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Mario Draghi: Europa entre el mercado y el poder político. El Desafío del Federalismo en el Nuevo Orden Global

Política - febrero 14, 2026

El discurso pronunciado por Mario Draghi el 2 de febrero, al recibir el doctorado honoris causa de la Universidad de Lovaina, llega en un momento marcado por un profundo reajuste de los equilibrios políticos, económicos y estratégicos mundiales. La reflexión propuesta por el ex Presidente del Banco Central Europeo adquiere un alcance que va mucho más allá de la contingencia de las dificultades actuales de la Unión Europea, adoptando la forma de un análisis estructural de las condiciones en las que puede sobrevivir como actor independiente en la escena internacional. Draghi no se limita a describir las vulnerabilidades de Europa, sino que identifica claramente la dinámica sistémica que está redefiniendo la relación entre poder económico, seguridad y soberanía política. El núcleo de su argumentación gira en torno a una advertencia especialmente incisiva: en ausencia de avances políticos e institucionales decisivos, Europa corre el riesgo de un triple declive. Por un lado, la subordinación estratégica a las grandes potencias mundiales, principalmente Estados Unidos y China, capaces de integrar la política industrial, el comercio y la seguridad en una visión única del poder. Por otra, la persistente fragmentación interna impide que la Unión se exprese como una entidad unificada en las opciones fundamentales en materia de política exterior, defensa y desarrollo industrial. Por último, el riesgo de desindustrialización progresiva, alimentado por unas cadenas de valor cada vez más politizadas y una competencia global que penaliza a los actores incapaces de proteger y dirigir sus activos estratégicos.
Desde esta perspectiva, el análisis de Draghi aparece como una auténtica llamada a la responsabilidad política europea. No se describe a la Unión como carente de recursos o capacidades, sino como una entidad que corre el riesgo de ser incapaz de sistematizarlos. El mensaje implícito es que el problema de Europa no reside tanto en su falta de herramientas económicas o tecnológicas, sino en la inadecuación de sus estructuras de toma de decisiones y en su reticencia a dar el salto hacia una mayor integración que el cambio del contexto global ha hecho indispensable. En este sentido, la intervención de Lovaina representa una importante contribución teórica y política, destinada a redefinir el debate sobre el futuro de la UE a la luz de los retos sistémicos del siglo XXI.

DEL MERCADO A LA CUESTIÓN DEL PODER

Según Draghi, la cuestión fundamental a la que se enfrenta Europa hoy ya no es de naturaleza técnica o reguladora. La Unión ha demostrado su capacidad para construir un mercado único eficiente, con normas avanzadas sobre competencia, comercio y política monetaria. Sin embargo, en un contexto internacional cada vez más marcado por la competencia geopolítica, el mercado por sí solo no basta. El poder, entendido como la capacidad de defender intereses estratégicos e influir en la dinámica mundial, requiere un mayor nivel de integración, que trascienda la lógica confederal y se aproxime a una estructura federal.

LAS ASIMETRÍAS DE LA INTEGRACIÓN EUROPEA

Draghi identifica una clara asimetría en la arquitectura de la Unión. En los ámbitos en los que la integración ha avanzado plenamente, como el comercio, el mercado interior y la política monetaria, Europa es reconocida como un actor unificado y negocia desde una posición de fuerza. Por el contrario, allí donde aún prevalece la soberanía nacional, en ámbitos cruciales como la defensa, la política industrial y los asuntos exteriores, la Unión aparece como una colección fluida de Estados de tamaño medio, fácilmente divisibles y, por tanto, menos influyentes. Esta fragmentación se vuelve especialmente problemática cuando la seguridad y la economía están entrelazadas, ya que los puntos fuertes de Europa no logran compensar las debilidades estructurales.

SUPERAR EL ORDEN MUNDIAL DE POSGUERRA

En su análisis, Mario Draghi cuestiona la interpretación de que el orden internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial se fundó sobre supuestos ilusorios o idealistas. Por el contrario, subraya cómo esta arquitectura multilateral ha generado beneficios concretos y generalizados, ayudando a configurar un periodo de estabilidad e integración política y económica para Europa, consolidando el papel de liderazgo de Estados Unidos y ofreciendo oportunidades de crecimiento y desarrollo a numerosas economías emergentes. Sin embargo, Draghi subraya que los problemas críticos contemporáneos no se derivan de un fallo intrínseco de este sistema, sino más bien de su progresiva incapacidad para adaptarse a la nueva dinámica mundial, en particular a la creciente divergencia entre comercio y seguridad. La inclusión de China en el sistema multilateral ha acentuado esta fractura, introduciendo un actor de tamaño sin precedentes y ambiciones estratégicas autónomas, capaz de ejercer una influencia significativa en las cadenas de valor mundiales y de desafiar el equilibrio entre interdependencia económica y competencia geopolítica. Según Draghi, la globalización contemporánea ya no sigue los principios de la ventaja comparativa, sino que tiende a favorecer las estrategias orientadas a las ganancias absolutas, a menudo en detrimento de la cohesión industrial y la seguridad de los Estados europeos.

