En una diatriba de 1694 contra los daneses, el whig inglés Thomas Molesworth, que había sido brevemente embajador británico en Dinamarca, alabó sin embargo a sus antiguos anfitriones en un aspecto: su derecho era justo, breve y claro. De hecho, uno de los factores del éxito de los países nórdicos es una sólida tradición jurídica. En Dinamarca, se articuló ya en 1241, cuando el rey Valdemar II (representado arriba) proclamó la Ley de Jutlandia, cuyo preámbulo empieza así: «Con la ley se construirá la tierra». Según el preámbulo, el rey dicta la ley, pero sólo si la tierra la acepta; la ley debe basarse en las costumbres; y el rey no puede cambiarla sin el consentimiento popular. Estos principios, que se remontan al autogobierno de las tribus germánicas, se reafirmaron en la primera carta real nórdica, promulgada en 1282 (67 años después de la Carta Magna inglesa). Incluso bajo el absolutismo en Dinamarca, de 1660 a 1848, se esperaba que el rey se mantuviera por encima de intereses particulares, escuchara a sus súbditos y resolviera sus conflictos como juez, no como general: debía ser una «monarquía guiada por la opinión».
Perdido fuera, recuperado dentro
La tradición jurídica danesa contuvo en cierto modo a los reyes, aunque el Estado se dedicó durante mucho tiempo a aventuras militares inútiles y a un mercantilismo contraproducente. A finales del siglo XVIII, los reformistas prudentes ganaron poder. Estaban influidos por Adam Smith, cuya Riqueza de las Naciones apareció en danés ya en 1779-1780. El monopolio comercial con Islandia y el norte de Noruega se abolió en 1787, y la servidumbre en 1788. Mediante amplias reformas agrarias, la mayoría de los agricultores daneses se convirtieron en propietarios-ocupantes. Paradójicamente, lo que probablemente contribuyó más a la transformación de Dinamarca en la sociedad libre y cohesionada de hoy fue la pérdida de Noruega en 1814 y de Schleswig en 1864. Los daneses abandonaron sus sueños de conquistas militares y, en su lugar, siguieron el consejo del poeta Hans Peter Holst: ‘Lo que se pierde fuera, debe recuperarse dentro’. La agricultura y la industria prosperaron. Los campesinos independientes cultivaban sus tierras y cooperaban libremente en colectivos de agricultores. A finales del siglo XIX, Dinamarca era uno de los pocos países europeos que mantenía el libre comercio.
Grundtvig: Libertad y soberanía nacional
El representante más elocuente de la renovación nacional danesa en el siglo XIX fue el poeta Nikolai F. S. Grundtvig. Inspirado por lo que consideraba el heroico pasado nórdico y por la práctica política inglesa contemporánea, era un firme partidario de la propiedad privada, el libre comercio y la soberanía nacional. Delegado en la Asamblea Constituyente danesa de 1848-1849, defendió que los daneses debían volver a su antigua tradición jurídica, expresada en el preámbulo de la Ley de Jutlandia, en lugar de importar las ideas de los revolucionarios franceses. La monarquía guiada por la opinión debía sustituirse por una democracia guiada por la opinión, que exigía la libertad de expresión, libertad tanto para Loki como para Thor. (Loki era un dios pagano canalla, mientras que Thor era un dios heroico.) Aunque Grundtvig era nacionalista, rechazaba todos los intentos de una nación de someter a otras. Por ello, sostenía que los daneses, en sus disputas con los alemanes por Schleswig, sólo debían reclamar la parte de ésta que desearan que pasara a formar parte de Dinamarca. Aunque Grundtvig era uno de los pocos daneses de la época que mantenía esta opinión, se sometió a votación en un plebiscito celebrado en 1920, tras el cual Schleswig se dividió entre Dinamarca y Alemania de acuerdo con los deseos de la población.
Dinamarca y Estonia: Un contraste esclarecedor
Dinamarca puede compararse con Estonia. Aunque sus tamaños (Dinamarca: 43.000 km2; Estonia: 45.000 km2), dotaciones naturales (tierras llanas aptas tanto para la producción de cereales como para la ganadería) y climas son similares, los seis millones de daneses son mucho más prósperos que los 1,3 millones de estonios. La razón no es que los estonios sean inferiores. Es que durante la mayor parte de su historia fueron oprimidos por extranjeros, como la Orden Teutónica alemana y el zar ruso. Hasta 1918 no pudieron formar un estado independiente. El contraste entre ambos países ilustra la importancia tanto de la soberanía nacional como de la tradición de libertad ante la ley, que los daneses han disfrutado durante mucho tiempo y que los estonios están empezando a disfrutar.