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La tradición finlandesa de libertad

Cultura - febrero 14, 2026

En estos tiempos turbulentos, los países nórdicos, entre ellos Finlandia, destacan como ejemplos de libertad, prosperidad y estabilidad. Pensemos en Finlandia, país que, como islandés, admiro desde hace mucho tiempo. Allí, los juzgados suelen estar adornados con reproducciones de un famoso cuadro (arriba) de Albert Edelfelt. Representa una escena del poema épico de Johan Ludvig Runeberg Las Canciones del Alférez Stål, ambientada durante la guerra de 1808-1809 entre Rusia y el Reino de Suecia, que en aquella época abarcaba Finlandia. El comandante de las victoriosas fuerzas rusas, el conde von Buxhoevden, exige a un gobernador local de Finlandia, Olof Wibelius, que confisque los bienes de los desafiantes oficiales suecos. El gobernador, con la mano en el libro de leyes sueco-finlandés de 1734, se niega, ya que hacerlo violaría la ley. Finalmente, el general ruso cede. Aunque el poeta y el pintor se tomaron algunas libertades con lo que realmente ocurrió (el general ruso y el gobernador finlandés mantuvieron correspondencia, pero no se conocieron en persona), la escena ilustra la fuerte tradición de libertad ante la ley, común a todos los países nórdicos. Esta tradición había sido articulada en 1765 por el pastor finlandés Anders Chydenius en varios panfletos notables, anticipándose tanto a Adam Smith sobre la libertad económica como a John Stuart Mill sobre la libertad de prensa.

Finlandia, pionera de la democracia

Aunque Finlandia quedó bajo dominio ruso después de 1809, como Gran Ducado del Zar, siguió siendo un país nórdico, que apreciaba su herencia común con Suecia. Al principio, el zar le permitió conservar su derecho, sus dos lenguas, el finlandés y el sueco, y su Dieta de los Cuatro Estamentos, de la nobleza, el clero, los burgueses y los campesinos. A finales del siglo XIX, sin embargo, el zar inició una campaña de rusificación. Tuvo que retirarse tras la derrota rusa en la guerra de 1904-1905 contra Japón, y en 1905, el líder de la resistencia pasiva a la rusificación, Leo Mechelin, se convirtió en primer ministro. Como profesor de Derecho en la Universidad de Helsinki, Mechelin había defendido que Finlandia era un Estado independiente, no una provincia rusa con un estatuto especial. Como primer ministro, introdujo el sufragio general, restringido sólo por edad, no por sexo ni por ingresos. De hecho, Finlandia fue el primer país europeo en extender el voto a las mujeres.

Cuatro guerras contra el totalitarismo

A finales de 1917, tras la Revolución bolchevique en Rusia, Finlandia declaró su independencia. Se adoptó una constitución liberal, redactada por el académico conservador-liberal Kaarlo Ståhlberg, que se convirtió en el primer presidente del país. Pero posteriormente, Finlandia tuvo que defenderse cuatro veces de los totalitarios, primero contra una rebelión socialista en 1918, luego contra Rusia en 1939-1940 (la Guerra de Invierno), y en 1941-1944 (la Guerra de Continuación), y finalmente contra los nazis alemanes en 1944 (la Guerra de Laponia). En las cuatro guerras, las fuerzas militares finlandesas estuvieron hábilmente dirigidas por el barón Carl Gustaf Mannerheim, que se convirtió merecidamente en un héroe nacional. En su última Orden del Día en la Guerra de Invierno, el 14 de marzo de 1940, Mannerheim declaró que los finlandeses estaban orgullosos de haber defendido la civilización occidental. Refiriéndose a un poema de Zacharias Topelius sobre la deuda que los finlandeses tenían con la cultura sueca, añadió que ahora habían pagado esa deuda en su totalidad.

Un puesto avanzado de la civilización occidental

La idea de Finlandia como un puesto avanzado de la civilización occidental también se expresó en un conocido poema de Uuno Kailas:

La frontera se abre como un abismo.
Delante de mí Asia, el Este,
Detrás de mí Europa, el Oeste
que yo, el centinela, vigilo.

Mannerheim era la encarnación de dos rasgos típicamente finlandeses: el valor de luchar cuando es inevitable y la voluntad de transigir cuando es necesario. Necesitaba el primer rasgo para su heroica actuación en la Guerra de Invierno, cuando los finlandeses prestaron a los demás países nórdicos el mismo servicio que los británicos prestaron a Europa en la Segunda Guerra Mundial, plantando cara al totalitarismo. Luego, Mannerheim fue presidente de Finlandia en 1944-1946, cuando su nación, en una situación precaria, necesitaba sin duda el segundo rasgo, la voluntad de compromiso. Mannerheim no era un erudito, pero, curiosamente, en sus memorias, invocó el ejemplo de Suiza como país bien gobernado, entre otras cosas, me atrevería a sugerir, porque los suizos afrontaron con éxito el mismo problema que los finlandeses: la nación hablaba más de una lengua. Pero en los 108 años transcurridos desde su independencia, los finlandeses han demostrado ampliamente que son una nación nórdica.