Durante más de medio siglo, Europa ha vivido con la impresión de que la energía no era un problema real e incluso de que, si realmente hubiera un problema energético, se resolvería. El gas para calentar los hogares y para las fábricas de productos industriales llegaba a los consumidores de forma bastante constante, mientras que el petróleo necesario para la movilidad procedía de fuentes consideradas estables, lo que significaba que la energía se trataba más como una mercancía que como un problema de seguridad. Sin embargo, si leemos atentamente el capítulo «Paisaje cambiante del suministro energético» del estudio «Asegurar el suministro: Repensar la energía en una Europa cambiante», publicado en diciembre del año pasado, podemos ver lo frágil que era este equilibrio y lo rápido que se vino abajo cuando el contexto geopolítico cambió drásticamente. La invasión de Ucrania por parte de la Federación Rusa, que comenzó hace casi cuatro años, no sólo supuso una conmoción militar para el viejo continente, sino también un punto de inflexión que obligó a Europa a replantearse fundamentalmente cómo asegura la energía para sus ciudadanos.
Lo que parecía estable y previsible se ha convertido en incierto y arriesgado, haciendo que el panorama energético europeo cambie radicalmente en muy poco tiempo. El estudio «Securing Supply – Rethinking Energy in a Changing Europe» subraya que esta transformación no ha sido el resultado de un único acontecimiento, a saber, la guerra en Europa Oriental, sino la culminación de decisiones tomadas a lo largo de las últimas décadas. Los países europeos han construido un sistema energético basado en la eficacia económica, los bajos costes de producción y la interdependencia, dando por sentado que las relaciones comerciales permanecerían separadas para siempre y por encima de posibles conflictos políticos futuros. Esta suposición resultó ser uno de los mayores errores estratégicos del continente europeo. Antes de la crisis provocada por el conflicto ruso-ucraniano, el gas natural ocupaba un lugar central en la combinación energética europea, percibiéndose como una solución de transición entre los combustibles fósiles tradicionales y las fuentes renovables (energía eólica o solar). Hasta hace cuatro años, la Federación Rusa era el principal proveedor de muchos países europeos, y esta relación se presentaba a menudo como un ejemplo de cooperación pragmática. Sin embargo, el estudio «Securing Supply – Rethinking Energy in a Changing Europe» nos muestra que esta dependencia del gas ruso ha creado profundas vulnerabilidades estructurales en todos los sectores económicos. La falta de diversificación real, la insuficiente inversión en fuentes alternativas y la concentración de infraestructuras en un único proveedor han convertido la energía en un punto débil para la seguridad de la Unión Europea. Con la reducción y posterior interrupción del suministro de gas procedente de la Federación Rusa, Europa despertó de su letargo para enfrentarse a una dura realidad. En primer lugar, los precios subieron bruscamente; en segundo lugar, las cadenas de suministro se desestabilizaron debido a la falta de previsibilidad; y en tercer lugar, los gobiernos europeos se vieron obligados a reaccionar y tomar medidas para proteger a sus ciudadanos y a la industria bajo presión. El estudio destaca que esta crisis energética ha puesto de manifiesto grandes diferencias entre los Estados miembros. Los países que invirtieron pronto en diversificación y fuentes alternativas han podido adaptarse mucho más rápidamente a la situación actual, mientras que otros han estado mucho más expuestos a la sacudida. El lector debe comprender que el cambio en el panorama energético no se limita a la fuente de suministro, sino también a la filosofía subyacente a las políticas energéticas. La energía ha pasado de ser una mercancía a un activo estratégico. La mayoría de los países europeos han empezado a tratar la seguridad energética con la misma seriedad que la seguridad militar o económica. El capítulo «Cambios en el paisaje del abastecimiento energético» del estudio mencionado destaca que este cambio de perspectiva es una de las consecuencias más importantes de la actual crisis energética.

Otro aspecto clave analizado en el estudio es cómo se ha acelerado la transición a las fuentes renovables. La crisis energética ha actuado como catalizador, acelerando procesos que antes avanzaban muy lentamente o que a veces estaban bloqueados por debates políticos e intereses económicos. En este sentido, la energía solar, la eólica y otras fuentes renovables se han convertido, de forma lenta pero segura, no sólo en opciones respetuosas con el medio ambiente, sino también en soluciones de seguridad. Sin embargo, el estudio nos advierte de que esta transición no está exenta de desafíos e implica costes elevados. La dependencia de tecnologías importadas (especialmente de países asiáticos), materias primas críticas y cadenas de suministro mundiales crea nuevas vulnerabilidades de naturaleza diferente pero tan graves como la actual crisis energética.
