La izquierda política suele hablar de lo importante que es fomentar y preservar la democracia. Y nosotros, los conservadores, no podemos más que estar de acuerdo. Creemos en Occidente, creemos en la democracia occidental y creemos en el gobierno del pueblo.
Quizá lo más difícil de la democracia es que los bandos políticos opuestos tienen que ser capaces de aceptar que sus adversarios puedan ganar unas elecciones. Es más, esos adversarios podrían ganar varias elecciones seguidas. Pero, si ganan siguiendo las reglas comunes del juego democrático, no hay mucho que hacer al respecto; así son las reglas de la democracia. Los votantes deciden por sí mismos a qué políticos quieren confiar el poder.
En las democracias estables de Occidente, este sistema ha funcionado bien en general hasta ahora. Una posible excepción son las elecciones presidenciales de EE. UU. de 2020, en las que a muchos seguidores de Trump les costó muchísimo aceptar la derrota electoral.
Fue una experiencia dolorosa para muchos conservadores europeos. El problema se agravó por el hecho de que el propio presidente Trump ha afirmado que le robaron las elecciones mediante fraude. La salida de Trump de su primer mandato, en enero de 2021, no fue digna. Por muy conservadores que seamos, lamentablemente tenemos que reconocerlo.
Al mismo tiempo, hay que decir que los acontecimientos en EE. UU. tras las elecciones de 2020 son, en el fondo, una muestra de la profunda desconfianza que existe entre la derecha y la izquierda en todo el mundo occidental. La izquierda actual presenta la democracia occidental como algo amenazado por una nueva derecha autoritaria. La derecha, por su parte, sostiene que la izquierda se ha apropiado de la democracia al controlar las instituciones públicas y los medios de comunicación, y al tachar a sus oponentes de antidemocráticos. Quizá las divisiones que vemos ahora en Occidente entre una izquierda progresista y una derecha conservadora se deban a que la izquierda se niega a hacer caso de las advertencias que los conservadores llevan tiempo lanzando contra los cambios sociales rápidos y poco meditados.
Desde hace más de doscientos años, los pensadores conservadores llevan advirtiendo de las consecuencias de las transformaciones sociales rápidas y radicales. Ya en 1790, Edmund Burke predijo que la Revolución Francesa —que por entonces apenas acababa de empezar— acabaría en despotismo. Y hoy, 230 años después, sabemos que ninguna revolución llevada a cabo con el objetivo de crear una sociedad nueva e igualitaria se ha acercado ni remotamente a cumplir sus intenciones declaradas. Más bien al contrario.
Ya no nos enfrentamos a revoluciones armadas. Sin embargo, a nivel ideológico y social, la revolución de izquierdas está en pleno apogeo. La izquierda moderna considera que nuestra sociedad occidental tradicional es profundamente injusta. Por eso, hay que rehacerlo todo. Hay que cuestionar las jerarquías. Lo ideal sería que las identidades nacionales y de género se disolvieran. Un hombre biológico es tan mujer como una mujer biológica, siempre que diga que lo es…
El conservadurismo cree en la comunidad, pero también en las jerarquías beneficiosas y en las identidades tradicionales. Estas identidades no tienen por qué limitarnos. Las mujeres y los hombres deberían tener los mismos derechos y obligaciones; sin embargo, a los conservadores no les parece ningún problema considerar a las mujeres y a los hombres como dos categorías distintas de personas, ni reconocer el papel que juega la biología en lo que respecta a nuestro sexo.
Así pues, también podemos decir que el conservadurismo defiende el respeto por el orden natural —por lo que nos da la naturaleza— así como por el sentido común y la tradición. Esto significa que una sociedad conservadora no cuestiona de forma radical la percepción que tienen las personas de la realidad. Quizá no hablamos lo suficiente de lo radicales que son algunos sectores de la izquierda en su crítica a las normas y jerarquías tradicionales. A la izquierda ya no le basta con buscar la igualdad económica; ahora también se están poniendo en duda los fundamentos mismos de nuestra forma de entender la naturaleza humana (como el hecho de que los seres humanos sean hombres o mujeres).
La inmigración masiva y, a menudo, descontrolada hacia el mundo occidental también ha supuesto un reto importante para nuestras sociedades occidentales. Porque, aunque los recién llegados puedan integrarse y convertirse en ciudadanos franceses, alemanes o quizá suecos, lo cierto es que muchos europeos sienten que la composición demográfica de sus países está cambiando demasiado rápido. Esto significa que nuestras identidades nacionales ya no son tan evidentes.
Probablemente tendríamos menos tensiones en nuestras sociedades occidentales si acordáramos limitar y regular los flujos migratorios. Por supuesto, la gente que quiera trabajar e integrarse en nuestras sociedades debería poder venir a Europa. Sin embargo, esto no excluye la opinión que tienen muchos europeos de que será más fácil mantener la cohesión social y preservar nuestras democracias si la gente que vive en sus países comparte los mismos valores y la misma cultura.
El conservadurismo nos enseña a valorar nuestra cultura, identidad e idioma, así como nuestras escuelas, nuestros sistemas sanitarios y nuestra sensación de seguridad. Podríamos añadir que también nos enseña a cuidar nuestras democracias. Los cambios sociales radicales que no logran ganarse el apoyo de todos los ciudadanos acabarán creando fricciones. Por eso, deberíamos evitar someter a tensiones innecesarias ese sentido de comunidad en el que se basa la democracia.
Desde una perspectiva conservadora, es totalmente válido argumentar que el radicalismo de la izquierda progresista está provocando precisamente esas divisiones que nuestras democracias están intentando gestionar a duras penas en estos momentos. Si la gente no siente que se cuestionan sus opiniones —sobre qué población debería dar forma a Occidente o sobre las definiciones de «hombre» y «mujer»—, tendrá mucho menos miedo de dejar que la izquierda gane unas elecciones.