El debate sobre la competitividad de Europa suele centrarse en los precios de la energía, la inteligencia artificial, el comercio y la política industrial. Sin embargo, hay un problema menos visible que está cobrando la misma importancia: las empresas de todo el continente tienen dificultades para encontrar personas con las habilidades que necesitan.
La iniciativa «Union of Skills» de la Comisión Europea plantea el reto sin rodeos. Uno de cada cinco adultos de la UE tiene dificultades para leer y escribir, uno de cada cuatro jóvenes de 15 años tiene un rendimiento por debajo de los niveles básicos en lectura, matemáticas y ciencias, y casi cuatro de cada cinco pequeñas y medianas empresas dicen que no pueden encontrar el talento que necesitan.
Para una economía que quiere ser líder en fabricación avanzada, tecnologías digitales y transición ecológica, esto no es solo un problema de educación. Es un problema de competitividad.
Europa tiene un problema de competencias, no solo de escasez de mano de obra
A menudo se cita el envejecimiento de la población europea como la principal razón por la que las empresas no pueden contratar personal. La demografía es importante, pero la escasez también tiene que ver con la adecuación entre los trabajadores y los puestos de trabajo.
Eurostat informó de que la holgura del mercado laboral representaba el 11,7 % de la población activa ampliada en 2024, lo que equivale a 26,7 millones de personas que estaban en paro, subempleadas o disponibles para trabajar, pero que no participaban plenamente en el mercado laboral.
Esto sugiere que el reto de Europa no es solo encontrar más trabajadores. También consiste en asegurarse de que las personas que ya están en Europa tengan las cualificaciones y las habilidades prácticas que exigen los sectores en constante evolución.
Este desajuste se nota especialmente en sectores como la ingeniería, la construcción, la sanidad, las tecnologías de la información y la fabricación avanzada. Puede que haya empresas con puestos vacantes, mientras que los trabajadores de la misma región tienen dificultades para encontrar un empleo estable. Para cerrar esa brecha, los sistemas educativos tienen que adaptarse más rápido a los cambios económicos.
La formación profesional merece que le echemos un segundo vistazo
Durante demasiado tiempo, la formación profesional se ha considerado a veces una segunda opción frente a la universidad. Esa distinción es cada vez más difícil de justificar.
La industria moderna necesita electricistas, técnicos, soldadores, mecánicos, operarios de maquinaria, especialistas en software y trabajadores cualificados de la construcción. Muchos de estos trabajos requieren conocimientos técnicos avanzados y formación continua. No son profesiones del pasado; son esenciales para las industrias que Europa quiere desarrollar.
Según la Comisión, más de la mitad de los alumnos de bachillerato de la UE ya eligen itinerarios de formación profesional. Sin embargo, la participación sigue siendo demasiado baja en algunos sectores con mayor demanda, sobre todo en los relacionados con la transición digital y la transición ecológica.
Por eso Bruselas está preparando una nueva estrategia europea para la educación y la formación profesionales. El objetivo es que la educación y la formación profesionales se adapten mejor a las necesidades del mercado laboral y resulten más atractivas para los alumnos de todas las edades. Por eso también la movilidad profesional en toda Europa debería considerarse un activo económico, y no solo una experiencia educativa.
El debate está empezando a cambiar. La formación profesional se presenta cada vez más no como una alternativa para quienes no van a la universidad, sino como una parte estratégica de la infraestructura económica de Europa.
Las pymes están pagando las consecuencias
La falta de personal cualificado afecta especialmente a las empresas más pequeñas.
Las grandes empresas pueden contratar personal a nivel internacional, poner en marcha programas de formación internos y ofrecer salarios más altos para atraer a trabajadores especializados. Una empresa familiar de fabricación o una empresa local de ingeniería tiene mucho menos margen de maniobra.
Cuando una pequeña empresa no consigue encontrar un técnico cualificado, las consecuencias no son nada abstractas. Un pedido puede retrasarse, una máquina nueva puede quedarse sin usar, una inversión puede posponerse o un plan de expansión puede acabar descartándose.
Por eso, la política de cualificaciones no debería diseñarse solo desde la perspectiva de los ministerios de Educación. Las empresas, las cámaras de comercio, los centros de formación y las autoridades locales deben tener un papel más importante a la hora de identificar qué cualificaciones se necesitan realmente en las economías regionales.
El Consejo Europeo de Alto Nivel sobre Competencias dio un paso en esta dirección en julio, pidiendo vínculos más estrechos entre las empresas y el ámbito educativo, así como ecosistemas regionales de competencias que reúnan a empresas, proveedores de formación y autoridades públicas. El principio tiene sentido: la formación debería impartirse más cerca de donde realmente hay puestos de trabajo.
