La pomposa «demonstración de virtud» de las Naciones Unidas perjudica la reputación de Irlanda

Sin categorizar - 28 de septiembre de 2026

Cada septiembre, cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas se reúne para escuchar los discursos de los líderes mundiales, el Taoiseach de turno aprovecha la ocasión para lucirse en la escena internacional de una forma que solo los políticos irlandeses saben hacer. El primer ministro Micheál Martin se presentó ante la Asamblea General el 24 de septiembre para decirnos que el mundo le había fallado a Palestina, mientras que en su propio país se alcanzaba la cifra récord de 17 885 personas sin hogar, de las cuales 5 830 son niños.

Es alucinante la ironía de que un líder critique al mundo mientras su propio país se enfrenta a un montón de problemas que tiene la obligación de resolver y que siguen sin solucionarse. Por eso, la visita del Gobierno irlandés a las Naciones Unidas no puede verse más que como un proyecto de vanidad. Junto al Taoiseach, la ministra de Asuntos Exteriores, Helen McEntee; el ministro de Clima, Daragh O’Brien; el viceministro Neale Richmond y el viceministro Timmy Dooley estuvieron presentes en la Asamblea General.

Las prioridades irlandesas para esta semana de reuniones «de alto nivel», de las que no podemos esperar nada, eran temas previsibles sacados directamente de los argumentos del Gobierno irlandés. Multilateralismo, cambio climático, Palestina, la reforma de la ONU, la inteligencia artificial, las crisis humanitarias y una campaña para conseguir un puesto en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU de 2027 a 2029. Pero nada de esto tiene nada que ver con los crecientes problemas del coste de la vida a los que nos enfrentamos aquí. A la gente de Irlanda se le dice constantemente que el Gobierno no puede satisfacer las necesidades de todos los ciudadanos. Sin embargo, ese principio de austeridad se va al traste cada año cuando los políticos irlandeses se van de peregrinación a Nueva York con una lista idealista de problemas globales bajo el brazo.

Irlanda se enfrenta a una serie de circunstancias desafortunadas en las que estos ídolos sagrados de los políticos liberales irlandeses se utilizan, en la práctica, como tribunas para defender sus creencias personales y no los intereses nacionales del Estado. Si a esto le sumas la imagen diplomática cada vez más deteriorada de Irlanda ante los ojos de países de todo el mundo, se está causando un daño grave y real al Estado precisamente por parte de las mismas personas encargadas de dirigirlo.

A pesar de que el Taoiseach Martin no para de hacer alarde de su moralidad ante los conflictos mundiales, desde Ucrania hasta Palestina, sus comentarios son, como de costumbre, vagos, sin peso ni sentido. De hecho, The Irish Times señaló que las declaraciones de los líderes irlandeses en anteriores Asambleas Generales de la ONU no han dado resultados tangibles en medio de la «crisis de relevancia» de la organización. Cuando uno de los periódicos más liberales y de izquierdas del país cuestiona el valor de este ritual anual, el primer ministro haría bien en fijarse en hacia dónde se ha desplazado la opinión pública.

Sin embargo, el Taoiseach siguió diciendo a la Asamblea que Irlanda estaba firmemente comprometida con la cooperación internacional. Esto ocurre en un momento en el que el propio Gobierno irlandés está socavando su compromiso con las estructuras multilaterales, ya que Martin está tomando medidas para desvincular el despliegue en el extranjero de las Fuerzas de Defensa de Irlanda de la autoridad del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Al señalar a Estados Unidos, China y Rusia como países problemáticos que hacen uso del veto y que podrían impedir el despliegue de tropas irlandesas en misiones de mantenimiento de la paz, Dublín parece ignorar la hipocresía política y el carácter poco diplomático de su política.

El Gobierno irlandés no destaca precisamente por la profundidad de sus políticas ni por su capacidad analítica a la hora de tomar decisiones. Así que no es de extrañar que el Taoiseach se subiera a su tribuna para hacer alarde de sus virtudes en la sala de una institución cuyo propio secretario general, António Guterres, ha advertido que se enfrenta a «colapso financiero inminente» porque los Estados miembros no han pagado sus cuotas. Su principal financiador, el Gobierno de Estados Unidos, opina ahora que su financiación a la ONU es un despilfarro del dinero de los contribuyentes estadounidenses. Puede que Irlanda esté interviniendo para cubrir los huecos que ha dejado la reducción de la financiación de USAID, pero en lo que respecta a la financiación de las Naciones Unidas, la capacidad de gasto de Irlanda no va a poder arreglar nada.

