En el relato de la contraofensiva de Ucrania en Oleksandrivka, el detalle más revelador es el orden en que se desarrollaron los acontecimientos. Primero vino la preparación del campo de batalla, luego el avance de la infantería y, por último, los tanques, que consolidaron el terreno ya conquistado. En su reportaje publicado en The Telegraph el 3 de octubre, Verity Bowman describe un despliegue de blindados que fue posible gracias a meses de operaciones contra el sistema militar que había restringido su movimiento: la logística, el reconocimiento, la artillería y los drones rusos. La amenaza no había desaparecido. Las condiciones para hacerle frente habían cambiado, a nivel local.
Este episodio ofrece un punto de partida para analizar la transformación de la defensa europea sin reducirla a una rivalidad entre armas antiguas y nuevas. La pregunta que surge de los testimonios recopilados por el periódico británico no es simplemente si el tanque sigue teniendo futuro, sino de qué otras capacidades depende su uso. Esa pregunta también relaciona la experiencia de Ucrania con la planificación de la defensa europea: cómo integrar plataformas tradicionales, sistemas no tripulados y redes de comunicaciones en una fuerza capaz de operar de forma conjunta.
Vuelven los tanques, pero la guerra ha cambiado
El artículo de The Telegraph incluye una matización importante. Los analistas entrevistados no hablan de un regreso a los avances blindados a gran escala por todo el frente. En varios casos, los tanques proporcionaron potencia de fuego y protección a posiciones que ya había tomado la infantería. La zona expuesta a los ataques con drones no se había eliminado; en algunos sectores, simplemente se había vuelto menos peligrosa. El periódico también informa de las bajas ucranianas, evitando dar a entender que la adaptación haya supuesto una solución definitiva a la vulnerabilidad de los vehículos blindados pesados.
Esa distinción es importante. Un resultado a nivel local no garantiza que la misma combinación se pueda reproducir en todas partes, ni resuelve la cuestión de la supervivencia de los vehículos blindados. En este análisis, sin embargo, las herramientas que han transformado el campo de batalla han hecho algo más que poner trabas al tanque. Al usarlas junto con otras capacidades, han ayudado a que su despliegue vuelva a ser posible. La relación entre los drones y los vehículos tripulados parece, por tanto, más complicada que la simple sustitución de unos por otros.
El 20 de junio, Hamish de Bretton-Gordon y James Holland, también en un artículo publicado en The Telegraph, propusieron una interpretación similar. Imaginaban que los tanques podrían añadir nuevas funciones a sus roles tradicionales: nodos de comunicaciones, plataformas de guerra electrónica y bases móviles de apoyo para drones. La energía eléctrica disponible a bordo de estos vehículos, argumentaban, podría permitir usos más allá del combate directo. Se trataba de una posible línea de desarrollo, no de una descripción de una configuración ya generalizada en los ejércitos europeos.
La relación entre los dos artículos es, por lo tanto, una hipótesis sobre la transformación, más que una prueba de que el carro de combate del futuro ya haya aparecido en el frente ucraniano. Uno esboza una posible evolución tecnológica; el otro describe una adaptación operativa. Lo que los une es la importancia que se le da a las relaciones entre los distintos componentes de una fuerza.
De la experiencia a la planificación
Esta forma de pensar ya se ha incorporado a la planificación de la defensa británica. La Revisión Estratégica de Defensa de 2025 prevé una combinación «20-40-40» de plataformas tripuladas, sistemas no tripulados reutilizables y consumibles, incluyendo munición y drones de ataque de un solo uso. No se trata de una división del gasto, ni significa que los drones por sí solos vayan a aportar el 80 % de la capacidad. El documento mantiene el papel de los vehículos blindados, situando su evolución dentro de una fuerza más integrada.
Ese mismo informe propone una red digital que conecte sensores, responsables de la toma de decisiones y sistemas de armas, basándose explícitamente en las lecciones aprendidas en Ucrania. También pide que la integración se evalúe en función de la disponibilidad de los recursos, la sostenibilidad, la interoperabilidad con la OTAN y la rapidez en la toma de decisiones. El cambio conceptual consiste en pasar de tener tecnologías individuales a hacer que funcionen juntas. Estos siguen siendo objetivos y recomendaciones: el documento no confirma que la transformación se haya completado.
Es a través de estos pasos como la experiencia en el campo de batalla puede contribuir a la elaboración de la doctrina. Se observa una experiencia, se interpreta y se traduce en requisitos, entrenamiento y organización. No hay una transferencia automática del éxito de una unidad ucraniana a la preparación de un ejército europeo.
