Europa aprende de nuevo el poder

Política - 7 de mayo de 2026

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Durante décadas, Europa creyó que había escapado a la Historia. El proyecto europeo que surgió después de 1945 -y se aceleró tras la caída del Muro de Berlín- se construyó sobre un supuesto profundamente optimista: que la economía podía sustituir a la geopolítica, que la interdependencia haría obsoletos los conflictos y que la prosperidad por sí sola podía garantizar la paz. La propia Unión Europea se convirtió en la encarnación institucional de esta visión: un orden posnacional fundado menos en el poder que en la ley, la regulación, el comercio y el consenso. Pero la historia ha vuelto a Europa con extraordinaria violencia. El 23 de abril, la Unión Europea aprobó oficialmente un paquete de préstamos de 90.000 millones de euros para Ucrania, junto con su vigésimo paquete de sanciones contra Rusia. A primera vista, puede parecer otra decisión técnica tomada en Bruselas. En realidad, representa algo mucho más profundo: una señal de que Europa está cambiando su naturaleza política.

Para comprender el significado de esta decisión, hay que mirar más allá de la propia cifra. El plan de 90.000 millones de euros es uno de los mayores programas financieros jamás aprobados por la UE en el contexto de una guerra en curso. No se trata simplemente de ayuda económica. Es infraestructura geopolítica. Bruselas financiará directamente la supervivencia económica y militar de Ucrania durante el periodo 2026-2027 mediante deuda común europea emitida en los mercados internacionales. La propia estructura del paquete revela la transformación de Europa.

Aproximadamente 30.000 millones de euros se destinarán al apoyo macroeconómico del Estado ucraniano: salarios públicos, servicios esenciales, estabilidad financiera y funcionamiento de las instituciones gubernamentales. Pero el componente más significativo se refiere a la defensa: aproximadamente 60.000 millones de euros reforzarán la capacidad militar e industrial de Ucrania, incluida la producción y adquisición de sistemas de armamento. Aquí es donde surge el verdadero cambio histórico. Durante décadas, la Unión Europea se imaginó a sí misma principalmente como una «potencia normativa», un actor capaz de moldear el mundo mediante reglamentos, comercio, normas jurídicas y diplomacia multilateral. La fuerza militar pertenecía a otros: a Estados Unidos a través de la OTAN o a Estados nación individuales. Bruselas hablaba el lenguaje de los mercados; la geopolítica parecía una reliquia del pasado. Ahora ya no.

Con este paquete, la UE no está simplemente ayudando a un país vecino. Está financiando una guerra continental. Está planificando la producción militar, la seguridad energética, la resistencia industrial y la coordinación estratégica a largo plazo. En otras palabras, está empezando a comportarse como una auténtica potencia geopolítica. La escala de esta transformación es enorme porque golpea el núcleo mismo de la identidad europea de posguerra. Después de 1989, muchos europeos se convencieron de que el continente había entrado en una era «poshistórica». Las grandes guerras interestatales parecían imposibles. Las fronteras parecían establecidas. La soberanía nacional estaba siendo sustituida gradualmente por la integración económica, la gobernanza tecnocrática y la globalización.

Europa podía permitirse esta ilusión porque vivía dentro de un acuerdo geopolítico excepcionalmente favorable. La seguridad estaba garantizada por Estados Unidos. La energía barata procedía de Rusia. La fabricación asequible procedía de China. Durante treinta años, el continente prosperó sin necesidad de pensar realmente en términos de poder. Ahora los tres pilares se están derrumbando simultáneamente. El paraguas estratégico estadounidense ya no se percibe como eterno. La atención de Washington se desplaza cada vez más hacia el Indo-Pacífico y la competencia con Pekín. Rusia se ha transformado de socio energético en amenaza existencial. La dependencia de las cadenas de suministro industrial chinas se considera ahora una vulnerabilidad estratégica. La guerra de Ucrania no hizo sino acelerar un despertar que ya había comenzado.