Ahí es donde la falta de visión de los políticos irlandeses resulta tan perjudicial para la reputación del país. Si se ve a Irlanda como un país que, a nivel institucional, sigue apoyando a organizaciones ineficaces y a las que ya no se les da financiación, la única conclusión que se puede sacar es que el propio país se gobierna de la misma manera. Aunque la lealtad institucional puede ser una virtud, el error de Irlanda es su obsesión inquebrantable con una institución que no puede cumplir con sus propias obligaciones, no puede hacer cumplir sus resoluciones y, tras tres rondas de votaciones, sigue sin tener un claro favorito para el próximo secretario general.

La reunión del Taoiseach con el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, demuestra una vez más que el verdadero objetivo de este viaje oficial del Gobierno no fue más que un espectáculo político desde el principio. Según The Irish Times, estos dos políticos de izquierdas organizaron una partida de bingo, viajaron juntos en tren y le dieron al alcalde un rato ante las cámaras para que hiciera unas declaraciones vagas a favor de la unidad de Irlanda, solo una semana después de que el presidente de EE. UU., Donald Trump, se pronunciara a favor de la unificación.

El Taoiseach, quizá con la intención de sacar rédito político, decidió meterse en una disputa entre el alcalde y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. Netanyahu había acusado A Mamdani de apoyar a Hamás y lanzó acusaciones de antisemitismo contra él y contra el ala de extrema izquierda del Partido Demócrata, del que forma parte. La intervención del Taoiseach llamando El llamamiento a Netanyahu para que «respete su mandato y no intente socavarlo» no tiene nada que ver con las competencias de la política exterior irlandesa ni con los intereses nacionales del país. Y, sin embargo, como era de esperar, el Taoiseach decidió perder el tiempo prometiendo su apoyo a figuras políticas extranjeras.

Independientemente de lo que opines sobre la política de Nueva York y el alcalde Mamdani, al jefe del Gobierno de Irlanda no le incumbe meterse en una polémica municipal. Esta intervención es aún más difícil de justificar si tenemos en cuenta que se produjo más de una semana después de que el Taoiseach recibiera al presidente Donald Trump en Dublín. La dependencia económica de Irlanda respecto a Estados Unidos es considerable. Los comentarios públicos innecesarios sobre la política estadounidense conllevan un riesgo potencial, y son los trabajadores irlandeses, y no los ministros irlandeses, quienes más tienen que perder ante cualquier repercusión.

Al fin y al cabo, lo que hay detrás de esa postura moralista de Irlanda en la ONU cuesta muy poco y les da a los políticos vanidosos la oportunidad de ganarse un aplauso en un foro internacional para alimentar su ego. Construir viviendas, reformar el anticuado sistema de permisos de obra y plantarle cara a la corrupción en casa es caro, lento y, a menudo, políticamente peligroso. Así que debería verse como algo natural que los líderes irlandeses prefieran expresar sus ambiciones para el mundo en lugar de las de su propio país.

Si los líderes irlandeses se tomaran en serio la política exterior de su país, empezarían por proteger los intereses nacionales de Irlanda, reconociendo la seriedad con la que los países pequeños deben llevar a cabo sus operaciones diplomáticas. El Gobierno irlandés debería evaluar con sensatez qué foros dan resultados y cuáles son solo lugares de charla a nivel mundial. El tiempo de los altos cargos del Gobierno debería ser valioso y dedicarse a los intereses del Estado. Que se utilice para soltar monólogos egoístas como si fueran política oficial del Estado supone una falta grave al más alto nivel. Irlanda debería centrarse en lo que realmente puede lograr: cambios tangibles y significativos que el país pueda aportar mediante acciones concretas en el mundo real. Los discursos grandilocuentes, intelectuales pero ineficaces, que tachan al mundo de malvado y proclaman a Irlanda como salvadora moral deben acabar de una vez por todas si los responsables irlandeses quieren que sus homólogos extranjeros los tomen en serio.

El primer ministro dijo ante la Asamblea General de la ONU que, cuando se conozca toda la verdad sobre Gaza, «nadie podrá decir que no lo sabíamos». Lo mismo ocurre con el desastroso mandato de Martin como primer ministro en su país, donde el número de personas sin hogar sigue aumentando vertiginosamente bajo la mirada indiferente de su Gobierno.