Un nuevo informe de la Comisión Europea advierte de que la caída de la natalidad, el rápido envejecimiento de la población y la disminución de la población activa van a cambiar la cara de la Unión Europea durante generaciones, a pesar del aumento de la esperanza de vida y de que siga habiendo inmigración.
La Unión Europea se enfrenta a una de las transformaciones demográficas más importantes de su historia moderna. Según el Tercer Informe sobre el Cambio Demográfico de la Comisión Europea, publicado por el Centro Común de Investigación el 14 de julio, se prevé que la población de la UE alcance su máximo histórico en tan solo unos años, antes de entrar en un declive que durará décadas y que podría alterar de forma radical la economía, el mercado laboral, los sistemas sanitarios y las políticas sociales del continente.
El informe prevé que la población de la UE, que ahora mismo se estima en 450,6 millones de personas, subirá un poco hasta los 453,3 millones en 2029, lo que supondrá el nivel más alto jamás registrado. A partir de ahí, sin embargo, la tendencia se invierte. Para 2050, se espera que la población de la Unión baje hasta unos 445 millones, antes de seguir descendiendo hasta aproximadamente 398,8 millones a finales de siglo —un descenso de casi 50 millones de personas, o más o menos un 11,7 %—, lo que devolverá a la población europea a los niveles que se veían por última vez en los años 70.
Aunque el cambio demográfico lleva décadas produciéndose poco a poco, las nuevas previsiones ponen de relieve que en las próximas décadas se acelerarán dos tendencias paralelas: los europeos viven más tiempo que nunca, mientras que nacen muchos menos niños.
Una de las conclusiones más alentadoras del informe tiene que ver con la esperanza de vida. Durante el último siglo, las mejoras en la asistencia sanitaria, la innovación médica, la educación, la nutrición y el nivel de vida, junto con la reducción de la mortalidad infantil, han aumentado de forma espectacular la longevidad en todo el continente. Desde los años 60, la esperanza de vida ha aumentado unos dos años cada década.
Según las previsiones de la Comisión, la esperanza de vida al nacer —estimada en 81,5 años en 2024 (84,1 años para las mujeres y 78,9 años para los hombres)— seguirá aumentando de forma constante. Para 2100, se espera que las mujeres vivan más de 90 años en todos los Estados miembros de la UE, mientras que se prevé que los hombres alcancen una media de al menos 86 años.
Aunque esto supone uno de los mayores logros de Europa en materia de salud pública, también plantea importantes retos políticos. Para finales de siglo, casi uno de cada tres europeos tendrá 65 años o más, frente a aproximadamente uno de cada cinco en la actualidad. Este drástico envejecimiento de la población ejercerá una presión cada vez mayor sobre los servicios sanitarios, los sistemas de pensiones, los cuidados de larga duración y las finanzas públicas en toda la Unión.
Al mismo tiempo, Europa sigue sufriendo un descenso constante de los nacimientos. El informe muestra que la fertilidad lleva bajando casi sin parar desde la segunda mitad de los años 60. La UE registró su cifra más alta de nacimientos en 1964, cuando nacieron unos 6,8 millones de niños.
Desde entonces, los nacimientos han ido disminuyendo de forma constante, a pesar de algunas recuperaciones temporales. El número anual de nacimientos bajó a 4,36 millones en 2002, se recuperó brevemente hasta los 4,68 millones en 2008 y experimentó ligeros repuntes en 2014, 2016, y 2021, pero al final siguieron con su tendencia a la baja, hasta llegar a solo 3,55 millones de nacimientos en 2024.
La tasa de fertilidad subyacente nos muestra un panorama igual de complicado. Los demógrafos suelen considerar que 2,1 hijos por mujer es el nivel de reemplazo necesario para mantener una población estable sin tener en cuenta la migración. Hoy en día, sin embargo, ningún Estado miembro de la UE alcanza ese umbral.
En toda la Unión, la tasa de fecundidad total subió ligeramente, pasando de 1,43 hijos por mujer en 2001 a 1,57 en 2010, antes de volver a bajar. Tras varias fluctuaciones menores, la fertilidad bajó a 1,46 en 2022 y llegó a solo 1,34 en 2024, uno de los niveles más bajos registrados en Europa.
Aunque la Comisión prevé que las tasas de fecundidad se recuperen ligeramente en las próximas décadas, las previsiones indican que se mantendrán muy por debajo del nivel de reposición a lo largo de todo el siglo, lo que significa que es probable que continúe el descenso natural de la población.
La inmigración, que a menudo se ve como una posible solución a los retos demográficos de Europa, solo contrarrestará parcialmente estas tendencias.
El informe reconoce que se espera que la Unión Europea siga siendo un destino atractivo para los migrantes internacionales. Sin duda, la inmigración continuada ayudará a frenar el ritmo del declive demográfico y a reducir la escasez inmediata de mano de obra. Sin embargo, los investigadores concluyen que la migración por sí sola no puede compensar por completo los efectos estructurales de una fertilidad persistentemente baja y del envejecimiento de la población.
La migración influye sobre todo en el tamaño total de la población, más que en su estructura de edad a largo plazo. Además, los hijos de los migrantes suelen adoptar patrones de fertilidad similares a los de los países en los que se establecen, lo que significa que el impacto demográfico va disminuyendo con el tiempo.
Quizá la consecuencia económica más inmediata sea la reducción de la población activa. Las previsiones de Eurostat citadas en el informe estiman que, entre 2025 y 2050, la Unión Europea perderá una media de 1,2 millones de personas en edad de trabajar cada año —es decir, personas de entre 15 y 64 años—. Sin la inmigración, esa pérdida anual casi se duplicaría hasta alcanzar unos 2,4 millones de personas, lo que pone de manifiesto tanto la importancia como las limitaciones de la inmigración a la hora de hacer frente al declive demográfico.
Estos resultados refuerzan la creciente urgencia de contar con políticas coordinadas de la UE que apoyen a las familias, fomenten una mayor participación en el mercado laboral, promuevan un envejecimiento saludable e impulsen la productividad a través de la innovación y la tecnología. El futuro demográfico de Europa no vendrá determinado por una única solución, sino por una combinación de reformas económicas, inversión social, políticas favorables a la familia y una gestión cuidadosa de la migración.
Ahora que la Unión Europea se acerca a su punto álgido demográfico, los responsables políticos se enfrentan a un reto decisivo: adaptar las instituciones europeas a un futuro en el que menos personas tendrán que mantener a una población más mayor y con una esperanza de vida más larga. Las decisiones que se tomen en las próximas décadas determinarán no solo la competitividad económica del continente, sino también la sostenibilidad del modelo social europeo para las generaciones venideras.