Oreshnik y el retorno de la coacción con misiles contra Europa

Política - 6 de junio de 2026

Durante años, Europa se convenció a sí misma de que la confrontación de misiles a gran escala pertenecía a otro siglo. El continente hablaba el lenguaje del poder regulador, la interdependencia económica, las transiciones ecológicas y la estabilidad posterior a la Guerra Fría, mientras que la disuasión estratégica se convirtió gradualmente en una preocupación secundaria delegada en gran medida en las estructuras de la OTAN y las garantías estadounidenses. La guerra de Ucrania ha hecho añicos muchos de esos supuestos. La noticia de que Rusia ha vuelto a desplegar el misil balístico de alcance intermedio «Oreshnik» supone un paso más en esa transformación.

No se trata simplemente de otra escalada en la dinámica del campo de batalla entre Moscú y Kiev. Es una señal estratégica dirigida a la propia Europa.

Según informes citados por Euronews, el presidente ucraniano, Volodymyr Zelenskyy, declaró que Rusia volvió a utilizar el misil Oreshnik en la región de Kiev durante un asalto a gran escala en el que participaron decenas de misiles y cientos de aviones no tripulados. Moscú confirmó posteriormente el ataque, describiéndolo como una represalia por supuestos ataques ucranianos contra objetivos civiles.

La importancia militar del sistema Oreshnik es considerable. Los funcionarios rusos lo describen como un misil balístico de alcance intermedio capaz de alcanzar objetivos situados a una distancia de entre 3.000 y 5.500 kilómetros. Si es preciso, ese alcance pone efectivamente a la mayor parte de Europa a su alcance. Y lo que es más importante, se cree que el misil tiene capacidad nuclear.

Ese hecho cambia la ecuación psicológica de la guerra.

Europa ya no se enfrenta exclusivamente a un conflicto regional convencional en su frontera oriental. Se enfrenta cada vez más al retorno de la coerción estratégica mediante el poder de los misiles de largo alcance, la misma lógica que dominó las décadas más peligrosas de la Guerra Fría. El Kremlin comprende perfectamente que el valor militar de esos sistemas va más allá de su uso cinético. Su verdadero poder reside en la incertidumbre, la intimidación y la presión política.

Cuando un Estado despliega un misil balístico de alcance intermedio con capacidad nuclear durante una guerra en curso en Europa, no sólo está atacando infraestructuras militares. Está configurando el imaginario estratégico de todo un continente.

Esto explica las inusualmente fuertes reacciones europeas. Según informes, el canciller alemán Friedrich Merz calificó el ataque de «escalada temeraria», mientras que el presidente francés Emmanuel Macron caracterizó el uso del misil como una prueba tanto del estancamiento de los esfuerzos bélicos de Rusia como de una peligrosa expansión del conflicto. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, afirmó que los ataques demostraban la «brutalidad y el desprecio del Kremlin tanto por la vida humana como por las negociaciones de paz». El jefe de política exterior de la UE, Kaja Kallas, fue aún más lejos, describiendo el despliegue como «temeraria política nuclear de riesgo».

Este lenguaje es importante porque revela una conciencia creciente dentro de los círculos dirigentes europeos: el continente está entrando en una nueva era de misiles.

Durante décadas, Europa se benefició de un entorno estratégico conformado por tratados, previsibilidad y la suposición de que los umbrales de escalada se mantendrían estables. Pero muchos de esos marcos se han erosionado. El colapso del Tratado INF ya eliminó uno de los pilares clave que limitaban el despliegue de misiles de alcance intermedio. La guerra de Ucrania aceleró la militarización del flanco oriental de Europa. La aparición de sistemas como el Oreshnik introduce ahora otro factor desestabilizador: la fusión de la guerra convencional, la ambigüedad nuclear y la disuasión de la era hipersónica.

Aquí es precisamente donde la perspectiva estratégica conservadora adquiere relevancia.

Los conservadores europeos llevan mucho tiempo sosteniendo que la paz no puede sobrevivir sin una disuasión creíble. La estabilidad no se mantiene sólo con declaraciones, sino con capacidad militar, resistencia industrial y seriedad política. El episodio de Oreshnik refuerza este argumento de forma espectacular.

El problema al que se enfrenta hoy Europa no es simplemente la falta de armas. Es la consecuencia acumulada de décadas en las que la defensa se degradó políticamente mientras se normalizaba la dependencia. Muchos estados europeos redujeron el gasto militar bajo el supuesto de que los conflictos interestatales a gran escala en el continente se habían vuelto estructuralmente imposibles. Se descuidaron las industrias estratégicas. Los sistemas de defensa aérea no se modernizaron lo suficiente. La producción de municiones disminuyó. Aumentó la dependencia energética de las potencias autoritarias. Clases políticas enteras abrazaron la ilusión de que la integración económica por sí sola podía neutralizar permanentemente la rivalidad geopolítica.

Ucrania destruyó esa ilusión. Oreshnik profundiza su derrumbe.

