¿Y si Adam Smith existiera hoy?

Cultura - 29 de marzo de 2026

A Adam Smith se le invoca con frecuencia en los debates políticos modernos, pero rara vez se le comprende. Su nombre se ha convertido en la abreviatura del libre mercado, la desregulación y la famosa metáfora de la «mano invisible». Pero si Smith fuera transportado de algún modo al siglo XXI, probablemente encontraría la forma en que su legado se utiliza hoy tanto halagadora como incompleta.

Smith no era sólo un economista -de hecho, el término aún no existía en su forma moderna-. Era un filósofo moral. Su obra más importante, en muchos sentidos, no fue La Riqueza de las Naciones, sino La Teoría de los Sentimientos Morales, una reflexión sobre los fundamentos morales de la sociedad humana. Para Smith, los mercados nunca debieron funcionar aislados de la ética, las instituciones y la confianza social.

Esta reflexión es especialmente oportuna. Este año se cumple el 250 aniversario de la publicación de Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones (1776), el texto fundacional de la economía moderna. La obra magna de Smith revolucionó la forma en que las sociedades entendían el valor, el comercio y la prosperidad. Articuló con notable claridad la idea de que el intercambio voluntario dentro de mercados competitivos -gobernados por normas e instituciones- podía generar abundancia a una escala hasta entonces inimaginable.

Dos siglos y medio después, el registro histórico parece confirmar el extraordinario poder de esa intuición. El capitalismo ha transformado el nivel de vida mundial y ha sacado de la pobreza a miles de millones de personas. Por tanto, es comprensible que instituciones como el Instituto Adam Smith aprovechen este aniversario para celebrar la importancia duradera del libre comercio, el libre mercado y la libertad individual, sobre todo en un momento en que muchas economías avanzadas coquetean de nuevo con el proteccionismo y la intervención gubernamental de mano dura.

Sin embargo, los aniversarios no son sólo momentos de celebración; también son oportunidades para la reflexión. Si Smith estuviera hoy por aquí, observando el mundo moderno, sin duda reconocería el extraordinario poder productivo desencadenado por la sociedad comercial. Pero también se daría cuenta de algo preocupante: la erosión gradual de los fundamentos morales e institucionales que él creía necesarios para que los mercados funcionaran bien.

Para Smith, los mercados estaban inmersos en una cultura moral conformada por la simpatía, las normas sociales y las instituciones. La vida económica dependía de la confianza entre extraños, pero esa confianza se sustentaba en tradiciones éticas más profundas. Una sociedad comercial sólo podía prosperar si los ciudadanos poseían hábitos de moderación, responsabilidad y reconocimiento mutuo. En otras palabras, la mano invisible no operaba en un vacío moral.

Hoy, sin embargo, los mercados se presentan a menudo como si fueran sistemas autosuficientes capaces de regular todos los aspectos de la vida humana. En muchos países, la lógica económica se ha extendido a ámbitos que las sociedades anteriores trataban con cautela moral: la vida familiar, la educación, la cultura e incluso el significado de la propia dignidad humana. Smith podría haber encontrado esta evolución profundamente inquietante.

Advirtió repetidamente que las sociedades comerciales conllevaban sus propios riesgos. Uno de ellos era el estrechamiento de los horizontes humanos. Cuando el éxito económico se convierte en la medida dominante del estatus social, los individuos pueden empezar a valorar la riqueza y el prestigio por encima de la virtud. A Smith le preocupaba que las sociedades empezaran a admirar a los ricos simplemente por ser ricos, confundiendo el éxito material con el valor moral.

Observando el exceso empresarial moderno, la captura reguladora, los abusos del mercado y la búsqueda a veces obsesiva de estatus a través del consumo, podría concluir que sus preocupaciones no estaban fuera de lugar. Pero Smith no culparía simplemente a los mercados. Probablemente dirigiría gran parte de sus críticas a las élites políticas e intelectuales que no entienden cómo funcionan realmente los mercados.

Contrariamente a las caricaturas populares, Smith no era un defensor del poder empresarial sin restricciones. Al contrario, advirtió repetidamente que los grandes actores comerciales a menudo intentan manipular los sistemas políticos para asegurarse privilegios y monopolios. Cuando los hombres de negocios se reúnen, observó célebremente, la conversación suele acabar en una conspiración contra el público.

