Política - febrero 9, 2026
El 18 de enero, dos trenes de alta velocidad chocaron cerca de Adamuz, en la provincia de Córdoba, España. Uno de ellos descarriló en un tramo de vía recientemente modernizado. Cuarenta y cinco personas perdieron la vida. Dos días después, otro accidente en Cataluña se cobró la vida de otro maquinista. Estos sucesos, considerados en conjunto, no pueden descartarse como incidentes aislados o coincidencias desafortunadas. Revelan algo más estructural: el deterioro de la capacidad institucional de España para gobernar las infraestructuras críticas.
Los gobiernos suelen calificar estos sucesos de «trágicos» y «excepcionales». Sin embargo, los fallos a gran escala de las infraestructuras rara vez se deben a una única causa técnica. Surgen de sistemas en los que la responsabilidad está ausente. Y, por desgracia, Adamuz fue el resultado previsible de la negligencia institucional.
Un gobierno que no rinde cuentas
El sistema ferroviario español es en su inmensa mayoría público y de gestión centralizada. Esto es importante porque elimina la coartada habitual. No hay ningún monopolio privado que denunciar, ningún fallo del mercado que utilizar como chivo expiatorio. Lo que queda es la gestión política, o la falta de ella.
En los últimos años, los sistemas ferroviarios en España, al igual que muchas otras infraestructuras críticas, se han tratado políticamente y no según las necesidades técnicas, y el mantenimiento a largo plazo se ha subordinado a los incentivos políticos a corto plazo. En consecuencia, no se trata de un accidente administrativo. Es un modo de gobernar que ha resultado mortal para tantas personas inocentes.
La política por encima de las instituciones
El problema más profundo que revela este choque de trenes es la subordinación sistemática de las instituciones a la política. Desde 2018, España está gobernada por una coalición de izquierdas que ya no trata al Estado como una estructura que requiere disciplina, continuidad y administración profesional, sino como un instrumento para la búsqueda de rentas, el control narrativo y la supervivencia política.
En un sistema así, las instituciones ya no se evalúan por su rendimiento, fiabilidad o resultados. Se juzgan por su alineación, por su lealtad ideológica y su utilidad política. La competencia se sustituye por la obediencia; la experiencia, por la afiliación. La lealtad se convierte en la principal moneda de cambio para ascender, mientras que la responsabilidad se diluye y el fracaso no tiene consecuencias.
El resultado es un Estado vacío: omnipresente en la retórica, omnisciente en los mensajes, pero frágil en la realidad. Un Estado capaz de hacer declaraciones y crear discursos, pero cada vez más incapaz de ofrecer lo que los ciudadanos necesitan fundamentalmente: un gobierno competente, soluciones tangibles y seguridad básica.
En ese momento, el fracaso institucional deja de ser una preocupación técnica y se convierte en una preocupación política. Un Estado que no puede garantizar la protección de la vida pierde su pretensión más básica de legitimidad. Si no por las urnas, por incompetencia.
Declive institucional
La decadencia institucional rara vez existe aislada de la decadencia moral. La historia política reciente de España se ha definido por una sucesión de escándalos de corrupción en los que se han visto implicados altos ministros y cargos políticos, muchos de ellos directamente responsables de supervisar los servicios públicos y las infraestructuras críticas.
Se trata de casos relacionados con la mala conducta personal de ministros y altos cargos públicos durante los bloqueos por pandemias -incluida la solicitud de prostitutas-, y de comisiones en contratos de adquisición de material médico de emergencia (por ejemplo, mascarillas), y de importantes acuerdos energéticos durante el punto álgido de la crisis energética posterior a Ucrania. Quizá el ejemplo más notable sea el de José Luis Ábalos, ex ministro de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, a quien el Tribunal Supremo ha ordenado prisión provisional sin fianza y a la espera de su día en los tribunales. Mientras los ciudadanos de a pie soportaban el confinamiento, la inflación y la incertidumbre económica, una estrecha clase política prosperaba.
