La persecución de los cristianos hoy en día

Cultura - 28 de septiembre de 2026

Se ha instalado un silencio sorprendente en torno a la persecución de los cristianos en algunos países de mayoría musulmana, sobre todo en Nigeria, donde más de 50 000 cristianos han sido asesinados por su fe desde 2009. En siete países de mayoría musulmana, abandonar el islam para pasarse al cristianismo (apostasía) es un delito capital, aunque la ley solo se aplica de forma esporádica. Pero, ¿por qué deberíamos preocuparnos? «Dios ha muerto», dijo Nietzsche. Se me ocurren seis razones de peso, tanto para los creyentes como para los no creyentes, para respetar y defender nuestro legado cristiano, y ninguna de ellas implica que los cristianos deban imponer su religión a los demás.

Separación de poderes

En primer lugar, el cristianismo establece una distinción fundamental entre el poder temporal y el espiritual. Se nos dice que demos al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. En el gran conflicto entre los papas y los príncipes de los siglos XII y XIII, se fueron adoptando poco a poco los principios de que la Iglesia no debía controlar el Estado, que un príncipe gobierna por consentimiento y que puede ser destituido si viola la ley del país.

Igual reconocimiento para todos

En segundo lugar, el cristianismo extiende su visión moral a toda la humanidad. A los ojos de Dios, todos somos iguales: blancos y negros, hombres y mujeres, ricos y pobres, amos y siervos, judíos y samaritanos. No fue casualidad que Cristo eligiera a un samaritano —miembro de una minoría que a muchos judíos les caía mal— como protagonista de la parábola sobre el comportamiento moral, en la que el buen samaritano ayudó al viajero judío al que acababan de robar en el camino de Jerusalén a Jericó.

La riqueza: la capacidad de hacer el bien

En tercer lugar, la parábola del buen samaritano encierra importantes principios políticos. Sugiere que hay que crear un Estado para protegernos de los salteadores y garantizar un viaje seguro entre Jerusalén y Jericó, y de hecho a cualquier otro lugar. Además, el buen samaritano era un hombre adinerado: necesitamos gente que pueda permitirse ser generosa. Hizo el bien a costa de su propio bolsillo, no mediante una redistribución forzada. ¿Son acaso mejores los gobernantes que roban a los ricos para dárselo a los pobres (y que, por lo general, se quedan con la mayor parte del botín para ellos mismos) que los salteadores que asaltaron al viajero que iba a Jericó? De nuevo, antes de que llegara el buen samaritano, dos intelectuales, un sacerdote y un levita, habían pasado de largo junto a la víctima sin ayudarla. Para la mayoría de los intelectuales, la compasión no es más que un tema para seminarios universitarios.

La fragilidad y la ignorancia humanas

En cuarto lugar, el cristianismo nos inculca humildad. Nos hace darnos cuenta de lo poco que, como personas, sabemos o controlamos. El filósofo italiano Santo Tomás de Aquino (que aparece arriba, desconcertando al filósofo musulmán Averroes en un cuadro de Giovanni di Paolo) reconoció nuestra fragilidad moral. Todos somos pecadores, enseñaba Aquino, pero el Estado no debería asumir la tarea imposible de eliminar el pecado; en cambio, debería centrarse solo en aquellos pecados que perjudican a los demás, protegiéndonos así, en otras palabras, de los salteadores de caminos. Además, el economista anglo-austriaco Friedrich A. von Hayek presentó una teoría fascinante sobre cómo se puede superar la ignorancia individual a través de la transmisión del conocimiento: en el espacio, mediante el mecanismo de los precios, y en el tiempo, a través de la tradición.

No todo está permitido

En quinto lugar, si Dios no existiera, todo estaría permitido. El novelista ruso Fiódor Dostoievski puso el ejemplo de un viejo general cruel que soltó a sus perros contra un niño pequeño; estos lo persiguieron y lo mataron delante de su madre. Es casi insoportable pensar que ese hombre malvado pudiera morir tranquilamente mientras dormía. La justicia humana no da la talla. Hay que dar por hecho que existe un orden divino, un marco de normas morales sólidas.

Una apuesta sensata

En sexto lugar, el filósofo francés Blaise Pascal propuso una famosa apuesta. O Dios existe, o no existe. Los posibles costes de rechazarlo si existe superan con creces los costes de rechazarlo si no existe. Por lo tanto, es racional apostar por la existencia de Dios y creer y comportarse como un cristiano devoto. No tenemos nada que perder y mucho que ganar.