Antifa se une a Maranza: la nueva coalición del caos en Italia

Sin categorizar - 20 de octubre de 2026

Italia quería imitar a Francia. Y, al menos durante unos días, parece que lo ha conseguido. Barricadas, escaparates destrozados, piedras lanzadas contra los policías, jóvenes encapuchados y ciudades convertidas en campos de batalla. Desde Milán hasta Turín, pasando por Bolonia, las manifestaciones de estos últimos días han mostrado una nueva cara de la protesta en Italia. Una cara que, si la miras más de cerca, tiene cada vez menos que ver con las reivindicaciones de los estudiantes.

Todo empezó el viernes 16 de octubre, con el llamado «Día sin Meloni». Hubo manifestaciones por toda Italia, con consignas contra el gobierno de Giorgia Meloni. Pero la magnitud de la movilización merece un análisis más detallado. En Roma, la policía calculó que participaron algo más de 5.000 personas, una cifra muy por debajo de la que afirmaban los organizadores. En Mestre, la policía local contó solo 200 manifestantes, mientras que en Cagliari salieron a la calle unos 1.000. Las protestas llegaron sin duda a numerosas ciudades, pero estas cifras no indican precisamente un levantamiento masivo en el que participaran los millones de estudiantes de Italia. La reivindicación oficial era clara: más inversión en educación, menos dinero para armas. Pero si te fijas bien en las pancartas y escuchas los cánticos, te das cuenta de lo rápido que una protesta que se suponía que era sobre educación se había convertido en una movilización política mucho más amplia.

En Roma se quemaron banderas estadounidenses e israelíes. En Turín, se vandalizaron fotos de Meloni y otras figuras políticas, mientras que algunos manifestantes lanzaron piedras y botellas a los agentes de seguridad. Entre las principales organizaciones estaban OSA y Cambiare Rotta, grupos de la izquierda estudiantil radical, que convirtieron la oposición a las políticas educativas del Gobierno en un ataque más amplio contra la propia Administración.

Hasta aquí, nada especialmente nuevo. Italia está muy acostumbrada a los colectivos radicales, las ocupaciones de colegios y las manifestaciones antifascistas. Pero lo que pasó en las siguientes cuarenta y ocho horas cuenta una historia diferente.

El sábado 17 de octubre, durante las manifestaciones conocidas como «Italia in Piazza» (Italia sale a la calle), se produjeron actos violentos sobre todo en Milán, Bolonia y Turín. Según las cifras que ha dado a conocer la policía, se manifestaron unas 5.000 personas en Milán, 3.000 en Turín y 2.000 en Bolonia. Si a eso le sumas las 600 de Brescia y las 800 de Bérgamo, las cinco ciudades registraron un total de unos 11 400 manifestantes. En Milán, una marcha contra el aumento del coste de la vida se convirtió en una auténtica batalla urbana. Cientos de manifestantes muy jóvenes, muchos con el rostro cubierto, se enfrentaron a la policía. El domingo 18 de octubre, la situación volvió a empeorar: tiendas saqueadas, escaparates destrozados y papeleras en llamas. Según las cifras que dio a conocer la policía al día siguiente, 271 personas fueron llevadas a comisarías y 32 fueron detenidas.

Y aquí es donde se pone de manifiesto el primer gran engaño: no todas las manifestaciones fueron protestas estudiantiles, y no todos los que participaron en los enfrentamientos pertenecían a movimientos políticos tradicionales. En Milán, sobre todo, surgió una generación de manifestantes muy jóvenes, que a menudo se movilizaban a través de TikTok y Telegram, sin líderes reconocibles ni una identidad política claramente definida.

En los medios italianos se ha hablado de ellos usando un término difícil de traducir: «maranza». Es una expresión coloquial que identifica una subcultura juvenil urbana concreta, relacionada con grupos de jóvenes de las afueras de las ciudades, la ropa deportiva, la jerga callejera y una fuerte presencia en las redes sociales. Los informes también señalaban la participación de numerosos italianos de segunda generación en los enfrentamientos. Por supuesto, ni el origen familiar ni el hecho de pertenecer a una subcultura juvenil determinan un comportamiento violento. Sin embargo, la composición y los métodos de esta nueva ola de protestas representan un fenómeno que merece atención.

Aquí es donde surge una posible convergencia: Antifa y la maranza, la militancia ideológica de la extrema izquierda que se une a la rebelión urbana de la generación TikTok.

Los primeros tienen un enemigo político bien definido: el gobierno conservador. Los segundos suelen tener un objetivo mucho más amplio: la autoridad en sí misma, empezando por la policía. En las imágenes de estos últimos días, estas dos formas de protesta acaban compartiendo las mismas calles y, en algunos casos, incluso las mismas consignas.

La comparación más obvia es Francia, donde los disturbios en los suburbios y la movilización política radical han sido durante mucho tiempo dos fenómenos distintos que pueden solaparse durante las grandes manifestaciones. Italia parece estar enfrentándose ahora a una dinámica similar: a la oposición política organizada se le suma una forma de indignación juvenil menos ideológica y más impredecible, que a menudo se ve amplificada por las redes sociales.

