El PSOE de Sánchez y la prueba de resistencia de la democracia española

Legal - 27 de junio de 2026

Para explicar la política española actual a alguien de fuera, quizá no haya ninguna frase más ilustrativa que la que el propio Pedro Sánchez utilizó en su día para referirse a la independencia de la Fiscalía.

«¿De quién depende la Fiscalía? Bueno, depende del Gobierno».

Esta afirmación no ha dejado de perseguir a Sánchez. En su momento, los críticos la interpretaron como un indicio de una filosofía más amplia: la creencia de que las instituciones no sirven principalmente para controlar el poder, sino como instrumentos para ejercerlo. Independientemente de si es justa o no, esta percepción ha persistido a lo largo de los casi diez años que Sánchez lleva como presidente del Gobierno.

Ahora mismo, esta percepción se enfrenta a su mayor reto.

Hay momentos en la vida de una democracia que van más allá de los escándalos individuales y se convierten en pruebas de la solidez institucional, en baremos de la cultura política y en indicadores del equilibrio entre el poder y la rendición de cuentas dentro de un orden constitucional. España parece haber llegado a una encrucijada de este tipo. La sucesión actual de investigaciones judiciales, procesos penales, condenas y acusaciones que involucran a figuras clave del entorno político de Pedro Sánchez ya es significativa de por sí. Sin embargo, centrarse solo en los detalles de cada caso es pasar por alto el panorama general. La verdadera importancia de la crisis actual no radica solo en la posible infiltración de la corrupción en las más altas esferas del Gobierno, sino también en el hecho de que las instituciones encargadas de investigar estos asuntos sigan funcionando, a pesar de la presión política constante, la intimidación pública y los intentos cada vez más evidentes de subordinarlas al poder ejecutivo.

Durante casi una década, Pedro Sánchez ha mantenido una posición dominante en la política española, demostrando una habilidad táctica que podría decirse que no tiene parangón entre los líderes europeos de su generación. Ha resistido reveses electorales, inestabilidad parlamentaria, disensiones internas en el partido, retos separatistas, crisis económicas y frecuentes predicciones sobre su caída política. En otros países, los gobiernos se han derrumbado por errores menos graves que los que ha tenido que soportar su administración. Primeros ministros de toda Europa han dimitido por escándalos de gastos, indiscreciones ministeriales o polémicas éticas que palidecen en comparación con la cantidad de acusaciones a las que se enfrenta actualmente el Gobierno español. Sin embargo, Sánchez ha salido siempre de cada crisis aparentemente más fuerte.

Sin embargo, la situación actual parece fundamentalmente diferente. Esta distinción no se debe a que la corrupción sea algo nuevo en la política española, ya que, por desgracia, estos problemas vienen de lejos. Tampoco se debe al carácter sin precedentes de las acusaciones contra políticos de alto rango. En cambio, lo que caracteriza este momento es la concentración de riesgos legales y políticos que rodean a personas situadas en el núcleo mismo de la coalición de gobierno, sobre todo dentro del círculo más cercano que facilitó el ascenso de Sánchez al poder.

España está viviendo ahora mismo lo que podría convertirse en el mayor escándalo de corrupción de su era democrática. El exministro de Transportes, José Luis Ábalos, acaba de ser condenado esta semana a veinticuatro años de cárcel, lo que supone la pena más dura por corrupción jamás impuesta a un ministro en la España democrática. Ábalos, que en su día fue uno de los colaboradores de mayor confianza de Sánchez y uno de los principales artífices de su regreso a la dirección del Partido Socialista y de su posterior ascenso a la presidencia del Gobierno, marca con su caída un momento crucial en la política española contemporánea. Su asesor y colaborador cercano, Koldo García, ha sido condenado a diecinueve años de cárcel. Santos Cerdán, hasta hace poco secretario de Organización del Partido Socialista y posiblemente la segunda figura más influyente del PSOE después de Sánchez, se encuentra ahora en el centro de una investigación judicial que no para de ampliarse y que llega hasta los mecanismos fundamentales de la gestión del partido.