El ataque denunciado demostró una vez más la escala del enfoque ruso de armas combinadas: misiles balísticos, misiles de crucero y cientos de drones utilizados simultáneamente para saturar los sistemas defensivos. Según los informes, incluso infraestructuras y zonas urbanas fuertemente protegidas sufrieron daños, incluidas instalaciones vinculadas a la emisora pública alemana ARD en Kiev.

Esto importa estratégicamente porque la actual arquitectura de defensa aérea y antimisiles de Europa sigue estando fragmentada y siendo desigual. Algunos países poseen capacidades avanzadas; otros permanecen peligrosamente expuestos. Un continente construido en torno a sociedades abiertas, densas infraestructuras y economías altamente urbanizadas es intrínsecamente vulnerable a los ataques de precisión de largo alcance.

En términos prácticos, la cuestión de Oreshnik obliga a Europa a enfrentarse simultáneamente a varias realidades incómodas.

En primer lugar, la defensa antimisiles ya no puede tratarse como una capacidad de nicho. Debe convertirse en una prioridad continental. Las redes de defensa aérea, los sistemas antibalísticos, la integración de radares y las capacidades de interceptación de respuesta rápida ya no son inversiones opcionales para el futuro, sino necesidades estratégicas inmediatas.

En segundo lugar, la base industrial de defensa de Europa requiere una reconstrucción a escala. La autonomía estratégica no puede existir sin capacidad de producción. Un continente incapaz de fabricar suficientes misiles, interceptores, drones y sistemas de guerra electrónica no puede disuadir de forma creíble a sus adversarios.

En tercer lugar, el apoyo a Ucrania está cada vez más directamente vinculado a la propia arquitectura de seguridad de Europa. No se trata simplemente de una cuestión humanitaria o ideológica. Desde un punto de vista estratégico duro, Ucrania funciona actualmente como la línea de vanguardia de la defensa continental europea contra el revisionismo militar ruso. Cada lección aprendida en los campos de batalla ucranianos en materia de interceptación de misiles, guerra con drones y guerra electrónica tiene implicaciones directas para la planificación de la seguridad de la OTAN y la UE.

En cuarto lugar, la amenaza de los misiles refuerza la necesidad de cohesión política entre los aliados europeos. La doctrina estratégica de Moscú se ha basado siempre en explotar la indecisión, la fragmentación y el miedo dentro de las democracias occidentales. Los sistemas de alcance intermedio como el Oreshnik son valiosos no sólo por su capacidad destructiva, sino porque pueden intensificar las divisiones políticas dentro de la propia Europa. Las diferentes percepciones de las amenazas entre Europa Oriental y Occidental, las disputas sobre el gasto militar, los desacuerdos sobre los riesgos de escalada… todo ello se convierte en puntos de presión.

Por eso la respuesta conservadora no puede consistir simplemente en alarmismo retórico. Requiere madurez estratégica.

Europa no necesita pánico. Necesita disuasión.

Eso significa reconstruir la credibilidad militar evitando al mismo tiempo el aventurerismo imprudente. Significa reforzar la OTAN sin abandonar la importancia de la soberanía nacional y las capacidades de defensa nacional. Significa comprender que la diplomacia sin poder duro se vuelve frágil ante actores revisionistas dispuestos a escalar coercitivamente.

La aparición de sistemas como el Oreshnik también puede acelerar los propios programas europeos de desarrollo de misiles e hipersónicos. Varios Estados europeos ya están aumentando sus inversiones en tecnologías de ataque e interceptación de nueva generación. En términos estratégicos, la lógica es inevitable: cuando los adversarios adquieren sistemas más rápidos, de mayor alcance y más difíciles de interceptar, la disuasión requiere una adaptación simétrica.

Esto conlleva enormes consecuencias para el futuro de la política de seguridad europea.

El modelo europeo posterior a la Guerra Fría se construyó sobre el supuesto de que la integración económica y los marcos institucionales podrían marginar progresivamente la dura competencia militar. Esa era está llegando a su fin. El retorno de la coerción de los misiles significa que el continente está volviendo a entrar en una condición histórica que muchos europeos creían que había desaparecido definitivamente: una condición en la que la geografía, la capacidad militar y la vulnerabilidad estratégica vuelven a definir la realidad política.

Los conservadores de toda Europa llevan años advirtiendo que la historia no había terminado, que la soberanía seguía importando y que las civilizaciones incapaces de defenderse acaban por depender de otros para su seguridad. El episodio de Oreshnik no se limita a confirmar esas advertencias. Demuestra lo rápido que puede volver la realidad estratégica cuando se erosiona la disuasión.

Europa se enfrenta ahora a una cuestión definitoria.

¿Seguirá comportándose como un bloque económico posthistórico, o aceptará por fin las responsabilidades de ser una potencia geopolítica capaz de defender su civilización, sus infraestructuras y a sus ciudadanos en un mundo cada vez más peligroso?

La respuesta dará forma al continente mucho más allá de Ucrania.