Pero hay un segundo engaño, y este tiene que ver con la educación en sí misma.

Los organizadores del «Día sin Meloni» han acusado al Gobierno de desviar recursos de los colegios. Es una afirmación que hay que contrastar con las cifras.

En 2026, el Gobierno destinó 300 millones de euros al «Piano Estate» (Plan de Verano), para financiar actividades educativas, deportivas y de ocio, incluso durante las vacaciones escolares. Para los cursos 2025-2026 y 2026-2027, también se han destinado 207 millones de euros a la Agenda Sud y 204 millones a la Agenda Nord, programas pensados para reducir las desigualdades educativas y combatir el abandono escolar prematuro. A esto se suman 161 millones de euros para la formación del profesorado y 50,3 millones de euros para el personal administrativo, técnico y auxiliar de los centros educativos, en el marco de un programa nacional cofinanciado con fondos europeos.

En cuanto a las infraestructuras escolares, el Gobierno actual sigue llevando a cabo inversiones en el marco del Plan Nacional de Recuperación y Resiliencia (PNRR) de Italia. El programa destina unos 4.400 millones de euros a mejorar la seguridad y renovar los edificios escolares, más de 1.000 millones a construir nuevos colegios y unos 1.070 millones a ampliar los comedores escolares y la educación a jornada completa. Se trata de fondos europeos programados originalmente durante la legislatura anterior, por lo que no se pueden atribuir por completo al Gobierno de Meloni. No obstante, su ejecución supone una intervención tangible en el sistema educativo.

Según los resultados anunciados por el Gobierno en 2026, estas inversiones han permitido construir 176 colegios nuevos, 1.100 comedores y 360 instalaciones deportivas, además de renovar o mejorar estructuralmente 1.600 edificios escolares. Durante el último año, también se han destinado fondos nacionales adicionales, entre los que se incluyen unos 430 millones de euros para la seguridad contra incendios y otros 114,4 millones de euros para obras de construcción, mantenimiento y rehabilitación antisísmicas.

También se han adoptado medidas importantes en lo que respecta al personal escolar. Para el curso 2026-2027, el Gobierno autorizó 46 642 nombramientos de profesores fijos y la contratación de 12 284 empleados administrativos, técnicos y auxiliares. En noviembre de 2025 también se firmó un acuerdo económico para renovar el convenio colectivo de 2022-2024, que supone un aumento salarial medio mensual de 144 € para los profesores.

Nada de esto quiere decir que los colegios italianos no tengan problemas. Los sueldos siguen siendo relativamente bajos y el gasto público en educación, como porcentaje del PIB, sigue estando por debajo de la media de la OCDE. Pero una cosa es decir que la inversión es insuficiente y otra muy distinta es dar a entender que el Gobierno simplemente ha dejado de lado la educación.

Luego está la cuestión de la integración, que se ha convertido en uno de los principales motivos de las manifestaciones. El nuevo decreto educativo establece, a partir del curso 2027-2028, un límite del 30 % en determinadas clases de primer curso para los alumnos sin nacionalidad italiana que no cumplan unos requisitos específicos relacionados con su lugar de nacimiento o su trayectoria escolar previa. Por lo tanto, no se trata de un límite general para todos los alumnos de origen extranjero. La medida tiene como objetivo fomentar una distribución más equilibrada de los alumnos y reforzar el aprendizaje de la lengua italiana.

Sin duda, es una decisión política que se puede debatir. Pero reducirla a un ataque generalizado contra los extranjeros significa ignorar lo que realmente establece la ley.

Al fin y al cabo, el problema no es que los estudiantes se manifiesten. En una democracia, deben tener libertad para hacerlo, incluso de forma enérgica. El problema surge cuando una reivindicación legítima se convierte en un pretexto para todo tipo de antagonismo político, lo que acaba sirviendo de telón de fondo para actos de violencia.

Y esta es, quizás, la imagen más reveladora de la Italia actual. Por un lado, tenemos un Gobierno cuyas políticas, sin duda, se pueden criticar, pero que ha aprobado y está llevando a cabo inversiones concretas en educación. Por otro, hay un movimiento de protesta que reúne a estudiantes realmente preocupados por su futuro, militantes políticos y nuevos grupos juveniles que parecen encontrar en el enfrentamiento con la policía una forma de hacerse valer.

La izquierda radical busca una revolución política. Los nuevos rebeldes de las afueras de las ciudades a menudo parecen buscar algo menos definido: visibilidad, sentido de pertenencia y un desafío a la autoridad. Son mundos diferentes, y no tienen por qué ser aliados. Sin embargo, pueden acabar alimentando la misma espiral de disturbios.

Este es el reto que Italia debería tomarse en serio. Las protestas estudiantiles son casi tan antiguas como la propia República. Pero la convergencia, aunque solo sea ocasional, entre el antagonismo ideológico y la violencia urbana de una generación que ha crecido con las redes sociales es algo nuevo.

Y las mejores escuelas no se construyen prendiendo fuego a las calles.