Tres acontecimientos o procesos importantes han marcado la Unión Europea en las últimas décadas. En primer lugar, la adhesión de nuevos Estados ha aumentado la diversidad dentro de sus fronteras, lo que ha agravado las fuentes de tensión. En segundo lugar, Gran Bretaña, con su sólida tradición de libertad y democracia, ha abandonado la UE. En tercer lugar, la UE se enfrenta a dos graves amenazas externas: la agresión rusa, como se ha visto en Georgia y Ucrania, y la inmigración masiva procedente de Oriente Medio y el norte de África. Mientras tanto, la élite que controla la Comisión Europea y el Tribunal de Justicia de la UE ha seguido sin descanso con sus esfuerzos por construir un Estado federal, a pesar de la considerable resistencia. En un libro reciente del teórico político eslovaco Dalibor Rohac se ofrece un análisis detallado de la UE en esta etapa: Governing the EU in an Age of Division (Cheltenham: Edward Elgar, 2022). Escribe desde lo que él llama una perspectiva proeuropea, al tiempo que insiste en que la UE necesita reformas radicales.
¿Gestionar la diversidad o construir una superpotencia?
Rohac distingue entre dos visiones contrapuestas de Europa. Una era la de los liberales conservadores Friedrich von Hayek, Wilhelm Röpke y Luigi Einaudi, que imaginaban que los distintos Estados europeos asignaran ciertas tareas a una autoridad federal, limitándolas al mínimo necesario para el libre comercio y la seguridad jurídica. Esta visión, señala Rohac, la compartían en gran medida los personalistas católicos. La visión rival era la del tecnócrata Jean Monnet, que quería una Europa unida con amplios poderes, que se formara poco a poco. Para los liberales conservadores y los personalistas, la UE debía ser una plataforma necesariamente imperfecta para gestionar las relaciones entre los países europeos y aprovechar los beneficios de la cooperación y el comercio; un entramado de instituciones, normas y relaciones que unieran y limitaran a los gobiernos nacionales. En cambio, para los tecnócratas, la UE consistía en construir una superpotencia; era un esfuerzo, como dice Rohac, por ampliar el Estado-nación a escala europea. Sin embargo, Europa es demasiado diversa para que este proyecto tenga éxito, argumenta, aunque esto es precisamente lo que la élite que controla las instituciones de la UE en Bruselas y Estrasburgo persigue activamente: una unión cada vez más estrecha.
Fuentes de conflicto
Una fuente de conflicto es el intento de la UE de reducir las desigualdades de ingresos entre los países europeos, no a través de la competencia y el comercio, sino mediante la redistribución de los países más ricos a los más pobres. La oportunidad hace al ladrón: los fondos de la UE los reciben sobre todo países con infraestructuras débiles, una conciencia cívica limitada y élites sin escrúpulos, y tienden a reforzar la corrupción persistente en esos países. Otra fuente de conflicto es que la UE intenta imponer valores supuestamente «europeos» a países con principios morales muy diferentes, como en temas como el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo, el discurso de odio y el control de la inmigración. El principio de subsidiariedad —según el cual las decisiones deben tomarlas quienes se ven directamente afectados, en la mayor medida posible— se supone que, en teoría, se debe respetar en la UE, pero Rohac señala que, en la práctica, se ignora casi por completo. También destaca que el nacionalismo ha resultado mucho más resistente de lo que esperaban los fundadores de la UE. Los Estados-nación de Europa no van a desaparecer de la historia a corto plazo, comenta acertadamente.
La UE: ¿un proyecto o una plataforma?
Rohac contrapone dos concepciones de la sociedad humana: por un lado, como un orden complicado y difícil de manejar que, inevitablemente, se queda corto respecto a los ideales morales; y, por otro, como un proyecto común destinado a la mejora social. Rechaza la UE como proyecto, en lugar de como plataforma. En la misma línea, Rohac critica lo que él llama «moralismo liberal», ese intento de rehacer el mundo según ideales inventados en seminarios universitarios. El moralismo liberal, sugiere, no solo está abocado al fracaso, sino que además provoca una reacción de los populistas de derechas. Para que la UE tenga éxito, tiene que volver a desempeñar un papel mucho más modesto, básicamente el que imaginaron Hayek, Röpke y Einaudi. Rohac sostiene que la disyuntiva entre una mayor centralización de la UE y la repatriación de competencias a los Estados individuales es falsa: lo que importa es reconocer la diversidad, el desacuerdo y la división, y fomentar el desarrollo de instituciones que permitan la coexistencia pacífica de los Estados y las comunidades europeas. Describe su ideal de una Europa policéntrica, donde los ciudadanos podrían pertenecer no solo a cada Estado y a la UE, sino también a diversas comunidades y asociaciones, tanto dentro como más allá de las fronteras, mientras que los distintos Estados también podrían formar comunidades y alianzas dentro de la UE.