza la idea de una gobernanza internacional vinculante, ya que la ve como parte de una agenda globalista para controlar la tecnología. En cambio, Trump ha destacado que toda gran innovación trae consigo inevitablemente retos, al tiempo que reconoce la posibilidad de que se den situaciones en las que los robots puedan suponer una amenaza.

EL ENFOQUE EUROPEO Y LA BÚSQUEDA DE NORMAS COMUNES

A diferencia de Washington, más de veinte países —sobre todo europeos— han abogado por una normativa vinculante sobre la seguridad de las formas más avanzadas de IA. La principal preocupación es que el ritmo del desarrollo tecnológico pueda superar la capacidad de las instituciones para comprender y gestionar adecuadamente sus consecuencias. China y Estados Unidos, considerados potencias líderes en el sector de la IA, no han apoyado esta propuesta. El Reino Unido ha anunciado planes para poner en marcha una iniciativa destinada a establecer normas globales durante su presidencia del G20, prevista para 2027. Al mismo tiempo, Londres ha anunciado una alianza de defensa con Washington que incluye medidas para detectar ciberataques dirigidos a infraestructuras críticas.

AUTONOMÍA TECNOLÓGICA Y COOPERACIÓN INTERNACIONAL

Francia ha adoptado una postura firmemente orientada hacia la autonomía tecnológica europea. Emmanuel Macron ha propuesto desarrollar sistemas de IA independientes de las grandes potencias, haciendo hincapié en la necesidad de evitar la dependencia tecnológica de Estados Unidos o China. En este contexto, París aboga por compartir las inversiones necesarias para crear un modelo avanzado de inteligencia artificial de código abierto. Sin embargo, el debate también involucra al sector privado estadounidense; las principales empresas estadounidenses de IA han mostrado cada vez más interés en la coordinación internacional en materia de seguridad y protección.

LA REGULACIÓN DE LA IA Y LA ESTABILIDAD MUNDIAL

El debate sobre la inteligencia artificial refleja una divergencia más amplia en los enfoques de la gobernanza tecnológica internacional. Por un lado, el enfoque europeo tiende a dar prioridad al principio de precaución, al establecimiento de normas comunes y a la introducción de medidas de protección para orientar el desarrollo de la IA, basándose en la convicción de que una tecnología destinada a desempeñar un papel cada vez más importante en la sociedad y en la seguridad internacional no puede quedarse sin una supervisión adecuada. Por otro lado, la postura de EE. UU. —tal y como la ha expresado Donald Trump— pone más énfasis en la libertad de desarrollo tecnológico y en la necesidad de evitar restricciones internacionales que puedan frenar la innovación. Este contraste es especialmente importante teniendo en cuenta el panorama internacional actual, marcado por conflictos, tensiones geopolíticas, amenazas cibernéticas y crecientes dudas sobre la estabilidad mundial. En este contexto, la capacidad de regular las nuevas tecnologías se convierte en parte integral de la búsqueda más amplia de herramientas para preservar la paz y la seguridad internacionales. La postura europea, centrada en la cooperación multilateral y la creación de normas comunes, forma parte, por tanto, de un esfuerzo por abordar los riesgos relacionados con la IA a través de mecanismos compartidos; mientras tanto, el enfoque diferente de EE. UU. pone de relieve la dificultad de alcanzar un consenso global precisamente cuando la fragmentación internacional complica la gestión colectiva de las amenazas emergentes.