Los procesos judiciales que afectan a la esposa del presidente del Gobierno, Begoña Gómez —a quien le han retirado el pasaporte a la espera del juicio—, y a su hermano, David Sánchez, siguen en marcha, lo que ha dado lugar a una situación excepcional en la que personas del entorno personal y político más cercano del presidente del Gobierno se encuentran simultáneamente bajo investigación judicial. Independientemente de los resultados finales y de la presunción de inocencia que hay que mantener, el impacto político global es indiscutible, tanto en profundidad como en amplitud. Una concentración de investigaciones de este tipo en torno al círculo más cercano de un jefe de Gobierno en el cargo es algo poco habitual en las democracias europeas modernas.

La resiliencia de las instituciones

Aunque los escándalos en sí mismos son notables, la respuesta institucional es quizás aún más significativa, ya que demuestra que el sistema no ha cedido ante la presión, como muchos temían.

Durante años, los críticos de Sánchez han argumentado que España ha estado pasando por un proceso gradual de colonización institucional. Las disputas relacionadas con el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), los repetidos intentos de modificar los mecanismos de nombramiento de los jueces, la retórica cada vez más hostil hacia los jueces cuyas decisiones resultaban incómodas para el Gobierno y los esfuerzos constantes por presentar las investigaciones judiciales como conspiraciones políticas han contribuido a alimentar la preocupación de que España se esté encaminando hacia un modelo en el que los controles constitucionales estén cada vez más subordinados al poder ejecutivo.

Han surgido preocupaciones similares dentro de los servicios de seguridad. Cuando las investigaciones se acercaban a ámbitos políticamente delicados, la atención solía desviarse del fondo de las acusaciones hacia la legitimidad de los investigadores. La unidad de élite anticorrupción de la Guardia Civil, la UCO, se convirtió en un blanco especial de las críticas. Los investigadores se enfrentaron a acusaciones de motivaciones políticas, a un escrutinio de sus métodos y a cuestionamientos sobre su credibilidad. Sin embargo, lo más llamativo de la crisis actual es que parece que, al final, estos esfuerzos han fracasado.

La UCO ha investigado a ministros, altos cargos del Partido Socialista, miembros de la Policía Nacional y de la propia Guardia Civil cuando las pruebas lo han justificado.

Los jueces han seguido autorizando registros y detenciones. Los tribunales han seguido tramitando los casos. El Tribunal Supremo ha seguido dictando sentencias. Los mecanismos de rendición de cuentas han seguido funcionando, incluso cuando esas medidas resultaban políticamente incómodas para algunas de las personas más influyentes del país.

Esto es importante porque las democracias no fracasan solo por la corrupción, que existe en mayor o menor medida en todos los sistemas políticos. Las democracias fracasan cuando las instituciones dejan de investigar las irregularidades, cuando los fiscales están al servicio de los políticos, cuando los jueces se convierten en instrumentos de los partidos políticos y cuando las fuerzas policiales pierden la capacidad de perseguir las conductas indebidas dondequiera que se produzcan. Lo más alentador de la situación actual de España es que, a pesar de la presión constante, sus instituciones han demostrado hasta ahora una resistencia que muchos creían perdida.

Cada investigación judicial que avanza transmite un mensaje tranquilizador a los ciudadanos: a pesar de las imperfecciones y los retrasos, el sistema sigue funcionando.

En el centro de la crisis actual se esconde una profunda paradoja. Cada nueva revelación puede debilitar al Gobierno, pero al mismo tiempo refuerza la confianza de la ciudadanía en el orden constitucional. Cada investigación judicial que avanza, cada auto de acusación dictado y cada sentencia condenatoria dictada refuerza el mensaje a los ciudadanos de que, a pesar de las imperfecciones y los retrasos, el sistema sigue funcionando.

La larga memoria de la democracia

Los ciudadanos españoles llevan mucho tiempo mostrando un sano escepticismo hacia su clase política. Los escándalos de corrupción han afectado periódicamente a partidos de todo el espectro ideológico. Sin embargo, sigue existiendo la creencia generalizada de que la justicia, aunque a menudo sea lenta, al final siempre se impone. Esta creencia puede explicar por qué la indignación pública no ha dado lugar a una desesperanza institucional. Los ciudadanos parecen cada vez más convencidos de que el Estado sigue teniendo la capacidad de corregirse a sí mismo.

