El 24 de febrero se cumple el cuarto aniversario del inicio de la invasión a gran escala de Ucrania por parte de la Federación Rusa. Cuarenta y ocho meses después del inicio de las operaciones militares, el conflicto no sólo no se ha resuelto, sino que sigue produciendo destrucción sistemática e inestabilidad regional. Moscú había concebido la ofensiva rusa como un movimiento rápido destinado a conquistar Kiev, derrocar al gobierno dirigido por Volodymyr Zelensky y establecer un gobierno prorruso siguiendo el modelo de la experiencia bielorrusa. Sin embargo, estos objetivos fueron desbaratados por la resistencia ucraniana y el apoyo político, económico y militar proporcionado por numerosos países occidentales. La expectativa de una guerra corta se vio así truncada por la realidad de un conflicto prolongado, caracterizado por una gran intensidad y un desgaste progresivo. Durante los últimos cuatro años, los intentos de mediación, las negociaciones, los ultimátums y las declaraciones de principios han alimentado repetidamente las expectativas de un cese de las hostilidades. Sin embargo, toda perspectiva de solución ha sido sistemáticamente rechazada, dando paso a una espiral de violencia que parece repetirse cíclicamente sin avances diplomáticos significativos.
DINÁMICA MILITAR Y ASIMETRÍAS DE NEGOCIACIÓN
En la actualidad, el conflicto parece atrapado en un punto muerto dinámico: por un lado, Ucrania ha expresado repetidamente su voluntad de explorar soluciones negociadas, a pesar de ser consciente de la dureza de las posibles concesiones requeridas; por otro, los dirigentes rusos, encabezados por Vladimir Putin, han mantenido una postura orientada a continuar las operaciones militares hasta alcanzar objetivos maximalistas, rechazando las propuestas que no contemplen una capitulación sustancial de Kiev. La retórica rusa también ha evocado escenarios de escalada global, a pesar de reconocer las limitaciones estructurales de tal opción. Desde el punto de vista operativo, los ataques contra el territorio ucraniano continúan a un ritmo intenso. Drones de ataque y misiles de diversos tipos, incluidos misiles balísticos, golpean continuamente la capital y numerosas regiones del país, como Dnipro, Kirovohrad, Mykolaiv, Odessa, Poltava y Sumy. Estos ataques también causan víctimas civiles y numerosos heridos. Especialmente significativos han sido los ataques contra las infraestructuras energéticas, que forman parte de una estrategia destinada a minar la capacidad de resistencia de la población. Cientos de miles de personas se han quedado sin electricidad ni calefacción durante semanas, en condiciones invernales especialmente duras, con temperaturas muy por debajo del punto de congelación. El impacto humanitario de estas operaciones acentúa el carácter sistémico de la guerra, que no se limita a los enfrentamientos entre fuerzas armadas, sino que afecta directamente al tejido civil.
DIPLOMACIA INTERMITENTE Y CUMBRES INFRUCTUOSAS
En los últimos cuatro años, se han producido numerosos intentos diplomáticos en foros internacionales clave. Cada una de estas reuniones ha suscitado expectativas de un avance, pero ha terminado sin resultados concretos. Se ha planteado varias veces la posibilidad de un enfrentamiento directo entre Zelensky y Putin, pero nunca se ha materializado en una cumbre bilateral real. Actualmente se está estudiando una nueva reunión trilateral promovida por Estados Unidos, como parte de una estrategia destinada a fomentar el diálogo, que, sin embargo, parece extremadamente compleja. La administración estadounidense ha insinuado que un encuentro cara a cara entre ambos líderes sólo se produciría si se dieran garantías sobre la posibilidad de lograr resultados tangibles. En este contexto, algunos observadores perciben a Donald Trump como potencialmente crucial para acelerar el proceso de negociación, en caso de que surja una intervención exterior fuerte y decisiva. Sin embargo, por el momento, no aparece ningún indicio que sugiera una solución precisa o inminente, a pesar de la proliferación de cumbres y promesas de nuevas reuniones.
EL CONFLICTO EN EL MARCO DE LAS TENSIONES EUROATLÁNTICAS
La guerra entre Rusia y Ucrania no es un hecho aislado, sino que forma parte de un panorama geopolítico más amplio y complejo que abarca todo el espacio euroatlántico. En particular, Estados Unidos parece orientarse hacia la reducción de su implicación directa en los asuntos europeos, incluso con vistas a revisar su papel dentro de la OTAN. Esta tendencia está vinculada a una recalibración más general de las prioridades estratégicas estadounidenses, con una creciente atención a otros teatros globales.
Esta evolución obliga a la Unión Europea y a sus Estados miembros a replantearse sus doctrinas de defensa y seguridad. La perspectiva de un menor compromiso estadounidense exige una reflexión sobre su capacidad de disuasión autónoma y una redefinición de las relaciones transatlánticas, incluso con vistas a contener a Rusia. El conflicto ucraniano, por tanto, está actuando como catalizador de transformaciones estructurales en los equilibrios económicos occidentales, exigiendo un refuerzo de las políticas de defensa comunes y una mayor cohesión estratégica.
UNA GUERRA SIN SOLUCIÓN EN EL HORIZONTE
Cuatro años después del estallido de las hostilidades, el conflicto entre Rusia y Ucrania sigue produciendo efectos humanos, materiales y geopolíticos devastadores. A pesar de la intensificación de las iniciativas diplomáticas y el anuncio de nuevas cumbres, no se vislumbra una solución definitiva. Las operaciones militares continúan con vigor, mientras que la población civil soporta la peor parte de los ataques selectivos contra infraestructuras esenciales. Al mismo tiempo, la incertidumbre sobre el futuro del compromiso estadounidense en Europa acentúa la complejidad del escenario, exigiendo una revisión de las estrategias euroatlánticas. Sin una intervención decisiva y compartida, el conflicto corre el riesgo de perpetuarse, consolidando una fase de inestabilidad destinada a tener un impacto duradero en los asuntos internacionales.