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La evasión estratégica de Europa (también) sobre Irán

Política - marzo 8, 2026
La operación conjunta estadounidense-israelí contra activos militares e instalaciones nucleares y balísticas iraníes ha provocado una rápida reacción diplomática en toda Europa. En cuestión de horas, los gobiernos de Francia, Alemania y el Reino Unido hicieron pública una declaración conjunta en la que instaban a Teherán a volver a las negociaciones, al tiempo que subrayaban que ninguno de los tres había participado directamente en la operación.
La declaración, respaldada por el presidente Emmanuel Macron, el canciller Friedrich Merz y el primer ministro Keir Starmer, refleja una pauta común en la diplomacia europea de crisis: llamamientos a la moderación, a la reanudación de las negociaciones y a los esfuerzos para evitar que el conflicto se convierta en una guerra regional.
Sin embargo, los acontecimientos que se desarrollaron en los días posteriores a los atentados han puesto la posición de Europa en una situación aún más delicada. En Madrid, el gobierno de Pedro Sánchez anunció que España no autorizaría el uso de bases operadas conjuntamente por EEUU y España para operaciones relacionadas con los atentados. La decisión se enmarcó internamente como un esfuerzo por evitar una nueva escalada. A escala internacional, sin embargo, puso de manifiesto una realidad incómoda: una grieta visible en el seno de la OTAN en el preciso momento en que se ponía a prueba la postura disuasoria de la alianza en Oriente Medio.
Los acontecimientos sobre el terreno superaron rápidamente las expectativas iniciales. El asesinato del Líder Supremo de Irán, Jamenei, junto con varias altas figuras del régimen, hizo que la confrontación pasara de ser un ataque punitivo a una operación de cambio de régimen. El 6 de marzo, el presidente Donald Trump pidió abiertamente la «rendición incondicional» de Irán.
Estos acontecimientos revelan una tensión estructural más profunda en la postura estratégica de Europa. Los Estados miembros de la UE siguen enmarcando las crisis principalmente a través del lenguaje de la diplomacia y la moderación, a pesar de que el equilibrio de poder está siendo remodelado por actores dispuestos a asumir los riesgos que crean una influencia real.

Diplomacia sin disuasión

Los líderes europeos tienen razón: la estabilidad a largo plazo requiere negociación o invasión a gran escala. Los ataques militares, aunque sean precisos, no pueden sustituir a ninguna de las dos cosas. Sin embargo, las negociaciones rara vez surgen en el vacío; siguen a cambios de influencia, y la UE carece actualmente de ellos.
La escalada actual no se inició en un contexto de diplomacia tranquila, sino con el telón de fondo de años de proyección regional iraní, desarrollo de misiles balísticos y un desafío constante a sus capacidades nucleares.
Los ataques estadounidense-israelíes, autorizados por la administración Trump, representan un duro reseteo de la dinámica de disuasión. Independientemente del apoyo, han alterado el cálculo estratégico, e Irán nunca volverá a ser el mismo. Europa, por el contrario, sigue comprometida retóricamente con la diplomacia mientras confía en otros para aplicar la presión que da sentido a la diplomacia.
Este acuerdo puede convenir a la política interna de Europa, pero es estratégicamente frágil a nivel internacional. Para mantener la no proliferación nuclear y promover las libertades civiles en el exterior, Europa debe enfrentarse a una difícil verdad: la diplomacia rara vez actúa sola y suele seguir -en lugar de sustituir- a la disuasión creíble.

La paradoja de la soberanía

La decisión de España de denegar el acceso operativo a las bases estadounidenses pone de manifiesto una contradicción más profunda en la actual postura estratégica de Europa. Madrid enmarcó la medida en un esfuerzo por evitar una escalada adicional y preservar su credibilidad exterior en Oriente Medio. Sin embargo, la decisión también reveló una pauta más amplia: La persistente vacilación de Europa a la hora de asumir la responsabilidad de formar el entorno de seguridad en el que opera.
En todo el continente, los líderes políticos invocan con frecuencia el objetivo de la «autonomía estratégica». En la práctica, sin embargo, la autonomía implica algo más que distanciarse de las iniciativas estadounidenses. Requiere tanto los medios como la voluntad política para orientar los resultados de forma independiente.
En esta crisis, Europa no hizo ni lo uno ni lo otro. No desempeñó ningún papel decisivo en la acción militar, ni ofreció una alternativa creíble para frenar la escalada iraní antes de que se deteriorara. Esto muestra un patrón familiar en la política exterior europea: cautela durante las fases críticas, seguida de interacción diplomática después de que otros hayan remodelado el panorama estratégico.