Competencias, tecnología y competitividad europea
El debate sobre las competencias se está volviendo cada vez más urgente a medida que la tecnología transforma el mundo laboral.
La inteligencia artificial, la automatización y las herramientas digitales eliminarán algunas tareas, transformarán otras y crearán nuevos puestos de trabajo. Pero la tecnología no elimina la necesidad de trabajadores cualificados. En muchos casos, la aumenta.
El informe «Década Digital 2026» de la Comisión revela que más del 60 % de los europeos cuenta ya con al menos competencias digitales básicas, pero la escasez de especialistas en TIC sigue siendo considerable. Al mismo tiempo, muchas pymes siguen encontrando obstáculos a la hora de adoptar tecnologías digitales avanzadas.
La inversión en tecnología solo reporta beneficios limitados si las empresas no cuentan con empleados capaces de utilizarla de forma eficaz.
Una fábrica puede comprar robots de última generación, pero sigue necesitando técnicos para instalar y mantener la maquinaria. Una empresa puede implantar la inteligencia artificial, pero los trabajadores deben saber cómo integrar esas herramientas en las operaciones diarias.
Por lo tanto, el capital humano y la inversión tecnológica son complementarios, no sustitutos.
De los títulos a la empleabilidad
Nada de esto significa que las universidades estén perdiendo importancia. Europa necesita investigadores, científicos, médicos, ingenieros y académicos excelentes. Pero las políticas públicas no deberían medir el éxito educativo solo por el número de títulos que se conceden.
La pregunta más acertada es si la educación te da conocimientos útiles, habilidades que puedas adaptar y oportunidades reales para labrarte una carrera profesional.
Para eso hace falta que haya una colaboración más estrecha entre colegios, universidades, centros de formación profesional y empresas. Los programas de formación en alternancia pueden ayudar a los jóvenes a combinar el aprendizaje teórico con la experiencia práctica. Las titulaciones profesionales de menor duración y la formación continua también pueden ayudar a los adultos a adaptarse sin tener que dejar el mercado laboral durante años.
Europa también debería facilitar el reconocimiento transfronterizo de las competencias y las cualificaciones. Un auténtico mercado único laboral no puede funcionar de manera eficiente si los trabajadores se topan una y otra vez con obstáculos innecesarios al desplazarse entre Estados miembros.
Al mismo tiempo, la movilidad no debería convertirse en una excusa para que los países descuiden sus propios sistemas de educación y formación. Atraer talento del extranjero puede ayudar a paliar la escasez de personal cualificado, pero desarrollar el talento nacional sigue siendo fundamental para la resiliencia a largo plazo.
Invertir en las personas es política industrial
En la UE se habla cada vez más de política industrial, autonomía estratégica y seguridad económica. Las competencias forman parte de ese mismo debate.
Las fábricas de semiconductores, la producción para la defensa, las infraestructuras energéticas, la inteligencia artificial y la fabricación avanzada dependen todas de personas que sepan diseñar, construir, poner en marcha y reparar sistemas complejos. Anunciar objetivos de inversión es más fácil que formar a la mano de obra necesaria para llevarlos a cabo.
Aquí es donde la subsidiariedad cobra importancia. Bruselas puede apoyar la movilidad, las normas comunes y los programas transfronterizos, pero los sistemas de educación y formación siguen estando estrechamente vinculados a las economías nacionales y regionales. Una estrategia europea de competencias que funcione debería dejar margen para soluciones locales, en lugar de imponer un modelo único desde arriba.
El objetivo debería ser práctico: ofrecer a los trabajadores más oportunidades para mejorar sus competencias, dar a las empresas más peso en la formación y ofrecer a los jóvenes más de una vía reconocida para labrarse una carrera profesional de éxito.
El reto competitivo de Europa no se resolverá solo con normativa o subvenciones. Se decidirá, en parte, en las aulas, los talleres, los laboratorios y los lugares de trabajo.
Durante años, la política económica europea se ha centrado en el capital: cuánto invertir, dónde conceder ayudas y a qué sectores apoyar. En la siguiente fase hay que prestar la misma atención al capital humano.
Un continente que no sea capaz de dar trabajo productivo a su población tendrá dificultades para competir, por muy ambiciosas que parezcan sus estrategias industriales sobre el papel.
A Europa no le falta talento. El reto consiste en desarrollarlo, reconocerlo y conectarlo de forma más eficaz con la economía. Si la UE es capaz de hacerlo, la política de competencias podría convertirse en una de las reformas más importantes de la década en materia de competitividad.