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El Ártico y Groenlandia: Cuando la realidad estratégica contradice las ilusiones europeas

Nuestro futuro con la OTAN - enero 10, 2026

Durante más de una década, la Unión Europea ha abordado el Ártico principalmente a través de una lente reguladora: un espacio para la cooperación gestionada, un laboratorio climático, un área de gobernanza multilateral que hay que administrar en lugar de asegurar.
No se trataba de ingenuidad, sino de la expresión coherente de una cultura política formada tras la Segunda Guerra Mundial, basada en la creencia de que la fuerza podía sustituirse progresivamente por normas, procedimientos e interdependencia.

Hoy en día, ese enfoque está mostrando claros límites. No porque los valores europeos hayan fracasado, sino porque el entorno estratégico mundial ha evolucionado más rápidamente que la capacidad de Europa para ajustar sus supuestos estratégicos. El Ártico es ahora una de las regiones en las que la brecha entre la representación normativa y la realidad estratégica es cada vez más difícil de sostener.

Groenlandia como eje del Ártico occidental

Un reciente reportaje en profundidad de POLITICO ha vuelto a llamar la atención sobre una cuestión tratada durante mucho tiempo como secundaria en el debate europeo: el papel de Groenlandia dentro de la arquitectura occidental de comunicaciones y capacidades basadas en el espacio.
Bruselas está reforzando su presencia en la isla para proteger la infraestructura de satélites, cada vez más expuesta a interferencias, sabotajes y amenazas híbridas.

Sin embargo, la cuestión no es técnica. Es estratégica.

Las comunicaciones por satélite sustentan la seguridad europea contemporánea: la planificación de la defensa, la recopilación de inteligencia, la navegación militar y la resistencia de las infraestructuras críticas. Por razones geográficas, el Ártico es un nodo inevitable dentro de esta arquitectura.
En este contexto, Groenlandia no es una periferia remota, sino un elemento central en la seguridad del Ártico Occidental.

Reconocer esta realidad no equivale a «militarizar» Europa. Simplemente reconoce que Europa ya está inmersa en un entorno estratégico disputado, aunque prefiera describir ese entorno en términos neutrales o administrativos.

La competencia de poder y la ambigüedad estratégica de Europa

La renovada centralidad del Ártico refleja un cambio más amplio: el retorno de la competición de poder como característica estructural del sistema internacional.
Rusia ha invertido sistemáticamente en la región, integrándola en su postura militar y en su cálculo estratégico más amplio. China, pese a no ser un Estado ártico, ha incorporado progresivamente el Alto Norte a su alcance económico, tecnológico y de infraestructuras.

Ante esta dinámica, la Unión Europea ha adoptado a menudo una postura ambivalente. Ha demostrado ser consciente de la evolución del entorno, pero le ha costado traducir esa conciencia en una postura estratégica coherente. El obstáculo no ha sido la capacidad analítica, sino la resistencia política, cultural e institucional a tratar la seguridad, la disuasión y el poder como componentes integrales del proyecto europeo.

Ésta es la contradicción central: la UE no se equivocó al confiar en las normas. Se equivocó al suponer que las normas por sí solas podrían perdurar sin un marco de seguridad creíble que las sustentara.

Trump, Groenlandia y la prueba de resistencia europea

Las declaraciones de Donald Trump sobre Groenlandia deben leerse en este contexto.
Cuando el presidente estadounidense argumenta -como informó la BBC- que Estados Unidos «necesita a Groenlandia» por razones de seguridad nacional, las reacciones europeas se centran instintivamente en principios jurídicos y fronteras simbólicas.

Estas reacciones son comprensibles, pero incompletas.

Los métodos de Trump no ofrecen ningún modelo para Europa. El unilateralismo, la coerción diplomática y la lógica transaccional son incompatibles con la forma europea de conducir las relaciones internacionales. Sin embargo, desestimar sus comentarios como una mera provocación sería igualmente erróneo.

Lo que hacen esas declaraciones, intencionadamente o no, es exponer una cuestión que Europa ha preferido mantener al margen durante mucho tiempo: la centralidad estratégica del Ártico para la seguridad occidental, y el papel concreto de Groenlandia en ese marco. En este sentido, el episodio funciona menos como una prueba de la alianza transatlántica que como una prueba de la capacidad de Europa para articular una visión estratégica propia madura.

La OTAN y la responsabilidad europea

Una vez que el debate sobre el Ártico se enmarca en términos de responsabilidad y no de simbolismo, hay una conclusión difícil de evitar: la dimensión atlántica sigue siendo indispensable.
Como señala el Corriere della Sera, la reciente postura de Italia sobre Groenlandia identifica a la OTAN como el marco adecuado para abordar la seguridad del Ártico, respetando plenamente la soberanía danesa.

No se trata de subordinación, sino de realismo estratégico.
La OTAN no sustituye a Europa, sino que hace posible su seguridad. Y sin seguridad, ninguna ambición europea -industrial, medioambiental o política- puede sostenerse en el tiempo.

Durante años, una corriente del pensamiento conservador europeo ha defendido sistemáticamente este punto: fortalecer Europa significa reforzar su credibilidad estratégica dentro de Occidente, no construir nociones abstractas de autonomía desvinculadas de las alianzas existentes.

De la concienciación a la estrategia

Las críticas a la postura europea en el Ártico no proceden de un sentimiento antieuropeo, sino de la necesidad de madurez estratégica. La Unión Europea ha demostrado su capacidad para construir normas, mercados y marcos de cooperación. Ahora debe demostrar igual capacidad para operar en un entorno estratégico competitivo.

El Ártico es un caso de prueba revelador. No permite una ambigüedad prolongada, ni la separación de los valores del poder. Ignorar la dimensión del poder no hace que Europa tenga más principios; la hace menos consecuente.

El lenguaje de Trump fue contundente. Sin embargo, la realidad estratégica subyacente es evidente desde hace tiempo. La cuestión a la que se enfrenta ahora la Unión Europea es si puede convertir la conciencia que tiene desde hace tiempo en una estrategia coherente.
La realidad no espera, pero aún deja margen de elección.