Cuando el Papa visitó España este mes, toda la atención se centró en las ceremonias oficiales, el simbolismo diplomático y las multitudes que se reunieron para darle la bienvenida. Sin embargo, la visita tuvo un significado que fue más allá del protocolo. Le recordó al mundo que España sigue siendo una nación católica. Le recordó al propio Papa que España sigue siendo una nación católica. Y, quizás lo más importante, les recordó a muchos españoles esa misma verdad.
Durante décadas, la idea generalizada ha sido que España se había vuelto definitivamente poscristiana: un país en el que su herencia católica era cosa de museos, libros de historia y folletos turísticos, en lugar de formar parte de la vida pública cotidiana. Las imágenes de los últimos días han puesto en tela de juicio esa suposición.
El entusiasmo con el que se recibió al Santo Padre no fue solo una cuestión de cortesía institucional o nostalgia cultural. Reflejaba a un pueblo que sigue reconociendo el catolicismo como un componente esencial de su identidad nacional. No hace falta pasar por alto la creciente secularización de España para reconocer que sus instintos civilizatorios más profundos siguen estando profundamente marcados por el cristianismo.
Quizá lo más llamativo de la visita fue la propia reacción del Papa. A los observadores no se les pasó por alto que se le notaba emocionado en algunos momentos al sentir la calidez y el cariño de los españoles de a pie. En una Europa que a menudo se describe como indiferente —o incluso hostil— hacia la expresión religiosa, España ofreció una imagen diferente: una de acogida sincera, fe viva y un vínculo duradero con la Sede de Pedro.
Pero el viaje del Papa no solo despertó admiración. No dejó indiferente a casi nadie. Tanto creyentes como no creyentes seguían sus discursos con una atención inusual, conscientes de que no se dirigía solo a los católicos, sino a los retos morales a los que se enfrentaba la sociedad española en su conjunto.
Su discurso ante el Congreso de los Diputados fue especialmente significativo. Para muchos observadores, evocó inevitablemente el famoso discurso que el papa Benedicto XVI pronunció ante el Bundestag alemán en 2011: un llamamiento a recuperar los fundamentos éticos y filosóficos sobre los que, en última instancia, debe asentarse la política democrática. En lugar de ofrecer recetas partidistas, el papa invitó a los legisladores a redescubrir principios duraderos capaces de guiar la vida pública más allá de los vaivenes de la ideología y los cálculos electorales.
Tampoco rehuyó las preguntas difíciles. Sobre la migración —un tema que sigue dividiendo a las sociedades europeas— expuso una visión que buscaba conciliar dos principios que con demasiada frecuencia se presentan como irreconciliables: la subsidiariedad y la solidaridad. El deber legítimo de los Estados de garantizar la seguridad, preservar el orden público y ejercer un control efectivo sobre sus fronteras no tiene por qué contradecir la obligación humanitaria de reconocer la dignidad de cada persona y ayudar a quienes realmente lo necesitan. Según sus comentarios, una política migratoria sensata requiere tanto prudencia como compasión, en lugar de sacrificar una en favor de la otra.
El simbolismo de terminar su viaje por España en las Islas Canarias le dio una fuerza especial a ese mensaje. Pocos lugares ilustran con tanta claridad las complejidades de la migración actual. Durante años, el archipiélago ha estado en primera línea de las rutas de migración irregular hacia Europa, soportando enormes presiones humanitarias, logísticas y políticas. Al terminar su visita allí, el Papa convirtió principios abstractos en una realidad concreta, demostrando que la solidaridad no puede existir sin responsabilidad y que la responsabilidad pierde su legitimidad moral cuando se separa de la dignidad humana.
Igual de llamativa fue su voluntad de reafirmar la defensa que hace la Iglesia de la santidad de la vida en todas sus etapas. Se pronunció claramente a favor de proteger la vida humana desde la concepción, reiterando la oposición de la Iglesia al aborto e insistiendo en que cada niño por nacer posee una dignidad inherente, independiente de las circunstancias o de su utilidad. En el otro extremo de la vida, advirtió contra la creciente normalización de la eutanasia y el suicidio asistido, argumentando que una sociedad compasiva acompaña a quienes sufren en lugar de facilitar su muerte. Estés de acuerdo o no con estas posturas, pocos podrían acusar al Papa de eludir la controversia moral o de ocultar la doctrina social católica tras el velo de la corrección política. Fue muy claro sobre la postura de la Iglesia en estos debates tan candentes.