The European Connection
A nivel de la UE, el 28 de septiembre la Comisión Europea anunció que los Estados miembros habían dado su visto bueno a los cinco primeros proyectos europeos de defensa de interés común. Su ámbito de aplicación abarca los drones y los sistemas antidrones, la defensa marítima y del lecho marino, la defensa espacial, aérea y antimisiles, y la seguridad a lo largo del flanco oriental. En el marco del Programa Europeo de la Industria de Defensa (EDIP), la Comisión ha destinado 325 millones de euros para apoyar esta categoría de proyectos. El respaldo les permite avanzar hacia la financiación; no significa que los sistemas estén ya operativos.
La Hoja de ruta para la preparación de la defensa 2030, presentada en octubre de 2025, deja claras las conexiones entre las distintas capacidades. Para la Iniciativa Europea de Defensa con Drones y el «Eastern Flank Watch», propone combinar la vigilancia, los drones, las contramedidas, la guerra electrónica y la coordinación operativa, en colaboración con la OTAN y complementando sus planes regionales. La estructura propuesta incluye coaliciones de capacidades con países líderes: un marco de cooperación entre Estados, no la descripción de una fuerza europea ya constituida.
Si los lees junto con los testimonios ucranianos, estos documentos sugieren que hay una convergencia en el enfoque. Por sí solos, no demuestran que los programas europeos ya hayan aprendido todas las lecciones del conflicto. Sin embargo, sí que plantean preguntas que se pueden comprobar: ¿qué sistemas intercambiarán información, qué unidades los manejarán, con qué formación y bajo qué procedimientos comunes?
La dimensión industrial forma parte del mismo problema. La hoja de ruta vincula la preparación militar con una producción a la escala y velocidad necesarias, plazos de entrega más cortos y una mayor seguridad de suministro. También prevé integrar la industria y la innovación ucranianas en el esfuerzo europeo. Se trata de objetivos declarados cuya puesta en práctica aún está por ver.
La red se extiende más allá del frente
El anuncio de la financiación europea para drones abre un campo relacionado, pero distinto. El 2 de octubre, Euronews informó de una inversión adicional de 130 millones de euros para tecnologías destinadas a reforzar la seguridad fronteriza. El programa abarca drones, sistemas antidrones y su integración en las redes nacionales de vigilancia. En las declaraciones citadas, el comisario Magnus Brunner también se refirió a la protección de las infraestructuras críticas.
Sería engañoso sumar esta financiación a los programas militares como si apoyara la misma misión. La vigilancia fronteriza y el combate de alta intensidad tienen fines y requisitos distintos. La conexión se refiere más bien a ciertas funciones: detectar una amenaza, compartir información y coordinar una respuesta. Ahí es donde encaja esta financiación en el debate, y no simplemente porque contenga la palabra «dron».
El informe de situación de RANE del 2 de octubre añade la cuestión de la vulnerabilidad de las infraestructuras. Basándose en una noticia de The New York Times, describe un supuesto plan ruso —que Ucrania presenta como información de inteligencia interceptada— dirigido contra el suministro eléctrico, de calefacción y de agua en Kiev, Járkov y Odesa. Hay que tener en cuenta esta atribución: el informe de RANE no confirma por sí mismo la autenticidad del plan. Según la evaluación de RANE, los ataques a las conexiones eléctricas también podrían interrumpir la generación nuclear y los servicios municipales, con graves consecuencias para la población.
La comparación pone de relieve dos problemas distintos, pero relacionados: permitir que las fuerzas armadas operen y preservar los servicios de los que depende la sociedad que las sustenta. No implica mezclar la seguridad interna con la defensa militar, ni sugerir que los sistemas antidrones puedan hacer frente a todas las amenazas.
La brecha entre un programa y una capacidad
Un indicio de esta brecha aparece en la declaración de la Agencia Europea de Defensa del 30 de septiembre sobre el primer Informe Anual de Preparación para la Defensa. Su resumen recoge los avances, pero también señala las carencias que persisten, distinguiendo entre gasto, capacidades, industria y alianzas. El informe completo está dirigido a los gobiernos y no es público. Por lo tanto, cualquier valoración debe basarse en la declaración oficial, en lugar de en la lectura del documento completo.
En conjunto, estas fuentes describen una transformación que está en marcha. Los informes ucranianos muestran cómo puede cambiar el uso de un arma cuando cambia el sistema que la rodea. El análisis británico plasma un razonamiento similar en un modelo de fuerzas. Los programas europeos identifican capacidades e instrumentos industriales a través de los cuales llevar a cabo la integración. Se trata de niveles relacionados, pero no son intercambiables.
En Oleksandrivka, según The Telegraph, los tanques ayudaron a mantener las posiciones conquistadas tras una preparación en la que participaron otros componentes de las fuerzas. Esa es la conclusión operativa desde la que hay que partir, sin convertirla en una promesa universal. Su relevancia para la defensa europea radica en la pregunta que deja abierta: no solo qué recursos estarán disponibles, sino en qué condiciones se podrán emplear conjuntamente.