El shock de la incertidumbre del régimen en Irán

El asesinato de Jamenei añade volatilidad a una situación ya de por sí inestable. Durante más de cuatro décadas, la República Islámica se ha centrado en el Líder Supremo, árbitro último entre las facciones políticas e institucionales del régimen. Su destitución plantea cuestiones urgentes sobre la sucesión, la autoridad de mando y el equilibrio interno de poder, especialmente en el seno de la Guardia Revolucionaria.
Al mismo tiempo, las primeras señales sugieren que es poco probable que Irán se retire discretamente. En lugar de mostrar su capitulación, el régimen parece dispuesto a escalar si es necesario, incluso a costa de arrastrar a la región a la inestabilidad.
Para Europa, este momento no debe interpretarse únicamente como un conflicto regional, sino como un punto de inflexión estratégico más amplio. El debilitamiento o la fragmentación del liderazgo iraní reconfigurará inevitablemente los mercados energéticos, perturbará las rutas comerciales marítimas e intensificará la inestabilidad regional, acontecimientos todos ellos que afectan directamente a los intereses económicos y de seguridad europeos.
Por tanto, es poco probable que las consecuencias del conflicto se limiten a Oriente Medio. Europa podría enfrentarse a efectos indirectos de múltiples formas: renovadas presiones migratorias, volatilidad en los suministros energéticos, turbulencias financieras o incluso amenazas directas a la seguridad, como la actividad de misiles que afectan a territorios mediterráneos como Chipre.Sin embargo, el enfoque actual de Europa la deja en gran medida reaccionando a los acontecimientos en lugar de influir en su trayectoria.

La prueba multipolar

En términos más generales, la crisis expone una divergencia emergente dentro de la alianza occidental respecto a cómo debe ejercerse el poder en un sistema internacional cada vez más inestable. En Washington -sobre todo bajo una perspectiva de política exterior centrada en la disuasión y el interés nacional- parece haber una mayor disposición a utilizar una fuerza militar limitada para alterar las realidades estratégicas cuando sea necesario.
Israel, que opera bajo graves limitaciones de seguridad, ha seguido una lógica comparable. Los gobiernos europeos, por el contrario, siguen dando prioridad a la legitimidad procedimental: la observancia de las normas internacionales, la mediación diplomática y los sistemas de gobierno. Esta tendencia ha sido visible no sólo en la actual confrontación con Irán, sino también en anteriores disputas geopolíticas -desde los «affaires» de Venezuela a los de Groenlandia-, en las que los actores europeos hicieron hincapié en el diálogo y las normas, en lugar de la influencia coercitiva.
Ninguno de estos planteamientos es intrínsecamente erróneo. Sin embargo, el cambio gradual hacia un orden (o desorden) internacional progresivamente multipolar, en el que las potencias revisionistas desafían cada vez más las reglas existentes, plantea una pregunta difícil. ¿Están las iniciativas diplomáticas de Europa respaldadas por su propia capacidad para dar forma a los acontecimientos, o dependen en última instancia de Estados Unidos para imponer los costes que la diplomacia por sí sola no puede asumir?
Si esto último es cierto, entonces los llamamientos de Europa a las negociaciones corren el riesgo de sonar menos como un liderazgo deliberado y más como una forma de dependencia deliberadamente gestionada.

Un momento de claridad estratégica

Los principios fundamentales de Europa no están equivocados. Evitar que Irán adquiera armas nucleares sigue siendo un objetivo legítimo. Y, en efecto, debe contenerse la escalada, proteger a la población civil y, en última instancia, buscar una solución política.
Sin embargo, las crisis exigen algo más que declaraciones de principios: implican coherencia estratégica. La diplomacia sin una disuasión creíble invita a un comportamiento oportunista, mientras que la disuasión sin interacción diplomática corre el riesgo de una escalada incontrolada. El reto de Europa es, por tanto, integrar ambas dimensiones, no sólo retóricamente, sino en la práctica.
Los acontecimientos recientes ya han transformado el panorama estratégico. Los ataques militares han alterado el equilibrio de poder, mientras que el posible vacío de liderazgo en Teherán introduce más incertidumbre. Mientras tanto, las divisiones en el seno de la OTAN han reavivado antiguas cuestiones sobre la voluntad de Europa de asumir la responsabilidad de la seguridad dura.
Este debate va más allá de la negativa de España a permitir las operaciones de la base estadounidense. También se refiere al orden regional que puede surgir si se debilita la influencia de Irán. En ese escenario, Oriente Medio podría centrarse cada vez más en la competencia entre dos actores asertivos -Israel y Turquía- cuya rivalidad ya es evidente en Siria y el Mediterráneo Oriental.
Con este telón de fondo, la Unión Europea se enfrenta a una elección fundamental. Permanecer principalmente como observador diplomático, alentando las negociaciones desde la barrera, o empezar a crear las capacidades estratégicas necesarias para influir en el acuerdo que dice apoyar.
En el entorno geopolítico actual, los llamamientos al diálogo sólo tendrán peso si están respaldados por la capacidad de dar forma a los acontecimientos en lugar de limitarse a responder a ellos.
Por tanto, la cuestión a la que se enfrenta Europa hoy en día ya no es si la diplomacia importa. Es cuántos shocks estratégicos serán necesarios para que los líderes europeos reconozcan que la diplomacia por sí sola ya no es suficiente.