Por qué el Tratado de la UE importa tanto como la OTAN para defender el territorio ártico de Dinamarca
Durante cinco siglos, Groenlandia fue poco más que un puesto helado de bacalao ártico. Remota, inhóspita y escasamente poblada, la mayor isla del mundo existía al margen del poder europeo. Sin embargo, la historia tiene una forma de convertir las periferias en centros estratégicos. Hoy, Groenlandia se encuentra en la encrucijada de la geopolítica, el cambio climático y la rivalidad entre grandes potencias, recordando tanto a Europa como a Estados Unidos que la soberanía en el Ártico no es una cuestión de improvisación o retórica.
La historia moderna de Groenlandia comienza como parte del otrora poderoso Reino de Dinamarca. A principios del siglo XIX, Dinamarca gobernaba un vasto reino del Atlántico Norte que incluía Noruega, Islandia, las Islas Feroe y la propia Groenlandia. Ese poder se derrumbó después de que Copenhague cometiera el error fatal de ponerse del lado de Napoleón. En 1814, el precio fue muy alto: Dinamarca perdió Noruega en favor de Suecia y sólo conservó Groenlandia, Islandia y las Islas Feroe. La isla ártica siguió siendo danesa, periférica pero simbólicamente importante.
La Segunda Guerra Mundial marcó otro punto de inflexión. En 1944, Islandia declaró su independencia, mientras que Groenlandia fue ocupada por Estados Unidos para impedir que la Alemania nazi se afianzara en el Atlántico Norte. Tras la guerra, Dinamarca recuperó el control de Groenlandia, pero formalizó la participación estadounidense mediante un acuerdo de defensa de 1951. Ese tratado situó firmemente a Groenlandia en el marco estratégico de la OTAN, reconociendo su importancia para la seguridad transatlántica, los sistemas de alerta temprana y la defensa del Ártico.
En la actualidad, Groenlandia sigue formando parte del Reino de Dinamarca, pero con un estatus político que refleja décadas de evolución. La defensa y la política exterior son gestionadas por Copenhague, mientras que casi todos los asuntos internos son tratados localmente por los 56.000 habitantes de la isla en virtud de un amplio régimen de autonomía. Este sistema, considerado en general avanzado y progresista, contrasta fuertemente con el pasado colonial, sobre todo con la larga marginación de la población inuit. Groenlandia se gobierna a sí misma en la práctica, aunque no sea un Estado soberano en derecho internacional.
Su relación con Europa ha seguido una trayectoria igualmente compleja. Cuando Dinamarca se incorporó a la Comunidad Económica Europea en 1973, Groenlandia entró junto a ella. Sin embargo, menos de una década después, los groenlandeses votaron a favor de abandonar el Mercado Común, recelosos del control externo sobre la pesca y los recursos. Sin embargo, la isla nunca rompió del todo sus lazos europeos. En 1992, con la entrada de Dinamarca en la Unión Europea, Groenlandia se reincorporó como «territorio asociado», obteniendo acceso al mercado único sin asumir plenas obligaciones. Fundamentalmente, Groenlandia no puede firmar tratados de forma independiente; su estatus internacional sigue anclado a Dinamarca.
Esta realidad jurídica y política es lo que hace que la reciente retórica estadounidense tenga tanta trascendencia. Las declaraciones que sugieren que Estados Unidos podría buscar el control sobre Groenlandia -hechas eco sobre todo durante la presidencia de Donald Trump y reforzadas por comentarios de figuras como J.D. Vance- han hecho saltar las alarmas en Europa. Una transferencia de soberanía simplemente no es una opción. Groenlandia no está en venta, ni Dinamarca podría cederla legalmente sin hacer añicos los cimientos del orden europeo y transatlántico.
Lo más probable es que Washington busque acuerdos ampliados para la explotación de recursos y el acceso estratégico, aprovechando los minerales, las tierras raras y la posición geográfica de Groenlandia. Esa ambición, sin embargo, tiene límites claros. Cualquier acción violenta contra Dinamarca no sólo provocaría una crisis diplomática; desencadenaría una sistémica.
El Artículo 5 de la OTAN se cita a menudo como la piedra angular de la defensa colectiva, pero no es la única línea de protección. Según el Artículo 42 del Tratado de la Unión Europea, un ataque a un Estado miembro obliga a los demás a prestar ayuda y asistencia por todos los medios a su alcance. En otras palabras, la propia UE conlleva una cláusula vinculante de defensa colectiva. Un ataque a la soberanía danesa en Groenlandia activaría no sólo la OTAN, sino también los propios mecanismos de seguridad de la Unión Europea.
Este doble marco envía un mensaje claro. Europa no está indefensa, ni su seguridad depende únicamente de la Alianza Atlántica. La historia de Groenlandia -desde la pesca del bacalao hasta el puesto avanzado de la Guerra Fría y el premio estratégico del siglo XXI- ilustra cómo el derecho, los tratados y las alianzas limitan la política de poder. Para Washington, las bravuconadas pueden resultar útiles a nivel nacional, pero la realidad jurídica y política es inequívoca. En el Ártico, como en otros lugares, la soberanía no se protege con eslóganes, sino con compromisos vinculantes.