A Pedro Sánchez le ha cogido mucho gusto al «milagro económico español». Puede que la expresión en sí no se utilice siempre, pero la historia se repite con bastante frecuencia. España está creciendo más rápido que Alemania, Francia e Italia. El empleo está en niveles récord. El dinero europeo está transformando el país. La conclusión, expresada con la confianza habitual desde La Moncloa, es que el Gobierno socialista ha encontrado un modelo que funciona.
Puede que sí. Pero si esto es realmente un milagro, cuesta mucho verlo.
Muchos españoles oyen que su economía va a toda marcha, pero se ven incapaces de comprarse una casa, hacer frente a un gasto inesperado o recuperar el poder adquisitivo que perdieron durante los años de inflación. Las estadísticas describen un país que avanza a buen ritmo. La vida cotidiana, sin embargo, parece mucho más estancada.
Sánchez no tiene por qué cambiar las cifras. Solo tiene que destacar las que queden mejor.
El PIB total da una imagen más positiva que el PIB por persona. Un empleo récord suena más impresionante que una productividad baja. El dinero asignado llama más la atención que los resultados conseguidos. Se celebran los aumentos salariales nominales sin pararse a pensar en los precios, los impuestos o los costes de la vivienda. Los miles de millones que llegan de Bruselas se presentan como prueba de la fortaleza económica nacional, aunque la financiación sea temporal y gran parte del rendimiento final siga sin estar claro.
Todas las cifras pueden ser correctas y, aun así, el panorama general puede resultar engañoso. Te cuento que…
El milagro que se esconde tras el titular
El PIB real de España creció un 2,8 % en 2025. Si lo comparamos con el estancamiento que sufren varias grandes economías europeas, es un logro respetable. Sin embargo, según las estimaciones del FMI, el crecimiento del PIB real por persona se sitúa en torno al 1,5 %. Es positivo, sin duda, pero dista mucho de la transformación que sugiere la retórica del Gobierno.
Parte de la explicación es demográfica. Una población y una población activa más numerosas producen más, consumen más y hacen crecer la economía. La inmigración ha ayudado a España a evitar parte de la escasez de mano de obra y el estancamiento demográfico que se ha visto en otros lugares de Europa. Pero una economía más grande no significa necesariamente una sociedad más próspera. Si la producción crece porque hay más trabajadores, pero la productividad apenas mejora, los beneficios de los que dispone cada persona siguen siendo limitados.
Esta distinción casi nunca se mantiene cuando se trata de un discurso ministerial.
La evolución a largo plazo de España da que pensar. Entre 2004 y 2024, registró uno de los menores aumentos de la renta real por persona de los hogares de toda la Unión Europea. Más de una cuarta parte de la población seguía en riesgo de pobreza o exclusión social en 2025. Más de un tercio no podía hacer frente a un gasto inesperado. Los costes de la vivienda han hecho que a los jóvenes españoles les resulte cada vez más difícil independizarse, incluso cuando tienen trabajo.
Se han hecho algunos avances. Los ingresos han subido, la privación extrema ha bajado un poco y, sin duda, tener trabajo es mejor que no tenerlo. Hay que reconocerle al Gobierno el mérito cuando sus políticas han contribuido a esas mejoras.
Sin embargo, cuanto mejor parece el crecimiento a primera vista, más difícil resulta responder a la pregunta de fondo. Si España ha disfrutado de un fuerte crecimiento del PIB, de unas cifras de empleo récord y de una afluencia sin precedentes de fondos europeos, ¿por qué la mejora del nivel de vida de la gente ha sido tan moderada?
Los fondos de recuperación son la pieza clave de este rompecabezas. España ha sido uno de los principales beneficiarios del Mecanismo de Recuperación y Resiliencia de la UE. El dinero se ha destinado a energía, transporte, digitalización, formación, proyectos industriales y administración pública. El propio Sánchez ha reconocido que esos fondos han sido un motor fundamental del rendimiento económico.
Esto es importante porque el programa es temporal. Los hitos tenían que completarse antes de que acabara agosto de 2026, y los pagos finales debían realizarse antes de que acabara el año. No es que los grifos vayan a seguir echando agua con la misma presión para siempre.
No habrá ningún colapso repentino cuando cierren. Un ferrocarril no desaparece solo porque haya terminado la subvención con la que se financiaba. El material que se compre hoy puede seguir siendo productivo mañana. Otros programas europeos seguirán adelante, al igual que la inversión privada.
El peligro está en otra parte. Es posible que la financiación europea haya apoyado ciertas actividades sin subsanar las deficiencias que hicieron necesaria esa ayuda. Puede que haya permitido al Gobierno eludir reformas difíciles sin dejar de dar la impresión de que había desarrollo económico. Y lo que es peor, es posible que ese dinero temporal haya contribuido a crear expectativas y obligaciones permanentes.
Esa es una vieja tentación política. Gastar ahora, anunciar los beneficios y dejar el problema de la financiación para un presupuesto posterior —a ser posible, uno que prepare otra persona—.
¿Qué pasa cuando Bruselas cierra el grifo?
Lo mismo se aplica a las cuentas públicas. España no puede inventarse el déficit a su antojo. Eurostat, la Comisión Europea y la Autoridad Independiente para la Responsabilidad Fiscal garantizan un control externo eficaz. Sin embargo, hay un amplio margen entre la contabilidad honesta y la falsificación descarada.