Podemos ver cómo, paso a paso, se está redefiniendo el panorama energético europeo mediante la diversificación de las rutas y los proveedores de gas y petróleo. En los últimos cuatro años, las importaciones de gas natural licuado (GNL) han aumentado considerablemente, y la cooperación con socios de fuera de Europa, sobre todo Estados Unidos y Arabia Saudí, se ha convertido en una prioridad para casi todos los gobiernos de los Estados miembros. Este cambio ha reducido significativamente la dependencia de un único proveedor (la Federación Rusa), pero al mismo tiempo ha provocado unos costes mucho más elevados y ha creado una competencia mundial más intensa por los recursos, lo que nos demuestra que la seguridad energética de la Unión Europea ya no es sólo una cuestión interna del viejo continente, sino que se juega a escala mundial.
Un elemento que a menudo se ha pasado por alto es el impacto de esta transformación en las fuentes de suministro energético sobre los consumidores finales, es decir, los ciudadanos. Desde la perspectiva del ciudadano medio, el aumento de los precios de la energía ha afectado directamente al nivel de vida, ha alimentado la inflación y ha amplificado las desigualdades sociales. Por eso el estudio sugiere que el éxito de la nueva política energética europea dependerá no sólo de la capacidad técnica para garantizar el suministro, sino también de cómo se distribuyan los costes entre la sociedad civil. Sin apoyo público y financiación gubernamental, cualquier estrategia corre el riesgo de ser cuestionada por los ciudadanos y, por qué no, incluso socavada. Por eso, cambiar el panorama energético significa también replantearse el papel del Estado, porque, tras años de liberalización y retirada del mercado, los gobiernos han vuelto al primer plano, interviniendo para estabilizar los precios que pagan los ciudadanos, proteger a los consumidores y garantizar la continuidad del suministro. El estudio muestra que este retorno no es necesariamente temporal, sino más bien el signo de una nueva fase en la que el Estado se está convirtiendo en un actor central en la gestión del riesgo energético.
Si tuviéramos que sacar una conclusión sobre el capítulo «Cambios en el panorama del abastecimiento energético», podríamos decir que describe una Europa en proceso acelerado de adaptación, en el sentido de que la actual crisis energética, que ha destruido viejas ilusiones, también ha creado una oportunidad de reconstrucción estratégica para el futuro. Debemos ser conscientes de que la energía ya no es un detalle técnico, sino un componente fundamental de la seguridad y la estabilidad del continente europeo. La forma en que la Unión Europea gestione esta transición influirá no sólo en la economía y el medio ambiente, sino también en la cohesión social y la credibilidad a largo plazo del proyecto europeo. Durante muchos años, Europa creyó que su abastecimiento energético estaba garantizado, pero la crisis desencadenada por la guerra de Ucrania ha demostrado una vez más lo frágil que era esta seguridad y lo rápido que la dependencia de un único proveedor puede convertirse en una amenaza para la seguridad de los Estados miembros. El gas barato ha sido durante mucho tiempo la base de la comodidad de la industria europea, y cuando se cortó el suministro, todo el continente descubrió que la seguridad energética no debía considerarse un lujo, sino una necesidad. Europa ha ignorado durante mucho tiempo las advertencias de los analistas políticos y económicos y ahora está pagando el precio por ello. El cambiante panorama energético ha revelado vulnerabilidades que se han ido acumulando con el tiempo, no de la noche a la mañana. Debemos ser realistas cuando decimos que la actual crisis energética no es un mero accidente, sino el resultado de decisiones estratégicas tomadas hace mucho tiempo porque, como nos han demostrado los autores del estudio «Asegurar el suministro – Repensar la energía en una Europa cambiante», la dependencia de un único proveedor ha cambiado radicalmente las reglas del juego en toda Europa. Una cosa está muy clara: la energía se ha convertido de la noche a la mañana en uno de los mayores temores de los europeos, y el cambiante panorama energético ha redefinido la seguridad del continente.