El fin del dividendo de la paz

Durante más de tres décadas, Europa se benefició de lo que los economistas políticos llamaron el «dividendo de la paz». Tras el colapso de la Unión Soviética, los gobiernos europeos redujeron drásticamente el gasto militar y reorientaron enormes recursos hacia sistemas de bienestar, infraestructuras, consumo y programas sociales. La lógica parecía racional en aquel momento. Si la guerra a gran escala en Europa se había vuelto imposible, ¿por qué mantener ejércitos caros? ¿Por qué invertir en industrias de defensa cuando la globalización parecía capaz de garantizar la prosperidad y la estabilidad? En todo el continente, los presupuestos militares se redujeron. El servicio militar obligatorio desapareció en muchos países. Las industrias estratégicas se descuidaron o se externalizaron. Las sociedades europeas se acostumbraron a la idea de que la seguridad era permanente y esencialmente gratuita. En realidad, Europa no estaba trascendiendo las políticas de poder. Simplemente las externalizaba.

El continente construyó generosos estados del bienestar bajo la protección del poder militar estadounidense. La OTAN garantizaba la disuasión, mientras que los gobiernos europeos daban cada vez más prioridad al gasto interno frente a la capacidad estratégica. La defensa se distanció psicológicamente de la vida política cotidiana. El resultado fue una Europa extraordinariamente próspera pero estratégicamente frágil.

Esta fragilidad se está haciendo ahora visible. La guerra de Ucrania puso de manifiesto los límites de los arsenales militares europeos, la debilidad de sus cadenas de producción de defensa y hasta qué punto muchos Estados europeos habían perdido la capacidad industrial necesaria para mantener un conflicto a largo plazo. El retorno de la guerra marca, por tanto, no sólo una crisis geopolítica, sino el fin de todo un modelo económico y político. Europa está descubriendo que el «dividendo de la paz» fue históricamente excepcional, no permanente.

Y esta toma de conciencia está remodelando el continente a una velocidad extraordinaria. Por eso el préstamo de 90.000 millones de euros importa mucho más allá de Kiev. El fondo se financiará mediante deuda europea emitida en los mercados internacionales y respaldada por el propio presupuesto de la UE. Esto significa que Bruselas utiliza ahora instrumentos tradicionalmente asociados a los Estados soberanos: endeudamiento común, planificación estratégica, coordinación industrial y prioridades militares compartidas. Se trata de una transición histórica.

Durante años, el debate europeo giró casi exclusivamente en torno a los indicadores económicos, las normativas y la gobernanza financiera. Hoy, los líderes europeos hablan abiertamente el lenguaje de:

  • disuasión,
  • autonomía estratégica,
  • industrias de defensa,
  • seguridad energética,
  • protección de las infraestructuras,
  • resiliencia geopolítica.

Incluso Alemania -durante mucho tiempo el símbolo del pacifismo europeo de posguerra- ha aceptado el rearme como una necesidad histórica. Polonia está construyendo una de las mayores fuerzas armadas del continente. Países que pasaron años reduciendo sus presupuestos militares están volviendo a invertir fuertemente en defensa. Europa está volviendo a aprender el lenguaje del poder. Y aquí reside una de las grandes ironías de la historia contemporánea.

La Unión Europea se creó precisamente para superar la lógica de la política de poder que asoló el continente durante el siglo XX. Su legitimidad moral descansaba en la creencia de que el comercio, la integración y la interdependencia podían neutralizar permanentemente el nacionalismo y la rivalidad geopolítica. Sin embargo, hoy en día, la supervivencia del propio orden europeo puede depender del redescubrimiento de los mismos conceptos que una vez intentó trascender. Esto no significa que Europa esté volviendo a los conflictos nacionalistas del pasado. Pero sí significa que los europeos están redescubriendo una antigua verdad política: la paz no se sostiene por sí misma.

La estabilidad requiere fuerza. Las fronteras requieren protección. La prosperidad económica depende de la seguridad. Y las civilizaciones incapaces de defenderse a sí mismas se vuelven inevitablemente dependientes de quienes sí pueden hacerlo. En muchos sentidos, el movimiento conservador europeo ha comprendido esta transformación más rápidamente que gran parte de la clase dirigente liberal tradicional.

