La derrota electoral de Viktor Orbán este domingo, 12 de abril, no es sólo el final de una era política en Hungría. Probablemente marca el cierre de uno de los dos grandes modelos de conservadurismo -y de lo que podría llamarse política de sentido común- que han coexistido en Europa en los últimos quince años.
A lo largo de este periodo, el conservadurismo europeo no ha sido monolítico. Se ha estructurado en torno a dos formas distintas de entender el poder, la soberanía y la alineación dentro del orden internacional. Estos dos modelos compartían una serie de intuiciones básicas -una crítica a la extralimitación progresista, una defensa de la nación y la familia, una preocupación por la continuidad cultural-, pero divergían significativamente en su perspectiva estratégica, sus alianzas y su ambición transformadora.
El primer modelo, y más desarrollado tanto en alcance como en duración, ha sido encarnado por Orbán. Crucialmente, este modelo no ha sido estático. El propio Orbán representa una evolución: de reformista liberal más bien clásico en los inicios de su carrera a arquitecto de un sistema político que se presenta como alternativa al consenso occidental dominante, acuñando, definiendo y ejecutando el modelo de democracia iliberal que se ha convertido en el anteproyecto de los nacional-populistas de todo el mundo. Su enfoque está marcado por un fuerte componente identitario, que sitúa la nación, la cultura y la demografía en el centro de la acción política. En la última década, especialmente tras la desaparición de las restricciones de Covid-19, Budapest ha sido el corazón palpitante del movimiento conservador europeo, un lugar de peregrinación para los conservadores de toda Europa y de fuera de ella. El epicentro de un movimiento -en realidad, un fenómeno- con profundas raíces formado por un ecosistema de poderosos grupos de reflexión e instituciones que alimentaron y protegieron el proyecto orbanita.
Junto a esta compleja construcción ideológica, Orbán también ha mostrado una forma distintiva de pragmatismo geopolítico. Su apertura a entablar relaciones con actores como Rusia -sobre todo en materia de energía y la guerra de Ucrania- y China -especialmente en materia de inversiones extranjeras- no refleja mero oportunismo, sino una lectura más amplia del mundo como cada vez más multipolar. En este marco, Hungría ha tratado de maximizar su autonomía estratégica frente a Bruselas o a una Casa Blanca hostil -a veces-. El conservadurismo de Orbán, por tanto, no era sólo cultural o doméstico; era también geopolítico, dirigido a reposicionar tanto a su país como, simbólicamente, a Europa Central dentro de un orden global cambiante. Ése era el fundamento de la fascinante estrategia húngara de conectividad, desarrollada por el principal asesor político del primer ministro Orbán, Balázs Orbán.
Distinto de éste es el modelo representado por Giorgia Meloni. También conservadora, también crítica con elementos del consenso europeo, pero fundamentalmente diferente en su orientación. Meloni encarna una forma de conservadurismo menos rupturista y más reformista, que no pretende redefinir el sistema desde fuera, sino influir en él desde dentro.
Su enfoque es, en este sentido, más europeo que civilizatorio. Donde Orbán cultivó una narrativa de tensión estructural con Bruselas, Meloni ha seguido una estrategia de integración y negociación. Y aún más, una estrategia de liderazgo. En muchos ámbitos en los que la UE carecía de visión, Roma aportó una que luego fue seguida por Bruselas, siendo la política de migración quizá el mejor ejemplo. El enfoque de la UE sobre la migración se ajusta cada vez más al «Plan Mattei para África» de la primera ministra italiana Giorgia Meloni, centrado en asociaciones «de igual a igual» para frenar la migración en su origen. En otras palabras, donde el modelo húngaro elevaba la soberanía aun a costa de la confrontación, el modelo italiano la equilibra con la estabilidad institucional y la credibilidad en el marco europeo.
Esta divergencia es especialmente evidente en política exterior. Meloni está firmemente anclada en la alianza atlántica, manteniendo un alineamiento coherente con Estados Unidos independientemente de quién gobierne en Washington. O, como mínimo, una entente cordiale con la Casa Blanca, a pesar de lo cual -o gracias a lo cual- también es capaz de llamarla la atención cuando lo considera oportuno, como ha hecho recientemente sobre Irán. Su postura internacional no pretende diversificar los centros de poder, sino reforzar su posición dentro de las alianzas existentes. En contraste con el pragmatismo multipolar de Orbán, Meloni representa un atlantismo disciplinado, totalmente compatible con su agenda conservadora interna.
La consecuencia de la derrota de Orbán es, por tanto, clara: de estos dos modelos, sólo uno permanece en el poder. El conservadurismo europeo pierde su variante más ambiciosa, más identitaria y estratégicamente más autónoma, y se queda con una versión más integrada, más gradualista y más condicionada por las realidades institucionales de la Unión Europea. Esto no implica necesariamente una debilidad inmediata, pero sí señala una profunda transformación que podría extenderse también por toda Europa. El espacio conservador pierde cierta tensión sistémica y gana previsibilidad. Pierde un polo de experimentación política -con todas sus controversias- y se consolida en torno a una forma de gobernanza más compatible con el orden europeo existente.
La cuestión ahora no es si Meloni puede sustituir a Orbán. No puede, porque opera dentro de una lógica diferente. La verdadera cuestión es si el modelo que ahora se presenta por sí solo es suficiente para sostener, desarrollar y proyectar una alternativa conservadora significativa en Europa.
Lo que terminó el 12 de abril fue una forma de hacer política -y con ella, una de las dos corrientes definitorias del conservadurismo europeo contemporáneo. ¿Deberían los conservadores unirse ahora en torno a Meloni? Al fin y al cabo, es la última mujer que queda en pie.