Hoy, armas estadounidenses; mañana, cooperación entre los países europeos; y también fabricación en Ucrania: la seguridad del continente se basará en la capacidad de actuar, no en eslóganes sobre la autosuficiencia.
«Desarrollar nuestras propias capacidades lleva tiempo. Ahora mismo, no tenemos tiempo». Estas palabras, pronunciadas por el jefe de la Luftwaffe, el teniente general Holger Neumann, en una entrevista publicada por POLITICO el 13 de julio, reflejan el dilema estratégico al que se enfrenta Europa en su conjunto. El continente tiene que reconstruir una base industrial de defensa más amplia, innovadora y resistente. Pero también tiene que subsanar, ya, las carencias operativas que se han ido acumulando durante décadas, en las que la seguridad se daba por sentada y se consideraba algo prácticamente gratis.
La advertencia de Neumann no es una admisión de derrota ante la superioridad tecnológica estadounidense. Al contrario, es un llamamiento a la seriedad. La disuasión no se mide en comunicados, sino en los sistemas disponibles, las reservas, el personal cualificado, el mantenimiento y la capacidad de reponer las pérdidas. Una plataforma prometida para 2035 no va a interceptar un misil en 2027. Un programa industrial ambicioso no puede sustituir a un arma probada cuando la necesidad es inmediata.
Hora militar y hora industrial
En 2022, Alemania aprobó la compra de 35 aviones estadounidenses F-35A por un importe aproximado de 8.3 mil millones de euros. Estos aviones están pensados para sustituir a la flota de Tornado, incluso en la función que le corresponde a Berlín según los acuerdos de reparto nuclear de la OTAN. Es un caso revelador: comprar una plataforma estadounidense no significa necesariamente que quieras dejar de lado la industria europea. Más bien puede reflejar la necesidad de contar con una capacidad que ya existe y que es compatible con las fuerzas aliadas.
La cuestión no es elegir, de una vez por todas, entre lo «estadounidense» y lo «europeo». La cuestión es diferenciar entre la urgencia y la estrategia a largo plazo. En el futuro inmediato, los países europeos tienen que poder comprar lo que funciona y lo que se puede entregar en un plazo acorde con la amenaza. Al mismo tiempo, tienen que invertir en su propia investigación, producción, competencias y cadenas de suministro. Mezclar estos dos horizontes es como convertir la autonomía estratégica en una forma de desarme voluntario.
La Unión Europea ha creado el instrumento SAFE, que pone a disposición hasta 150 000 millones de euros en préstamos para apoyar la inversión y la contratación conjunta. Sus normas tienen como objetivo reforzar la base industrial de Europa y establecen, por regla general, que el coste de los componentes procedentes de fuera de la UE, del Espacio Económico Europeo y de Ucrania no debe superar el 35 % del coste estimado de los componentes del producto final.
Es una política comprensible: sin pedidos ni demanda agregada, la industria europea no puede ampliar su producción. Sin embargo, un porcentaje de contenido europeo no supone, por sí solo, una capacidad militar. Bruselas puede financiar e incentivar, pero no puede, por decreto, acortar el tiempo de desarrollo de un avión de combate, un interceptor o un misil de crucero.
Europa es más grande que la Unión Europea
El nuevo programa anglo-alemán de armas de largo alcance muestra cómo podría ser el método más eficaz. Este proyecto, puesto en marcha en el marco del Acuerdo de Trinity House firmado por Londres y Berlín en 2024, prevé una capacidad con un alcance de más de 2.000 kilómetros.
En marzo de 2026, el Gobierno británico lo describió como una futura familia de misiles de crucero furtivos y armas hipersónicas, que en un principio se lanzarían desde tierra, aunque con posibles aplicaciones aéreas y marítimas, y cuya entrada en servicio está prevista para la década de 2030. Además, se ha anunciado que la colaboración está abierta a otros socios.
The Telegraph presentó la iniciativa como una ruptura del eje franco-alemán y un golpe para la industria armamentística francesa. Es un enfoque periodístico eficaz, pero los documentos oficiales apuntan a una realidad más compleja. El aumento de la cooperación entre Londres y Berlín no significa necesariamente que se esté dejando de lado a París. Más bien sugiere que la defensa europea se está volviendo más policéntrica y más flexible en su estructura.
En julio de 2026, doce aliados —entre ellos el Reino Unido, Alemania y Francia— anunciaron su intención de invertir un total de 50 660 millones de dólares en capacidades de ataque de precisión a gran profundidad a lo largo de diez años. Londres también mantiene el programa Stratus junto con Francia e Italia. Por lo tanto, en Europa no se está produciendo una simple sustitución de un eje por otro, sino la aparición de una red de alianzas que se solapan, construida en torno a capacidades que están realmente disponibles.
La lección política es importante. La seguridad de Europa no coincide con las fronteras institucionales de la Unión Europea. Puede que el Reino Unido esté fuera de la UE, pero sigue siendo una potencia de la OTAN con armas nucleares y uno de los principales actores militares e industriales del continente. Excluirlo de cualquier plan serio de defensa europea equivaldría a un autolesionismo estratégico.
Tampoco hace falta un único «campeón europeo» impuesto desde arriba, ni un ejército federal creado antes de que exista una voluntad política común y una cadena de mando creíble. Lo que se necesita son coaliciones entre países capaces de definir necesidades comunes, financiar programas, distribuir el trabajo industrial y asumir la responsabilidad de los resultados.
