Hay una Europa que está envejeciendo. Lo vemos en las estadísticas, en las previsiones demográficas, en los presupuestos de pensiones. Pero hay algo más que deberíamos aprender a ver: lo que las personas mayores siguen aportando a la sociedad europea.
Porque una persona mayor no es simplemente alguien que cobra una pensión, usa los servicios sanitarios o necesita ayuda. A menudo también es alguien que mantiene a su familia, cuida de sus nietos, echa una mano a sus hijos, consume, viaja, contrata servicios y sigue participando en la vida económica y social, aunque sea de formas distintas al empleo tradicional.
Son una parte de la riqueza de Europa que, en gran medida, sigue pasando desapercibida.
Piensa en una situación cotidiana. Los dos padres trabajan. Hay que llevar a los niños al colegio, alguien tiene que preparar la comida, llevarlos al entrenamiento y cuidar de ellos cuando están enfermos. A menudo, ese alguien es un abuelo o una abuela. No cobran un sueldo, no envían facturas ni aparecen en las estadísticas de productividad. Y, sin embargo, su trabajo permite que los padres trabajen, reduce los gastos familiares y contribuye de forma concreta a la estabilidad de la familia.
Según Eurofound, alrededor del 45 % de la población de la Unión Europea presta algún tipo de cuidado no remunerado. Y en los países donde la familia sigue teniendo un papel más central, la contribución de los abuelos puede ser aún más importante: en Italia, Grecia y Chipre, por ejemplo, los abuelos participan en el cuidado de más de una cuarta parte de los niños de entre uno y dos años durante al menos diez horas a la semana.
Esto es economía, aunque no lo llamemos así.
De hecho, hay una enorme cantidad de trabajo que mantiene unidas a las familias sin pasar por el mercado. En esta economía informal, las personas mayores ocupan un lugar decisivo: ayudan a criar a los niños, dan apoyo económico a sus hijos y, cuando pueden, transfieren recursos a la siguiente generación.
Incluso las pensiones, que a menudo se describen exclusivamente como una partida de gasto público, son ingresos que vuelven a la economía: se gastan en tiendas, restaurantes, transporte, actividades culturales, viajes y servicios.
La Comisión Europea estima actualmente que la «economía plateada» europea ronda los 5,7 billones de euros, tras un crecimiento de aproximadamente un 5 % anual entre 2015 y 2025. Se trata de un mercado que abarca la sanidad, el turismo, el transporte, la alimentación, la tecnología, la educación y los servicios personales.
Pero reducirlo todo al consumo sería otro error.
El valor de las personas mayores es, sobre todo, relacional. En muchas familias, son ellas las que aportan un punto de estabilidad cuando la vida de sus hijos se vuelve más incierta. Ofrecen tiempo cuando el tiempo escasea, experiencia cuando las decisiones son difíciles y su presencia cuando las distancias se hacen pesadas.
Y, sobre todo, transmiten.
Una familia no transmite sus valores solo a través de la educación formal. Los transmite mediante gestos recurrentes, historias, hábitos y responsabilidades cotidianas. Un niño que crece junto a un abuelo puede aprender, casi sin darse cuenta, a través de anécdotas, refranes y canciones infantiles, lo que significa el trabajo, el sacrificio, cumplir la palabra dada, cuidar de los demás y respetar la propia historia.
En este sentido, las personas mayores son mecanismos vivos de transmisión intergeneracional.
No solo transmiten recuerdos. Transmiten principios y formas de ver el mundo.
Y es precisamente esta función la que corremos el riesgo de perder cuando consideramos la vejez simplemente como una etapa de creciente dependencia.
Por supuesto, hablar del valor de las personas mayores no significa ignorar la enfermedad, la soledad o la dependencia. Significa, sin embargo, rechazar la idea de que la vejez sea sinónimo de pasividad.
Un hombre o una mujer no dejan de contribuir a la sociedad el día que dejan de trabajar. Su contribución simplemente adopta una forma diferente.
Por eso, Europa debería fomentar no solo una vejez más larga, sino también una vejez más activa, independiente y al día.
Una persona mayor que sigue aprendiendo es una persona mayor que sigue participando.