Si Smith observara la relación actual entre los gobiernos y las empresas poderosas, podría reconocer patrones familiares. La captura reguladora, las redes de grupos de presión y las alianzas público-privadas que desdibujan la línea entre la autoridad estatal y el interés empresarial probablemente le parecerían precisamente el tipo de acuerdos contra los que advirtió.

En ese sentido, Smith podría considerar el debate moderno entre «libre mercado» e «intervención estatal» como una especie de falsa dicotomía. La verdadera cuestión, desde su punto de vista, sería si las instituciones protegen la auténtica competencia y el bien público, o si sirven a intereses económicos organizados. Pero quizá la observación más sorprendente de Smith sobre el mundo moderno se referiría a la globalización.

Smith creía que el comercio podía moderar los conflictos humanos. El comercio, pensaba, fomentaba la cooperación a través de las fronteras e impulsaba la dependencia mutua entre las naciones. En muchos sentidos, la expansión del comercio mundial desde finales del siglo XX parece confirmar esta idea. Pero las tensiones geopolíticas del momento actual -competencia estratégica entre grandes potencias, vulnerabilidades de la cadena de suministro y el retorno del nacionalismo económico- también podrían llevarle a reconsiderar la fragilidad de esa visión optimista.

Al fin y al cabo, Smith era realista respecto al poder político. Aunque creía que el comercio fomentaba la paz, también reconocía que, en última instancia, los estados perseguían sus propios intereses. Un mundo de mercados interconectados no eliminaría los conflictos; simplemente los remodelaría.

Precisamente por eso sigue siendo tan importante leer a Smith con seriedad, en lugar de limitarse a invocar su nombre. Con demasiada frecuencia, se cita a Smith pero rara vez se le lee. Sin embargo, sus obras siguen conteniendo una gran riqueza de conocimientos para comprender la relación entre los mercados, las instituciones y el comportamiento humano. Si se desea comprender bien a Smith, puede que incluso sea sensato empezar por La Teoría de los Sentimientos Morales antes de pasar a La Riqueza de las Naciones, pues es allí donde Smith expone el marco ético en el que opera su pensamiento económico.

Sus ideas siguen perteneciendo a lo que algunos estudiosos han denominado el «presente ampliado»: un cuerpo de ideas que sigue iluminando los debates contemporáneos sobre economía política, derecho y sociedad. Smith nos recuerda que los mercados funcionan dentro de una ecología social más amplia conformada por instituciones, costumbres y expectativas morales. La paz, unos impuestos moderados y una administración de justicia tolerable eran, en su opinión, los verdaderos requisitos de la prosperidad.

Sin embargo, reconocer el valor perdurable de las ideas de Smith no significa congelarlas en el tiempo. Smith escribió en un contexto histórico particular: las primeras fases de la industrialización, el surgimiento de la sociedad comercial y las transformaciones institucionales del siglo XVIII. Los retos del siglo XXI -los trastornos tecnológicos, la competencia geopolítica, el declive demográfico y la fragilidad de las cadenas mundiales de suministro- no son idénticos a los de su época.

Si Smith viviera hoy, bien podría expresar algunas de sus ideas de forma diferente. Por esta razón, los conservadores y los liberales clásicos deberían resistirse a la tentación de tratar a Smith -o a cualquier pensador- como una autoridad ideológica rígida. El conservadurismo, bien entendido, no es ideológico sino programático. No rinde culto a doctrinas abstractas alejadas de la realidad. Por el contrario, se basa en la sabiduría heredada al tiempo que se adapta a las nuevas circunstancias. No puede decirse lo mismo de los libertarios, los objetivistas, etc., pues ven el mundo a través de un prisma muy concreto y fijo.

Apreciar la obra de Smith, por tanto, no es repetir sus fórmulas mecánicamente. Es aprender de su método: su atención a las instituciones, su comprensión de la naturaleza humana y su insistencia en que la vida económica no puede separarse del orden moral y político.

En ese sentido, Adam Smith sigue siendo una guía indispensable. Pero la verdadera lección que nos ofrece no es el dogma. Es la humildad intelectual.