El 30 de enero, se iluminó bruscamente un antiguo punto ciego europeo. En un informe basado en evaluaciones de seguridad e inteligencia occidentales, The Telegraph llamó la atención sobre un fenómeno que ya no puede confinarse a los ámbitos de la justicia penal o la salud pública. El tráfico a gran escala de drogas sintéticas hacia Europa, sostenido por precursores químicos fabricados en China, se enmarcó como una forma potencial de presión híbrida, que opera por debajo del umbral de la confrontación abierta.
No se trataba ni de una acusación ni de una declaración política. Fue un cambio de postura analítica: el reconocimiento de que un fenómeno tradicionalmente clasificado como delictivo puede, de hecho, generar consecuencias estratégicas. Desde este punto de vista, la seguridad europea parece mucho más amplia que el enfoque convencional centrado en las capacidades militares, las infraestructuras energéticas o los activos submarinos críticos.
Cuando la delincuencia reconfigura el debate sobre la seguridad
La importancia de la investigación de Telegraph reside menos en los datos que presenta que en la lente interpretativa que adopta. El artículo no revela tendencias desconocidas en el consumo de drogas. En su lugar, relaciona la disponibilidad de sustancias sintéticas baratas -producidas a través de cadenas de suministro mundiales que son en gran medida legales- con una serie de efectos acumulativos: la consolidación de la delincuencia organizada, la creciente presión sobre los sistemas sanitarios, el debilitamiento gradual de la cohesión social y la creciente durabilidad de las redes delictivas capaces de corromper e incrustarse en las economías legales.
La cuestión, por tanto, no es si existe una intención hostil demostrable por parte de Pekín. La cuestión central es más pragmática: el impacto producido. En los asuntos estratégicos, los resultados suelen tener más peso que los motivos.
La dimensión de la zona gris
El trabajo del grupo de reflexión 3GIMBALS aporta una mayor claridad analítica. En lugar de ofrecer un reportaje de investigación, el estudio sitúa la economía de la droga en el marco conceptual de la actividad de la zona gris, unespacio entre la paz y el conflicto en el que la presión se acumula gradualmente y la atribución sigue siendo esquiva.
Los precursores químicos ejemplifican esta ambigüedad. Son esenciales para los procesos farmacéuticos e industriales legítimos, pero también se desvían fácilmente. Las organizaciones delictivas europeas han demostrado ser expertas en explotar esta ambigüedad, modificando continuamente los compuestos, trasladando los centros de producción, ajustando las rutas de tráfico y aprovechando los puertos, los corredores ferroviarios, la logística avanzada y la apertura del mercado único.
Lo que surge es una forma de delincuencia que ya no es episódica ni localizada. Es transfronteriza, de escala industrial y estructuralmente resistente. Si se aborda únicamente con las herramientas tradicionales de aplicación de la ley, se corre el riesgo de subestimar su importancia estratégica.
La respuesta institucional europea
Sería engañoso sugerir que las instituciones europeas no son conscientes de esta dinámica. Los documentos oficiales de la UE revelan un compromiso sostenido, aunque a través de una lente conceptual diferente.
El 23 de abril de 2024, Bruselas acogió el tercer diálogo UE-China sobre política de drogas, coordinado por la Dirección General de Migración y Asuntos de Interior de la Comisión Europea. Las drogas sintéticas, las nuevas sustancias psicoactivas y los precursores químicos ocuparon un lugar destacado en el orden del día. Iniciado en 2021, este diálogo confirma el reconocimiento de la cuestión tanto a nivel técnico como diplomático.
El sitio Estrategia europea en materia de lucha contra la droga 2021-2025 subraya aún más esta conciencia. Su lenguaje está explícitamente orientado a la seguridad, haciendo hincapié en la interrupción de la oferta, la lucha contra la delincuencia organizada, la gestión de las fronteras y el uso indebido de los canales comerciales legítimos. Agencias como Europol y el OEDT se sitúan como nodos centrales en un marco que integra la seguridad interior, la cooperación judicial y el compromiso exterior.
Gobernanza frente a lógica de seguridad
Sin embargo, sigue existiendo una divergencia fundamental.
Mientras que algunos sectores del análisis estratégico occidental interpretan cada vez más el tráfico de drogas sintéticas como un instrumento de presión híbrida, la Unión Europea sigue enfocándolo principalmente como un reto de gobernanza, que debe gestionarse mediante la regulación, la cooperación y los mecanismos multilaterales.
Este planteamiento es coherente y tiene fundamento jurídico. Sin embargo, conlleva un riesgo estructural: la fragmentación. La política sanitaria, la vigilancia aduanera, la actuación policial y el diálogo diplomático se abordan en paralelo, en lugar de como componentes de una única evaluación estratégica de la amenaza.
En un entorno internacional marcado por la competencia sistémica, esta asimetría es importante. Mientras que algunos actores operan a través de vectores de influencia indirectos y negables, Europa se basa en respuestas que a menudo son incrementales, compartimentadas y reactivas.
Una vulnerabilidad estructural
La economía de las drogas sintéticas pone al descubierto fragilidades europeas más profundas: la dependencia de redes de producción mundiales que desafían una supervisión fácil, el solapamiento y la fragmentación de competencias entre los Estados miembros, la tensión persistente entre las libertades del mercado único y los imperativos de seguridad, y el uso involuntario del espacio Schengen como multiplicador de la eficacia de la delincuencia transnacional.
En este contexto, la delincuencia organizada deja de ser una mera empresa ilícita. Se convierte en un amplificador estratégico, capaz de intensificar la inestabilidad, la violencia y la desconfianza institucional.
La implicación es incómoda pero inevitable. En la Europa contemporánea, las amenazas a la seguridad no siempre llegan como actos abiertos de agresión. Pueden manifestarse como una erosión gradual, una presión difusa y la normalización silenciosa del desorden.
Reconocer esta realidad no implica abandonar la cooperación ni abrazar el alarmismo. Requiere, en cambio, realismo analítico: lacapacidad de aplicar categorías que reflejen la naturaleza del desafío.
La seguridad europea no se define hoy por la ideología.
Se define por la claridad de juicio.