La cultura del aprendizaje permanente debería convertirse en una parte natural de las políticas sobre el envejecimiento: cursos, universidades de la tercera edad, competencias digitales, idiomas, cultura, nuevas tecnologías y formación profesional para quienes quieran seguir trabajando. No se trata de obligar a las personas mayores a seguir siendo productivas a toda costa, sino de darles la oportunidad de seguir siendo curiosas, independientes y estar al día.
La Comisión Europea considera que el aprendizaje permanente y la adquisición de nuevas competencias son herramientas importantes para mantener a las personas mayores activas en el mercado laboral y en la sociedad, junto con su inclusión digital.
Esto supone un cambio cultural importante. Durante demasiado tiempo, nos hemos imaginado la vida como una secuencia rígida: primero estudias, luego trabajas y, por último, te jubilas. Pero el aumento de la esperanza de vida hace que esta división en compartimentos estancos resulte cada vez menos convincente.
Se puede seguir aprendiendo después de los sesenta. Se puede seguir viajando, trabajando, enseñando, participando, entablando relaciones e incluso adquiriendo habilidades totalmente nuevas.
La longevidad, pues, no debería limitarse a añadir años a la vida. Debería añadir vida a esos años.
Esta perspectiva cobra especial importancia en una Europa que se enfrenta a una crisis demográfica. A medida que bajan las natalidades y la población en edad de trabajar se va reduciendo poco a poco, las redes familiares cobran más valor y, al mismo tiempo, se vuelven más frágiles. Familias más pequeñas, hijos que viven lejos de casa, ambos padres trabajando: todo esto hace que la solidaridad espontánea que antes se daba por sentada sea cada vez más difícil.
En este contexto, la solidaridad familiar no es un vestigio del pasado. Es un recurso para el futuro.
Y aquí es donde la cuestión de las personas mayores adquiere una dimensión claramente conservadora.
Una visión conservadora de la sociedad no debería limitarse a preguntarse cuánto cuesta mantener a una población que envejece. También debería preguntarse cuánto valor aporta una generación mayor cuando sigue integrada en la familia, la comunidad y la economía.
Porque conservar no significa simplemente defender lo que pertenece al pasado. Significa reconocer el valor de las instituciones y los lazos que han demostrado su capacidad para mantener unida a una sociedad.
La familia es una de esas instituciones. La reciprocidad entre generaciones es una de esas formas de solidaridad. La transmisión de la experiencia es una de esas formas de riqueza.
Durante siglos, la vida social se ha basado en una idea muy sencilla: recibir algo de la generación anterior, construir algo durante tu propia vida y dejar algo a la siguiente generación. La modernidad ha hecho que esta cadena sea más compleja, pero no la ha hecho menos necesaria.
Al contrario, en una sociedad demográficamente frágil, romperla puede resultar peligroso.
Las personas mayores, pues, no son simplemente aquellas que necesitan que los jóvenes les echen una mano. También son, muy a menudo, quienes echan una mano a los jóvenes. No son solo destinatarios de la solidaridad: también son sus protagonistas.
Su aportación es económica, pero también educativa, emocional y cultural. Conservan las historias familiares, las tradiciones, las habilidades y los recuerdos. Y si se mantienen activos, curiosos y abiertos al cambio, pueden transmitir el pasado sin quedarse atrapados en él.
Europa necesita más jóvenes, más niños y familias que puedan permitirse tener hijos. Pero precisamente porque se enfrenta a este reto, no puede permitirse considerar la longevidad únicamente como un problema.
Tiene que darse cuenta de la riqueza que ya tiene.
Millones de hombres y mujeres que, tras toda una vida de trabajo, siguen viajando, consumiendo, ayudando, cuidando de los demás, aprendiendo, transmitiendo recuerdos y manteniendo unidas a sus familias.
Una riqueza que no siempre aparece en los balances. te cuento
Trabajo no remunerado.
Una presencia que no sale en las noticias.
Y, sin embargo, sin esas presencias, muchas familias europeas se darían cuenta de lo frágil que es en realidad la sociedad que hemos construido.
Las personas mayores no están al margen de la Europa del futuro. Son parte de sus cimientos: guardianas de la memoria, pilares del presente y, cuando siguen activas y abiertas al mundo, compañeras en el camino hacia el futuro.