Madrid, en particular, merece un reconocimiento. La organización logística de la visita fue ejemplar, demostrando una impresionante capacidad para coordinar un evento de enorme complejidad sin sacrificar ni la accesibilidad ni la solemnidad. Aún más notable fue el fervor popular. Las calles se llenaron no solo de espectadores, sino de peregrinos, familias y jóvenes, cuya presencia demostró que las expresiones públicas de fe siguen resonando profundamente en la sociedad española.
La etapa catalana del viaje tuvo su propio simbolismo. En Montserrat, el Papa descubrió una de las joyas espirituales de Europa, donde la Escolanía del monasterio —el coro de niños más antiguo del continente que sigue en activo— volvió a demostrar el poder de la música sacra para elevar el culto más allá de la política o la ideología. La tradición centenaria del canto gregoriano y la excelencia litúrgica sigue siendo uno de los legados culturales más extraordinarios del cristianismo.
Igual de inolvidable fue la celebración en la Sagrada Familia. En una ceremonia inaugural bañada por un extraordinario espectáculo de luz y color, la obra maestra de Gaudí demostró que la sofisticación tecnológica y la profunda reverencia no son enemigas, sino aliadas cuando se ponen al servicio de la belleza. Los efectos visuales, cuidadosamente orquestados, no distraían de lo sagrado, sino que lo iluminaban. En una época en la que a menudo se tiende a oponer innovación y tradición, la basílica ofreció un contraejemplo convincente: la tecnología, la arquitectura y la creatividad artística pueden estar al servicio de la trascendencia, en lugar de sustituirla.
Esta lección va más allá de la liturgia. En Europa se debate a menudo sobre la competitividad, la transformación digital y el liderazgo tecnológico, pero se suelen pasar por alto los cimientos culturales que dan sentido a ese progreso. La innovación, si se separa de la belleza y la verdad, corre el riesgo de volverse estéril. La Sagrada Familia ha demostrado que las técnicas más avanzadas pueden ponerse al servicio de algo atemporal. Un poderoso recordatorio que debería aplicarse en otros ámbitos, empezando por los principios fundamentales de la UE en estos tiempos de agitación geopolítica, social y económica.
En términos más generales, la visita del Papa invitó a España a recuperar una visión más clara de sí misma. Las universidades del país, sus tradiciones jurídicas, sus logros artísticos, sus instituciones benéficas y su legado histórico mundial se vieron profundamente marcados por el pensamiento católico. La Escuela de Salamanca ayudó a sentar las bases intelectuales del derecho internacional y la dignidad humana, incluida la legitimidad del uso de la fuerza o de la guerra. Los misioneros y eruditos españoles no solo ejercieron influencia política, sino que transmitieron una visión de la persona arraigada en la antropología cristiana.
No se trata solo de curiosidades históricas. Siguen formando parte de la estructura moral sobre la que se asienta la España moderna.
Es imposible saber si el entusiasmo que se vivió durante la visita papal marca el inicio de una renovación religiosa más amplia, aunque eso es lo que parece entre la juventud española —una tendencia que se observa en todo Occidente en general—. Pero sin duda ha puesto de manifiesto lo erróneo que es describir a España simplemente como otro Estado europeo laico, desconectado de su pasado.
Durante unos días memorables, el mundo volvió a darse cuenta de que la identidad católica de España no es una reliquia arqueológica, sino una realidad viva. El Papa también se dio cuenta de ello, visiblemente conmovido por el cariño con el que fue recibido.
Y quizá la mayor sorpresa de todas fue que muchos españoles parecieron redescubrir por sí mismos esa misma verdad. Tras años en los que estaba de moda restar importancia o incluso negar la herencia espiritual del país, se vieron reconociendo algo que había estado oculto a plena vista: España es, a pesar de todo, una nación católica.