No se trata simplemente de una cuestión de vicio personal. La corrupción corroe las instituciones. Una élite política que trata al Estado como un patrimonio privado descuidará inevitablemente los sistemas que se le han confiado. La misma lógica que tolera la impunidad también tolera el mantenimiento diferido, las advertencias ignoradas y los presupuestos congelados. A la larga, esa negligencia se manifiesta en fallos físicos, y en costes humanos.
El punto ciego institucional del socialismo
El fracaso más profundo del socialismo no es, en definitiva, económico. Es institucional. Al presentar al Estado como moralmente virtuoso por definición, el socialismo transforma el poder público en algo que reclama legitimidad no a través del rendimiento o la responsabilidad, sino a través de la intención. Una vez que el Estado se enmarca como inherentemente «en el lado correcto de la historia», la crítica deja de tratarse como una función democrática necesaria. Se deslegitima como malicia, reacción o sabotaje.
En este marco moralizado, se redefine la propia responsabilidad. Los fallos no son errores que haya que corregir, sino ataques que hay que repeler. La supervisión se descarta como obstruccionismo. El escrutinio es retratado por los que están en el poder no simplemente como hostilidad partidista, sino como algo «antidemocrático» en espíritu. El resultado es una cultura política en la que la responsabilidad se evapora, las consecuencias desaparecen y la dimisión resulta impensable.
La España de Pedro Sánchez ilustra esta patología con inquietante claridad. Su gobierno ha oscurecido sistemáticamente la frontera entre Estado y partido, poder y narrativa. Mediante una amplia financiación pública y dependencia financiera, los principales medios de comunicación han sido cooptados de hecho en el ecosistema del gobierno, lo que pone en duda su voluntad -y capacidad- de informar críticamente sobre la mala gestión, la corrupción o el fracaso institucional. Cuando la supervisión de los medios de comunicación se debilita, la responsabilidad política le sigue. Lo que queda es un circuito cerrado de poder, mensajes e impunidad.
En un entorno así, la degradación institucional no es un accidente. Es el resultado natural de un sistema en el que nadie es verdaderamente responsable, en el que el fracaso no conlleva ningún coste y en el que la preservación del poder prevalece sobre el mantenimiento del propio Estado.
Adamuz, por tanto, no debe entenderse simplemente como una tragedia humana, por devastadora que sea. Es un caso de estudio de lo que ocurre cuando la calidad institucional se sacrifica a la ideología; cuando la decadencia moral se normaliza en los niveles más altos del gobierno; y cuando el Estado deja de funcionar como un sistema de contención, continuidad y responsabilidad, para convertirse en un objeto de captura política.
Cómo fracasan los países
Las instituciones son la columna vertebral del Estado. Cuando las instituciones funcionan correctamente, los ciudadanos pueden estar en desacuerdo con los gobiernos y seguir confiando en el sistema. Cuando fallan, la confianza se derrumba, no sólo en los que están temporalmente en el poder, sino en los partidos políticos, la autoridad pública y el régimen en su conjunto.
El fracaso institucional es, por tanto, singularmente corrosivo. No sólo produce ineficacia, sino que mina la confianza en la capacidad del Estado para gobernar. Con el tiempo, la disfunción se hace familiar, las excusas se convierten en rutina y se interioriza la disminución de las expectativas. Lo que debería provocar indignación se rebautiza como desgracia. Lo que debería desencadenar la rendición de cuentas se absorbe como ruido de fondo.
La lección de la tragedia ferroviaria española es inequívoca. Cuando las instituciones decaen, el mal funcionamiento deja de ser una anomalía y se convierte en la norma, hasta que la realidad interviene con fuerza. La tragedia ya no es una excepción; es la consecuencia inevitable de una negligencia prolongada. España está pagando ahora el precio de este proceso, no en vidas humanas.
Por eso Adamuz no puede tratarse como un capítulo cerrado o un percance técnico. Es una advertencia política. Y advertencias de esta magnitud exigen algo más que investigaciones y condolencias. Exigen un cambio político urgente, antes de que el fracaso institucional se cobre sus próximas víctimas.