Esta dinámica cobra especial relevancia si tenemos en cuenta el complejo contexto histórico de España. Pocos países europeos cuentan con un legado tan importante de polarización política, desconfianza institucional y conflicto ideológico. A lo largo del siglo XX, la política española se caracterizó a menudo por la tendencia a tratar las instituciones del Estado no como garantes neutrales del bien común, sino como recursos que había que hacerse con el control y utilizar contra los oponentes políticos. La transición democrática se caracterizó por la creación de instituciones capaces de superar esta lógica. La pregunta clave de la era Sánchez es si estas instituciones siguen siendo lo suficientemente sólidas como para resistir nuevos intentos de politización.

Hasta ahora, los datos parecen indicar que sí.

La legitimidad política y sus límites

La legitimidad política no depende solo de los cálculos parlamentarios. Un gobierno puede hacer frente a retos económicos, políticas impopulares y reveses electorales. Sin embargo, no le resulta fácil sobrevivir a la erosión gradual de la confianza de la ciudadanía en su autoridad moral para gobernar. Cuando los votantes perciben que un gobierno no solo se equivoca, sino que está en entredicho, agotado o desacreditado éticamente, la supervivencia política se vuelve mucho más difícil.

Muchos gobiernos se han ido al traste por mucho menos. En toda Europa, se han acabado carreras políticas por polémicas que son insignificantes en comparación con la acumulación de escándalos que rodean actualmente al Gobierno de Sánchez. Los recientes retos a los que se han enfrentado otros líderes europeos ilustran lo rápido que se puede esfumar el capital político a medida que disminuye la confianza de la gente. El último en caer ha sido Starmer en el Reino Unido esta semana, aunque su Gobierno seguirá adelante sin él. La diferencia clave es que Sánchez ha desafiado repetidamente esas tendencias, y su carrera se ha caracterizado por salir adelante en situaciones que parecían insuperables.

Por eso, sería prematuro predecir la salida inminente de Sánchez.

Sin embargo, tampoco sería muy sensato subestimar la magnitud del reto al que se enfrenta ahora mismo.

La cuestión central a la que se enfrenta España ya no es si existe corrupción. A estas alturas, casi no hay duda de que se han cometido graves irregularidades en círculos muy cercanos al poder político. Tampoco es la cuestión principal si saldrán a la luz más revelaciones, ya que es muy probable que así sea. En cambio, lo que realmente importa es si la legitimidad del Gobierno podrá resistir un proceso que ya ha salpicado a ministros, altos cargos del partido y personas del círculo más cercano al presidente del Gobierno.

Sánchez Delenda Est

Pedro Sánchez lleva casi una década demostrando que es una de las figuras políticas más resistentes de Europa. Los próximos meses podrían decidir si es capaz de aguantar el juicio al que ahora se le somete, no por parte de sus oponentes parlamentarios ni de los medios críticos —aunque ellos también serán juzgados por cómo respondan a esta corrupción tan escandalosa—, sino por parte de las instituciones del Estado español.

Caton el Viejo terminaba todos sus discursos en el Senado romano, sin importar el tema, con la misma exigencia: «Carthago delenda est», que significa «Cartago debe ser destruida». Se daba cuenta de que ciertas amenazas para la república eran tan fundamentales que había que seguir recordándolas hasta que se resolvieran. Cada vez más, se puede plantear un argumento similar respecto a la influencia del Gobierno de Sánchez en la vida política española. Esta perspectiva no se basa en la hostilidad partidista, sino más bien en las pruebas que se van acumulando en los tribunales españoles y ante sus jueces, lo que sugiere un esfuerzo sistemático por subordinar las instituciones democráticas a la voluntad de quienes están en el poder.

Si estas instituciones siguen cumpliendo con sus responsabilidades, como lo han hecho hasta ahora, puede que la historia acabe determinando que el mayor logro de esta crisis no fue solo sacar a la luz la corrupción, sino demostrar que la democracia española sigue siendo más resistente que aquellos que intentaron socavarla.

España se merece algo mejor.