Los gastos se pueden trasladar de un año a otro y pueden surgir obligaciones más tarde de lo esperado. Del mismo modo, los gobiernos pueden publicar previsiones de ingresos optimistas, hacer hincapié en las asignaciones brutas en lugar de en la ejecución real y describir las medidas temporales como excepcionales siempre que eso refuerce el discurso fiscal que les conviene. Por último, la inflación puede aumentar la recaudación fiscal sin que haya una subida explícita de los impuestos, sobre todo cuando los umbrales no se ajustan del todo.
Esto no es tan grave como manipular las cuentas. Además, es más habitual. Llámalo «contabilidad política»: mostrar todo lo que se ha conseguido, mientras se dejan fuera de plano las obligaciones del futuro.
Las señales de alerta ya son evidentes. El organismo de control presupuestario de España ha puesto en duda el margen de maniobra restante y ha señalado riesgos en cuanto al cumplimiento de las normas de gasto. La Comisión Europea sigue señalando la baja productividad, la escasa innovación, los obstáculos administrativos y la fragmentación normativa. Se prevé que el gasto público crezca más rápido de lo recomendado, incluso teniendo en cuenta la flexibilidad en materia de defensa.
Nada de esto significa que España esté a punto de ir a la quiebra. Lo que sí sugiere es que el autorretrato que hace Sánchez merece bastante menos admiración de la que él mismo le da.
¿Contabilidad política… a cargo de otra persona?
El posible cambio político en 2027 hace que la situación sea aún más trascendental. Las encuestas no se ponen de acuerdo, como suele pasar, pero varias sitúan al Partido Popular y a Vox a un paso de conseguir la mayoría parlamentaria. Una coalición entre ambos es posible, aunque está lejos de estar asegurada.
Si un gobierno así llegara al poder, se encontraría con una mezcla bastante sombría: un crecimiento más débil, fondos de recuperación agotados, compromisos de gasto permanentes, una población que envejece, presión para gastar más en defensa y una frustración generalizada por la vivienda y el poder adquisitivo.
La herencia que nos espera en 2027
Para la derecha española, sería imposible no darse cuenta de que esto recuerda a lo que pasó en 2011.
Mariano Rajoy llegó al Gobierno tras José Luis Rodríguez Zapatero, en un momento en el que la economía estaba estancada, el desempleo alcanzaba niveles catastróficos y el crédito estaba muy restringido. El déficit público de 2011 resultó ser mucho peor de lo previsto. Aunque al principio se situó en el 8,5 % del PIB, luego se revisó hasta aproximadamente el 8,9 % cuando salieron a la luz gastos regionales adicionales. El objetivo era del 6 %.
La España de hoy no es la España de 2011. El mercado laboral está más sólido, los bancos están en mejor situación y las principales previsiones apuntan a un crecimiento más lento, en lugar de a un colapso. Cualquier comparación que pase por alto esas diferencias se convierte en propaganda.
Aun así, el patrón político resulta inquietantemente familiar. Un gobierno socialista se lleva todo el mérito durante la fase optimista; luego llega un gobierno de derechas cuando las consecuencias se ven más claras y el margen de maniobra se ha reducido.
Una coalición entre el PP y Vox podría llegar al poder prometiendo menos impuestos, fronteras más seguras, más gasto en defensa y más apoyo a las familias. Pero pronto se daría cuenta de que no se pueden financiar todos esos compromisos a la vez. Entonces se encontraría ante tres opciones poco atractivas: abandonar su programa, subir los impuestos o recortar el gasto. Justo como hizo Rajoy.
Como era de esperar, Sánchez y sus aliados calificarían cualquier recorte como un ataque ideológico a los servicios públicos. El Gobierno responsable de posponer la hora de la verdad podría entonces culpar a su sucesor por enfrentarse a ella.
Vox se enfrentaría a su propia prueba. Los partidos de la oposición pueden exigir recortes fiscales, fortaleza militar, inversión industrial y políticas familiares generosas, todo al mismo tiempo. El Gobierno incluye todas esas promesas en la misma hoja de cálculo. La convicción nacional, por muy sincera que sea, no resuelve las cuentas.
El PP tampoco debería idealizar la etapa de Rajoy. Su Gobierno recuperó cierta confianza, pero también subió los impuestos, incumplió compromisos e impuso medidas dolorosas que contribuyeron a hacer añicos el antiguo sistema de partidos de España. Un saneamiento fiscal llevado a cabo sin imaginación política puede arreglar las cuentas, pero al mismo tiempo acabar con el Gobierno responsable de ello.
El fantasma de 2011
La alternativa empieza por ser sinceros antes de las elecciones. Hay que decirles a los españoles qué programas financiados con fondos de recuperación seguirán adelante, cuánto costarán y de dónde vendrá el dinero. Y habría que acompañar mejor los anuncios con resultados medibles.
Sobre todo, cada vez que se celebre el PIB total, habría que acompañarlo con cifras sobre la producción por persona, la productividad, la renta real disponible y la asequibilidad de la vivienda. Esos indicadores se acercan más a responder a la pregunta que realmente importa: ¿están los españoles cada vez más prósperos?
Sánchez puede afirmar con toda razón que España ha crecido y ha creado empleo. Lo que no puede afirmar de forma convincente es que estos logros hayan zanjado la polémica sobre su gestión económica.
El veredicto llegará cuando el excepcional apoyo europeo se haya desvanecido, el crecimiento se haya ralentizado y alguien tenga que financiar los compromisos adquiridos durante los años de bonanza. Si la productividad aumenta y el nivel de vida mejora, la confianza depositada en Sánchez habrá estado justificada.
Si no lo hacen, su milagro económico parecerá menos una transformación y más un elaborado juego de sincronización.
Y la factura, como suele pasar en la política española, se la habrá quedado el próximo gobierno.