La cooperación anglo-alemana no va en contra de Europa. Nos recuerda que la verdadera Europa es una comunidad de Estados, no un sinónimo burocrático de la Unión Europea.
De la asistencia a la producción
El tercer elemento de la nueva arquitectura es Ucrania. El Wall Street Journal informó el 21 de julio de que una empresa ucraniana empezará a fabricar bajo licencia el obús ligero L119, diseñado por BAE Systems, empezando por un modelo de prueba.
Esto no quiere decir que Kiev esté ya preparada para fabricar sistemas muy complejos, como los misiles interceptores Patriot. Sí significa, sin embargo, que la relación entre Ucrania y la industria occidental está empezando a cambiar: se está pasando de la simple transferencia de armas a la creación de capacidad de fabricación local.
Este cambio ya se nota en otros programas paralelos. El 15 de julio, BAE Systems y el Gobierno británico anunciaron la entrega de los primeros elementos de un pedido de 150 cañones de artillería de calibres 105 mm y 155 mm, forjados en el Reino Unido y destinados a su acabado e integración en Ucrania. Las primeras cuatro piezas forjadas se enviaron como muestras de desarrollo para que los socios ucranianos pudieran validar sus procesos industriales.
Unos días antes, una declaración conjunta franco-ucraniana había formalizado la autorización francesa para la producción bajo licencia en Ucrania de munición AASM y misiles SCALP. Francia e Italia también han autorizado la producción bajo licencia de interceptores Aster 30, con el objetivo declarado de ponerla en marcha lo antes posible. Así que la situación está más avanzada que la perspectiva, aún incierta, de una licencia estadounidense para fabricar interceptores Patriot.
Nada de esto justifica el triunfalismo. Fabricar un obús es muy diferente a producir un interceptor de alta tecnología. El Wall Street Journal señaló los obstáculos con los que se toparon iniciativas occidentales anteriores: la seguridad de las plantas, la falta de inversión y de pedidos, la protección de la propiedad intelectual, la dificultad para conseguir materiales y maquinaria, y la vulnerabilidad ante los ataques rusos.
Una industrialización de verdad requiere contratos de varios años, financiación predecible, protección física, formación técnica y un reparto de riesgos creíble.
Y, sin embargo, van por buen camino. Ucrania tiene algo de lo que carece gran parte de Europa Occidental: un ciclo extremadamente rápido entre la experiencia operativa, la adaptación técnica y la información que llega del campo de batalla. Ha desarrollado una experiencia reconocida en drones y guerra electrónica, y ha adquirido conocimientos de primera mano sobre el combate de alta intensidad.
Incorporar a Ucrania a la base industrial euroatlántica no sería un acto de caridad. Sería una inversión en la seguridad colectiva.
La soberanía no significa autarquía
De estos tres casos se desprende una estrategia con varias vertientes. En primer lugar, los europeos deben adquirir de Estados Unidos y otros aliados las capacidades que no pueden esperar. En un segundo nivel, tienen que desarrollar sus propios sistemas mediante una cooperación intergubernamental práctica, abierta a los países que cuenten con tecnología, capital y voluntad política. En un tercer nivel, tienen que integrar a Ucrania como centro de fabricación, experimentación e industria para la seguridad futura del continente.
Este enfoque es más realista que tanto la autarquía como la dependencia permanente. Comprar productos estadounidenses hoy en día no debe convertirse en una excusa para posponer indefinidamente la reconstrucción de la industria de defensa europea. Sin embargo, «comprar productos europeos» tampoco puede convertirse en un dogma que obligue a las fuerzas armadas a esperar sistemas que aún no están disponibles.
La soberanía no significa fabricar cada tornillo dentro de tus propias fronteras. Significa poder elegir, mantener, reponer y desplegar las capacidades necesarias sin que te paralice un único proveedor o una única decisión política externa.
Además, es una visión que encaja con el principio conservador de una Europa de naciones independientes, que cooperan en beneficio mutuo sin dejar de preservar su identidad, su legitimidad democrática y su responsabilidad. La OTAN debe seguir siendo el marco estratégico y operativo. La Unión Europea puede movilizar capital, facilitar la adquisición conjunta y apoyar la investigación. Los Estados deben definir la amenaza, tomar las decisiones y rendir cuentas ante sus ciudadanos. La industria, por último, debe convertir las asignaciones presupuestarias en capacidades reales.
El verdadero error sería seguir hablando de «autonomía estratégica» como si fuera una etiqueta de «país de origen». Europa será autónoma no cuando deje de comprar armas estadounidenses, sino cuando ya no se vea obligada a hacerlo por falta de alternativas.
Será más fuerte cuando Londres, Berlín, París, Roma, Varsovia y el resto de aliados puedan construir juntos sin esperar a un único modelo institucional; y cuando Kiev no sea solo el lugar donde se usan las armas occidentales, sino también uno de los lugares donde se diseñan, producen y mejoran.
Las armas estadounidenses pueden cubrir las carencias actuales. Las alianzas entre los países europeos pueden desarrollar las capacidades del futuro. La industria ucraniana puede aportar al continente solidez, experiencia y rapidez.
Esto no supone una renuncia a la soberanía europea. Es la única forma concreta de empezar a ejercerla.