EL RIESGO DE SUBORDINACIÓN, DIVISIÓN Y DESINDUSTRIALIZACIÓN

En este contexto, Draghi identifica los riesgos más graves que se ciernen sobre Europa. Por un lado, Estados Unidos parece cada vez más inclinado a percibir la fragmentación interna de la Unión como una ventajosa herramienta de negociación, adoptando políticas comerciales asertivas y proteccionistas que reflejan una lógica de equilibrio entre costes y beneficios históricos. Por otro, China ejerce un control creciente sobre nodos estratégicos de las cadenas de valor mundiales, demostrando su voluntad de utilizar estas palancas geopolíticamente, con repercusiones potenciales sobre la capacidad de producción y la seguridad europeas. Entre estos dos polos se encuentra una Unión Europea que, si no desarrolla respuestas comunes y coordinadas, corre el riesgo de ver reducida progresivamente su autonomía industrial, comprometiendo su base productiva y aumentando su dependencia de actores externos. La desindustrialización, en este contexto, adquiere un significado que va más allá de la esfera económica: se convierte en un indicador de vulnerabilidad política y social, capaz de debilitar la capacidad de Europa para proteger sus intereses estratégicos, su cohesión interna y la resiliencia de sus instituciones en un contexto internacional cada vez más competitivo y conflictivo.

RECURSOS ESTRATÉGICOS AÚN DISPONIBLES

A pesar de esta situación crítica, Draghi subraya que Europa aún posee activos clave. La Unión sigue siendo el primer actor comercial del mundo y un socio clave para decenas de países. Las empresas europeas dominan sectores tecnológicos cruciales, como la litografía ultravioleta extrema para la producción de microchips, y mantienen una posición central en la aeronáutica civil y la navegación mundial. Sin embargo, estos recursos no pueden explotarse plenamente sin una estrategia política común. Hoy en día, el comercio ya no es un simple motor de crecimiento, sino una herramienta estratégica que debe coordinarse con los objetivos de seguridad y autonomía.

EL FEDERALISMO PRAGMÁTICO COMO RESPUESTA

La propuesta emergente es la del federalismo pragmático. Draghi reconoce las resistencias y divergencias existentes, pero sostiene que la unidad no es un requisito previo para la acción, sino su resultado. La historia de la integración europea demuestra que los pasos decisivos, como la introducción del euro, fueron dados por grupos de países dispuestos a avanzar, generando con el tiempo instituciones comunes y una auténtica solidaridad. Incluso hoy, el objetivo no debe ser una cooperación más débil, sino un camino claramente orientado hacia una auténtica federación.

UNA ELECCIÓN INEVITABLE

La trayectoria argumentativa desarrollada por Mario Draghi conduce de forma coherente e ineludible a una cuestión fundamental que afecta al destino mismo de la UE: ¿Europa está destinada a seguir siendo un gran espacio económico regulado, altamente integrado a nivel de mercado pero estructuralmente dependiente de las prioridades estratégicas de otros actores globales, o pretende transitar hacia una potencia política capaz de proteger de forma autónoma sus propios intereses, valores y modelo social? En el contexto del nuevo orden internacional, caracterizado por una creciente competencia entre grandes áreas geopolíticas y una progresiva fusión de la economía, la seguridad y la tecnología, la idea de la neutralidad institucional de la Unión parece cada vez menos viable. La ausencia de elección, lejos de preservar el equilibrio, se traduciría en última instancia en una forma de adaptación pasiva a las decisiones de los demás. En este escenario, la elección entre el fortalecimiento de la integración federal y la marginación gradual ya no se presenta como un debate teórico o ideológico, sino como una necesidad impuesta por las transformaciones estructurales del sistema global. La capacidad de influir en las reglas del comercio internacional, proteger las cadenas de valor estratégicas, garantizar la seguridad energética y tecnológica y desempeñar un papel creíble en la gestión de las crisis depende ahora de la disponibilidad de herramientas de decisión comunes y de una visión política compartida. Sin estos elementos, la Unión corre el riesgo de verse expuesta a presiones externas y divisiones internas, con consecuencias directas para la cohesión económica y social de sus Estados miembros. Por tanto, la elección que se avecina no es aplazable ni reversible sin costes. Definirá el papel de Europa en el sistema internacional en las próximas décadas, determinando si el continente será un actor capaz de guiar el cambio o se verá obligado a soportarlo. En este sentido, la reflexión de Draghi nos invita a reconocer que se ha acabado el tiempo de la ambigüedad: la Unión debe decidir si se dota de las herramientas políticas necesarias para sostener su peso económico y basado en valores o acepta una pérdida progresiva de centralidad en un mundo cada vez más organizado en torno a la lógica del poder.