Durante años, Europa ha intentado convertirse en la principal potencia reguladora del mundo en materia de inteligencia artificial. El 30 de julio, Bruselas dio por fin un paso adelante para convertirse también en una potencia tecnológica.
La Comisión Europea ha lanzado una convocatoria para crear hasta siete «gigafábricas» de IA en todo el continente. La iniciativa podría movilizar unos 10 000 millones de euros en financiación europea y nacional, con el objetivo de atraer al menos otros 20 000 millones de euros en inversión privada. Las nuevas instalaciones combinarán procesadores avanzados, tecnologías en la nube, software, conectividad de alta velocidad y centros de datos, lo que permitirá a las empresas y a los investigadores europeos entrenar los modelos de inteligencia artificial más sofisticados.
Es una buena noticia. Pero también es una forma de reconocer cuánto tiempo ha perdido Europa.
Mientras Estados Unidos creaba plataformas globales y China desarrollaba un ecosistema industrial respaldado por enormes inversiones públicas y privadas, la Unión Europea centró gran parte de sus esfuerzos en la regulación. Con la Ley de IA, Bruselas demostró que sabía cómo debía regularse la inteligencia artificial antes incluso de demostrar que las empresas europeas fueran capaces de desarrollarla y comercializarla a gran escala.
Por eso, las gigafábricas suponen un cambio de rumbo necesario. Europa está empezando a darse cuenta de que la soberanía tecnológica no se consigue con una simple directiva. Tiene que estar respaldada por capital, infraestructuras, energía, investigación y capacidad productiva.
En este sector, sin embargo, la respuesta no puede ser simplemente volver al Estado-nación. Ningún país europeo, por sí solo, tiene la envergadura financiera, industrial e informática necesaria para competir con Estados Unidos y China. Ni siquiera Alemania o Francia pueden crear por su cuenta una cadena de suministro completa de inteligencia artificial, financiar la infraestructura que requieren los modelos más avanzados ni crear un mercado de un tamaño comparable al de Estados Unidos o China.
Por lo tanto, la dimensión europea no es un obstáculo que haya que superar, sino una necesidad estratégica.
La verdadera pregunta no es si Bruselas debería coordinar las inversiones. Es qué tipo de Europa debería hacerlo. La elección es entre una Europa capaz de actuar como una potencia, concentrando recursos en sectores clave, y una Europa que se limita a actuar como una simple administración, centralizando las normas sin centralizar el poderío económico ni la capacidad industrial.
Las gigafábricas podrían suponer un paso hacia ese primer modelo. La capacidad informática, el suministro de semiconductores, la investigación avanzada, la seguridad tecnológica y los mercados de capitales requieren todos ellos una escala continental. Son ámbitos en los que la fragmentación entre 27 estrategias nacionales condenaría a Europa a la irrelevancia.
Sin embargo, centralizar los recursos no tiene por qué significar planificar el desarrollo tecnológico exclusivamente desde arriba. La Comisión debería crear las condiciones para que las empresas, las universidades y los inversores puedan competir, en lugar de decidir de forma burocrática qué tecnologías o modelos industriales deben imponerse.
Las nuevas instalaciones deben ubicarse donde ya haya energía, redes, conocimientos científicos y empresas capaces de aprovecharlas. Si, por el contrario, los proyectos se seleccionan en función del equilibrio geográfico, la distribución política de los fondos o la compensación entre gobiernos, las gigafábricas corren el riesgo de convertirse en costosos monumentos a la ineficiencia europea.
Además, hay una contradicción que Bruselas no puede pasar por alto. AMD, Nvidia y Qualcomm han mostrado interés en suministrar los chips que necesitarán los nuevos centros. Las tres son empresas estadounidenses. Por lo tanto, Europa podría albergar la infraestructura, pero seguiría dependiendo de proveedores extranjeros para sus componentes más importantes.
Esto no significa que el proyecto no tenga sentido. Sin embargo, sí demuestra que la soberanía tecnológica no se puede reducir a la ubicación geográfica de un servidor. Requiere una estrategia más amplia que abarque los semiconductores, los servicios en la nube, el software, el capital y la formación de la mano de obra.
El segundo gran reto es la energía. Los centros de datos dedicados a la inteligencia artificial necesitan cantidades enormes de electricidad estable y a un precio competitivo. Europa no puede decir que la IA es una prioridad estratégica y, al mismo tiempo, mantener unos costes energéticos que desincentivan la inversión industrial y digital.
Un continente que quiera acoger la próxima generación de superordenadores tiene que invertir en las redes eléctricas, ampliar la capacidad de generación y dejar de lado los prejuicios ideológicos contra determinadas fuentes de energía, incluida la energía nuclear. Sin un enfoque realista en materia energética, las ambiciones tecnológicas de Europa se quedarán solo en los comunicados de prensa de la Comisión.
La capacidad informática por sí sola tampoco será suficiente. En la actualidad, solo una parte limitada de las empresas europeas utiliza la inteligencia artificial. Europa necesita empresas capaces de convertir estas infraestructuras en productos, aplicaciones industriales y servicios competitivos. Necesita mercados de capitales más profundos y menos barreras para el crecimiento de las start-ups, que con demasiada frecuencia son adquiridas por grupos extranjeros antes de que puedan convertirse en líderes europeos.
Por eso, la iniciativa de la Comisión merece todo nuestro apoyo. No porque Bruselas deba sustituir a los gobiernos nacionales o al mercado, sino porque, en ciertos sectores, Europa tiene que aprender de una vez por todas a actuar a la escala de una gran potencia.
El principio debería ser sencillo: más Europa donde se necesite escala, poder de negociación e inversión estratégica; menos Europa donde la centralización solo genere nuevas obligaciones y trámites.
Las siete gigafábricas podrían marcar el inicio de un enfoque más maduro: una Europa unida a la hora de desarrollar su fortaleza tecnológica, pero lo suficientemente libre como para permitir que las empresas, los investigadores y los países innoven por caminos diferentes.
Para competir con Washington y Pekín, Europa no tiene por qué elegir entre la cooperación continental y la libertad económica. Tiene que aprender a combinar ambas cosas.
La soberanía tecnológica no se puede crear mediante la legislación. Pero tampoco se puede construir si los 27 Estados actúan por separado.
Hay que construirlo juntos, sin que la burocracia nos ahogue.