El discurso sobre el estado de la Unión de Von der Leyen esboza una UE más firme, que combina normas más estrictas en materia de tecnología, resiliencia climática y defensa con una propuesta sin precedentes para convertir a Canadá en el primer «miembro asociado» del bloque.
Puede que la respuesta de Europa a un orden internacional cada vez más inestable no sea ni el aislamiento ni la dependencia, sino una forma más ambiciosa de autonomía estratégica. Ese fue el hilo conductor del discurso sobre el Estado de la Unión que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, pronunció el miércoles en Estrasburgo, en el que presentó iniciativas que abarcaban desde la inteligencia artificial y el acceso de los niños a las redes sociales hasta la adaptación al cambio climático, la seguridad y una nueva relación con Canadá que podría ser histórica.
El discurso presentaba a una Unión Europea que busca un mayor control sobre las fuerzas que están transformando su economía y su seguridad. La tecnología fue quizás el ejemplo más claro. En lugar de plantearse la inteligencia artificial simplemente como una competición para desarrollar los modelos más potentes, von der Leyen defendió que Europa debería centrarse en sacar partido económico y social de la IA sin dejar de mantener el control humano.
La presidenta de la Comisión señaló sectores como la sanidad, la industria manufacturera y la agricultura como ámbitos en los que Europa podría convertir la IA en una ventaja competitiva. Sin embargo, hizo hincapié en la mejora, más que en la sustitución: las máquinas deberían potenciar la toma de decisiones humana en lugar de dejar a las personas al margen. Abogó por una IA que genere más valor con menos costes y menor consumo energético, al tiempo que preserve lo que ella describió como «la capacidad de acción humana».
Ese enfoque también explica la determinación de Bruselas de regular esta tecnología. La Ley de IA de la UE sigue siendo el eje central de su marco normativo, pero von der Leyen quiere ahora una mayor cooperación internacional en torno a los riesgos que plantean unos sistemas cada vez más capaces. Se ha señalado a Canadá y al Reino Unido como posibles socios para desarrollar enfoques comunes en materia de seguridad de la IA y evaluación de modelos.
Esa misma filosofía —la innovación combinada con medidas de protección— es la base de una de las propuestas con mayor relevancia política del discurso: restricciones más estrictas al uso de las redes sociales por parte de los menores.
Según el plan presentado en Estrasburgo, a los menores de 13 años no se les permitiría tener cuentas en redes sociales. Los que tengan entre 13 y 15 años solo podrían acceder a través de cuentas restringidas bajo la supervisión de sus padres, mientras que las plataformas tendrían obligaciones adicionales para ofrecer entornos más seguros a los usuarios de entre 15 y 18 años. La propuesta llega tras meses de debate sobre el diseño adictivo de las plataformas, la verificación de la edad y la exposición de los niños a contenidos nocivos.
La agenda de Von der Leyen iba mucho más allá de la economía digital. Tras otro verano europeo excepcionalmente caluroso, la Comisión propone un Plan Europeo contra las Olas de Calor, junto con una Alianza para los Seguros Climáticos. Esta última tiene como objetivo hacer frente a una vulnerabilidad cada vez mayor: actualmente, solo alrededor de una cuarta parte de las pérdidas por catástrofes en Europa están cubiertas por seguros privados, lo que deja a los gobiernos cada vez más expuestos cuando las condiciones meteorológicas extremas causan daños importantes.
La seguridad, por su parte, se está convirtiendo en otro ámbito en el que Bruselas quiere una mayor coordinación europea. Von der Leyen anunció planes para una estrategia de seguridad europea inspirada en parte en el mecanismo de consulta de la OTAN, según el cual los aliados pueden reunirse cuando uno de ellos cree que su seguridad o su integridad territorial están amenazadas.
Sin embargo, la propuesta más inusual tenía que ver con un país fuera de Europa.
Con el primer ministro canadiense, Mark Carney, asistiendo a la sesión de Estrasburgo como invitado de honor, von der Leyen propuso convertir a Canadá en el primer «miembro asociado» de la UE. Aún queda por definir el significado institucional exacto de ese estatus, pero la orientación política está clara: Bruselas y Ottawa están explorando una relación mucho más profunda que una simple asociación comercial convencional.
La propuesta se basa en la ya amplia cooperación entre la UE y Canadá, que incluye el CETA y el refuerzo de los lazos en materia de defensa, pero podría llegar a abarcar, con el tiempo, la tecnología, la seguridad y otros ámbitos estratégicos. Además, refleja un esfuerzo más amplio por parte de ambas partes para reforzar la cooperación entre democracias en un momento de creciente incertidumbre geopolítica y económica.
China representa la otra cara de esa estrategia. Von der Leyen dejó claro que el diálogo con Pekín seguirá adelante, aunque advirtió de que Europa espera avances tangibles hacia una relación económica más equilibrada y está dispuesta a utilizar los instrumentos comerciales de que dispone.
En conjunto, estas iniciativas ponen de manifiesto que la UE está intentando redefinir lo que significa la soberanía europea. Ya no se trata principalmente de una cuestión de integración interna. Bruselas considera cada vez más que la independencia es la capacidad de regular las tecnologías transformadoras, proteger a los ciudadanos, hacer frente a las crisis climáticas, reforzar la seguridad colectiva y establecer alianzas más allá de Europa.
El mensaje de Von der Leyen en Estrasburgo fue, por tanto, más un debate sobre el poder que un simple repaso de políticas concretas: en un mundo más conflictivo, la UE pretende reducir sus puntos débiles sin dejar de lado la cooperación, y demostrar que la integración europea puede extender su influencia mucho más allá de las propias fronteras de Europa.