La crisis energética no ha afectado a Europa de manera uniforme, ni ha tenido los mismos efectos en todos los países de la Unión Europea, por lo que podemos afirmar que la energía ya no es sólo una cuestión técnica, sino profundamente política, y la forma en que los dirigentes de la Unión Europea gestionan los riesgos dice mucho de nuestro futuro. Está claro que los países europeos están atravesando la misma crisis, pero con recursos y resultados diferentes, y las lecciones que han aprendido son incómodas e imposibles de ignorar.
El análisis comparativo del estudio «Garantizar el suministro: Repensar la energía en una Europa cambiante», realizado en diciembre de 2025, parte de esta realidad fundamental y la transforma en una clave de interpretación del presente europeo. Vivimos, pues, en una Unión Europea construida sobre la diversidad económica, histórica y política, que ha hecho de la energía una prueba de coordinación, solidaridad y madurez institucional. La forma en que las distintas regiones han gestionado el choque energético dice tanto de las infraestructuras y los recursos como de la gobernanza, la visión y la confianza. El análisis comparativo llevado a cabo por los autores Rota Šņuka y Reinis Āboltiņš muestra que las oportunidades y vulnerabilidades no se distribuyen uniformemente, por lo que las regiones con economías diversificadas, acceso a múltiples fuentes de energía e instituciones fuertes han podido mitigar el impacto de la crisis energética mucho más rápidamente. En cambio, las zonas e, implícitamente, los países dependientes de un número limitado de proveedores o de industrias con un uso intensivo de energía, estuvieron mucho más expuestos. Esta discrepancia no es accidental, sino el resultado de opciones políticas y económicas a largo plazo, y el estudio encargado por el ECR sugiere que la energía se ha convertido en un espejo que refleja las diferencias estructurales entre las regiones de Europa. Desde esta perspectiva, la actual crisis energética que estamos viviendo puede interpretarse también como una verdadera prueba de la capacidad de Europa para anticiparse a la situación actual, y no sólo para reaccionar ante ella. Muchas de las vulnerabilidades actuales de los sistemas energéticos eran conocidas o al menos previsibles, pero sin embargo se pospusieron en la agenda política por razones de coste, conveniencia o consenso complicado. La falta de una cultura estratégica europea común en el ámbito de la energía hizo que las repetidas advertencias se trataran superficialmente y que las soluciones se aplicaran con bastante retraso. La crisis aceleró procesos que deberían haberse producido gradualmente, obligando a las instituciones y a los Estados miembros a actuar bajo presión.
Las oportunidades identificadas en el estudio «Garantizar el suministro: Repensar la energía en una Europa cambiante» son reales, pero no están exentas de condiciones. Algunos de los Estados miembros que han invertido en innovación, capacidad de producción local y eficiencia energética han conseguido convertir la crisis actual en un impulso para la modernización. En estos casos, la transición energética no se ha visto como una mera obligación impuesta por Bruselas, sino como una oportunidad de reposicionamiento económico y estratégico. Sin embargo, el estudio nos advierte de que estos ejemplos no pueden reproducirse mecánicamente y que, en el contexto local, la capacidad administrativa y el apoyo público se consideran factores decisivos. La ampliación de la capacidad de producción nacional, sobre todo en el campo de las energías renovables, se presenta como una dirección estratégica importante, pero no exenta de tensiones, ya que la transición energética implica elevados costes sociales y económicos a corto plazo, aunque los beneficios a largo plazo sean innegables. Las diferencias entre regiones y Estados miembros en cuanto a la aceptación pública de los proyectos energéticos, la adaptación del mercado laboral y el acceso a la financiación pueden amplificar las desigualdades existentes. En ausencia de políticas compensatorias, esta transición energética corre el riesgo de convertirse en un nuevo factor de polarización. El análisis comparativo realizado por Rota Šņuka y Reinis Āboltiņš pone de relieve el riesgo de fragmentación energética, en la que los países más fuertes consolidan sus ventajas, mientras que los más vulnerables permanecen atrapados en un círculo vicioso de dependencia e inversión insuficiente. Esta dinámica amenaza no sólo la cohesión energética, sino también el proyecto político europeo en su conjunto, porque la energía, en este sentido, se convierte en una prueba de solidaridad real, no sólo declarativa. Un nivel adicional del estudio se refiere a la relación entre la energía europea y la posición de la Unión Europea en el sistema internacional, porque las dependencias energéticas han limitado repetidamente el margen de maniobra diplomático de la Unión, exponiéndola a presiones geopolíticas externas. Precisamente por eso debemos entender que la seguridad energética es inseparable del concepto de autonomía estratégica, cada vez más presente en el discurso político europeo, pero aún insuficientemente traducido en políticas coherentes y operativas a escala de la UE.
