Rumania ha llegado a una encrucijada al enfrentarse a los fantasmas de su pasado poscomunista y a las tensiones de su presente en la UE. Una reciente embestida de las principales ONG Declic, Funky Citizens y Recorder desató fuertes protestas contra ellas, y los críticos las acusaron no de estar en guerra por la justicia, sino contra ella. Estos grupos, que pretendían erigirse en las principales organizaciones de la sociedad civil, presionaron a Bruselas para que restableciera un marco regulador, el Mecanismo de Cooperación y Verificación (MCV), en el poder judicial rumano. Pero, ¿se trata de una lucha honorable para frenar la corrupción, o de un intento deliberado de debilitar la soberanía nacional? Al adentrarnos en esta controversia, lo que está en juego no podría ser mayor: enredos jurídicos, parálisis política y consecuencias financieras que remodelarían el futuro de Rumanía.
En primer lugar, hablemos del MCV. El MCV, creado en 2007 tras la adhesión de Rumanía a la UE, junto con Bulgaria, se estableció como instrumento de vigilancia para seguir las reformas judiciales y las actividades anticorrupción. No era un castigo, sino más bien una muleta transitoria, que garantizaba que estos nuevos miembros se alinearan con las normas de la UE sobre el Estado de derecho. Durante 15 años, los informes anuales de la Comisión Europea analizaron todo, desde la independencia de los tribunales hasta las redadas de alto nivel por corrupción. En 2022, la Comisión declaró «suficientes» los progresos de Rumanía, poniendo fin al MCV. El país había reformado leyes, reforzado instituciones como la DNA (Dirección Nacional Anticorrupción) y presenciado condenas en casos emblemáticos. Y, sin embargo, sólo unos años después, las ONG piden a gritos su regreso, señalando la «justicia capturada» y los fallos sistémicos.
Entra en escena la ONG en cuestión. Declic y Funky Citizens, en un informe conjunto dirigido a la vicepresidenta del Parlamento Europeo, Sophie Wilmès, pidieron una «supervisión estricta y continua» del sistema judicial rumano, pidiendo básicamente que se establezca un nuevo sistema al estilo de la MCV. Citaron una petición que atrajo más de 210.000 firmas y se centró en cuestiones como la opacidad de los nombramientos judiciales y la burocracia administrativa judicial. Recorder, un medio de comunicación que cubre con frecuencia a estos grupos, ayudó a impulsar la narrativa produciendo un explosivo documental titulado «Justicia capturada», que documentaba supuestas manipulaciones del poder judicial. Tras las revelaciones de la película, estos esfuerzos dieron lugar a una reunión secreta de la LIBE (Comisión de Libertades Civiles, Justicia y Asuntos de Interior del Parlamento Europeo) en la que se celebró una audiencia a puerta cerrada. A primera vista, se trata de una petición de transparencia. Sin embargo, los opositores dicen que se trata de un juego de poder. Pues estas ONG, entre cuyas redes se encuentra la ex ministra de Justicia Monica Macovei, polémica ex fiscal comunista vinculada a redes financiadas por Soros, se presentan como la única voz de la sociedad civil.
Al acudir a Bruselas, estas ONG eluden cualquier proceso democrático interno, dando la bienvenida a la influencia exterior que erosiona la independencia judicial de Rumanía, que tanto ha costado conseguir. Nunca se esperó que la MCV fuera permanente y revivirla parecería un atraso, mientras Rumanía era tratada como un miembro de «segunda clase» de la Unión Europea.
Esto no es empoderamiento, es dependencia. Los precedentes históricos demuestran cómo este tipo de herramientas pueden convertirse en armas: durante la crisis constitucional de Rumanía de 2012, la presión de la UE se filtró en la política interna del país, dejando la supervisión y la extralimitación difusas.
Y la financiación de estas ONG levanta banderas rojas. Funky Citizens, entre otros grupos de este tipo, llevan mucho tiempo colaborando en la vigilancia de la justicia, con patrocinadores internacionales como USAID y grupos afiliados a Soros que, según los críticos, apoyan más los intereses mundiales que los nacionales.
Desde el punto de vista jurídico, una VCM renovada supondría una presión pública añadida. La aplicación podría implicar procedimientos de infracción de la UE, así como sentencias preliminares del Tribunal de Justicia de la UE, como se ha visto en casos anteriores que cuestionaban las leyes judiciales rumanas. Esto podría degradar la legislación nacional, provocando un efecto amedrentador en jueces y fiscales escépticos ante Bruselas. Aunque su objetivo sea suprimir la corrupción, también corre el riesgo de politizar la justicia. Las implicaciones políticas son sustanciales. El gobierno de Rumanía se vería sometido aquí a un microscopio, a merced de las recomendaciones de la UE que determinan las prioridades. Eso, ante un régimen más híbrido, como señalan los recientes índices de democracia, podría agravar las divisiones políticas.
Volver a la VCM estigmatizaría a Rumanía, alimentaría la reacción nacionalista y erosionaría aún más la confianza en las instituciones de la UE. Es una pendiente resbaladiza: hoy, supervisión de la justicia; mañana, vetos más amplios de la política en todo, desde la energía a la migración.
Desde una perspectiva financiera, el golpe podría ser desastroso. Los fondos de la UE, incluidos los del Mecanismo de Recuperación y Resiliencia (PNRR), por un total de 30.000 millones de euros, ya están vinculados a hitos del Estado de Derecho. Un nuevo MCV podría implicar cláusulas de condicionalidad, que aplazarían los desembolsos o darían lugar a recortes, como se ha visto en Hungría y Polonia. La economía rumana, que necesita fondos de la UE para infraestructuras y transiciones ecológicas, podría pasar apuros. La legislación reciente, como la de las conversiones de deuda en capital para las empresas, es una prueba de la contracción fiscal; la presión adicional de la Unión Europea tiene el potencial de obligar a tomar medidas de austeridad en los próximos años, aumentando los gastos de cumplimiento para las empresas y apretando los presupuestos públicos.
Mientras Rumanía atraviesa esta tormenta, la verdadera cuestión es la soberanía. Estas ONG, que tienen todas buenas intenciones aunque se sientan mal, corren el riesgo de retrasar el reloj y provocar división en lugar de unidad. El verdadero Estado de derecho prospera internamente, no por decreto externo. La sociedad jurídica y civil del país necesita crecer.
Los rumanos merecen un sistema judicial que haya sido posible por ellos, para ellos, y que ya no esté eclipsado por Bruselas.