La nueva derecha europea ya no habla sólo de identidad cultural o de inmigración. Cada vez más, el lenguaje conservador gira en torno a:

  • soberanía,
  • independencia energética,
  • capacidad industrial,
  • seguridad,
  • demografía,
  • autonomía estratégica.

También por eso muchos conservadores europeos se han distanciado de la ingenuidad de la hiperglobalización. La creencia de que los mercados por sí solos podían disolver las tensiones geopolíticas resultó catastróficamente falsa. El comercio no liberalizó a Rusia. La interdependencia económica no moderó a China. La apertura de fronteras no eliminó la fragmentación social. Al contrario, Europa descubrió que la excesiva dependencia puede convertirse en sí misma en una vulnerabilidad.

De la globalización a la soberanía estratégica

Una de las consecuencias más significativas de la guerra de Ucrania es la transformación de la propia filosofía económica de Europa. Durante décadas, el modelo europeo se construyó en torno a la eficiencia. Las cadenas de suministro se organizaban en función de la reducción de costes, la producción se externalizaba globalmente y la dependencia estratégica se consideraba económicamente racional. El supuesto dominante era que la globalización crearía intereses mutuos lo suficientemente fuertes como para desalentar los conflictos geopolíticos. Ese supuesto se está derrumbando. Hoy, los gobiernos europeos hablan cada vez más no de eficiencia, sino de resiliencia. El vocabulario político del continente está cambiando rápidamente:

  • deslocalización,
  • autonomía estratégica,
  • soberanía industrial,
  • seguridad de la cadena de suministro,
  • protección de infraestructuras críticas.

El cambio es profundo porque marca el regreso del Estado a áreas de la economía que durante mucho tiempo se dejaron únicamente en manos de la lógica del mercado. Las industrias de defensa se expanden por toda Europa. Aumenta la producción de municiones. Los gobiernos están coordinando estrategias industriales en sectores que antes se consideraban puramente comerciales. La política energética se debate ahora en términos geopolíticos más que medioambientales. La propia interdependencia económica se ve cada vez más a través del prisma de la seguridad nacional. En este sentido, la guerra de Ucrania está acelerando el final de la fase puramente neoliberal de la globalización europea. Europa está pasando de la lógica de la eficacia a la lógica de la resiliencia.

Esto no significa que el continente esté abandonando el libre mercado o el comercio internacional. Pero sí significa que los europeos están redescubriendo algo que las generaciones anteriores comprendieron instintivamente: la economía y la geopolítica no pueden separarse indefinidamente. La capacidad industrial es poder. La independencia energética es poder. La soberanía tecnológica es poder.

Y el poder, una vez más, se ha convertido en el centro de la política europea. Por tanto, el paquete de 90.000 millones de euros representa mucho más que una ayuda a Ucrania. Simboliza un continente que abandona la ilusión posmoderna de que la historia podía sustituirse por la administración técnica. Durante años, muchas élites europeas hablaron como si la política se hubiera convertido en poco más que un problema de gobernanza. El pensamiento estratégico se atrofió. Las cuestiones de identidad, soberanía y poder se trataban como restos de un pasado más oscuro. La guerra hizo añicos esa ilusión.

Los europeos se enfrentan de nuevo a cuestiones fundamentales: ¿qué merece la pena defender? ¿Hasta qué punto es aceptable la dependencia de potencias exteriores? ¿Puede sobrevivir una civilización sin la voluntad de protegerse a sí misma? No son cuestiones meramente militares. Son cuestiones de civilización. Y éste es el punto central de la transformación de Europa. La Unión Europea, creada para trascender la geopolítica, está siendo remodelada por la propia geopolítica. El continente que una vez se imaginó a sí mismo como el primer orden post-soberano de la historia está redescubriendo la realidad permanente del poder. Resulta que la Historia nunca desapareció realmente. Europa simplemente dejó de mirarla.

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