La seguridad energética, una cuestión de interés común
El capítulo del estudio «Garantizar el suministro: Repensar la energía en una Europa cambiante», dedicado al contexto político de la Unión Europea y la gestión estratégica del riesgo, pone de relieve un cambio de paradigma esencial. Durante décadas, la política energética europea ha estado dominada por la lógica del mercado, la eficiencia y la reducción de costes, mientras que el riesgo geopolítico se ha tratado como algo marginal, una posibilidad lejana. Sin embargo, la reciente crisis, provocada principalmente por el conflicto ruso-ucraniano, ha demostrado que este enfoque es insuficiente. La energía no puede separarse de la política, y la seguridad del suministro no puede dejarse únicamente en manos del mercado. El estudio muestra que la Unión Europea ha empezado a integrar con cierto retraso la gestión estratégica de los riesgos en sus políticas energéticas, pero el proceso sigue siendo incompleto. Identificar los riesgos, diversificar las fuentes y crear reservas estratégicas son pasos importantes, pero su eficacia depende de la coordinación y la capacidad de aplicación. Las diferencias entre los Estados miembros en cuanto a prioridades y recursos complican este proceso, y a falta de una visión común, existe el riesgo de que las medidas sigan siendo fragmentarias y reactivas.
Un elemento central del nuevo enfoque es el reconocimiento por parte de los responsables políticos de que la seguridad energética es una cuestión de interés común, porque ningún Estado miembro puede gestionar los riesgos sistémicos por sí solo. La interdependencia es inevitable, y los intentos de aislamiento pueden crear vulnerabilidades adicionales. Sin embargo, esta interdependencia requiere un alto nivel de confianza y una gobernanza eficaz, aspectos que no están uniformemente desarrollados en todos los países de la Unión Europea. La gobernanza de las políticas europeas y la dinámica institucional aportan una perspectiva crítica al modo en que se toman las decisiones, porque la estructura de múltiples capas de la Unión Europea, con competencias compartidas entre los niveles europeo, nacional y regional, puede ser tanto una fortaleza como una debilidad. En el contexto de la crisis energética, esta complejidad ha provocado a veces retrasos, confusión y solapamiento de competencias, y la falta de claridad institucional puede socavar la eficacia de la respuesta a la crisis. La gobernanza energética europea se enfrenta actualmente a un dilema fundamental. Por un lado, podemos argumentar que la coordinación central es necesaria para gestionar los riesgos sistémicos y garantizar la solidaridad, mientras que, por otro, debemos reconocer que algunos estados y regiones insisten en la autonomía, citando las especificidades locales y la responsabilidad democrática. Precisamente por eso, el futuro de la política energética europea dependerá de la capacidad de equilibrar estas dos necesidades aparentemente contradictorias. Otro aspecto crucial es el papel de las instituciones europeas en la creación de un marco previsible, ya que las inversiones energéticas requieren estabilidad y confianza, y la incertidumbre política y los frecuentes cambios normativos pueden desalentar las iniciativas a largo plazo. En este sentido, la gobernanza no debe considerarse una mera cuestión administrativa, sino un factor determinante de la seguridad energética.

La dimensión social es un tema recurrente en el estudio de Rota Šņuka y Reinis Āboltiņš, ya que las políticas energéticas corren el riesgo de ser percibidas como tecnocráticas y desconectadas de las realidades cotidianas de los ciudadanos. Las subidas excesivas de precios, las medidas de austeridad energética y la transición acelerada pueden generar descontento si no van acompañadas de mecanismos de protección social. En ausencia de tales mecanismos, el apoyo público a las políticas europeas corre el riesgo de erosionarse, alimentando el populismo y el euroescepticismo. El análisis comparativo muestra que las regiones que han gestionado estas tensiones con mayor eficacia son las que han integrado las políticas energéticas en una visión más amplia del desarrollo, vinculando la energía al empleo, la innovación, la cohesión social y la identidad regional. Este enfoque holístico parece ser una de las lecciones más importantes de la crisis. La combinación del análisis regional, el contexto político europeo y la dinámica institucional dibuja el panorama de una Europa en profunda transformación, ya que esta crisis energética ha puesto de manifiesto las limitaciones del viejo modelo, al tiempo que ha creado las condiciones para una reforma estructural. El futuro de la seguridad energética europea dependerá no sólo de la tecnología o la inversión, sino de la capacidad de la Unión Europea para aprender de la crisis y construir un marco de gobernanza adaptado a un mundo inestable. Podemos decir que Europa se encuentra en una encrucijada, pero puede tratar la crisis energética como un episodio temporal o convertirla en un catalizador del cambio. Está en juego no sólo la seguridad del abastecimiento, sino la credibilidad del proyecto europeo en su conjunto, porque la energía se ha convertido en una prueba de la madurez política de la Unión, y el resultado de esta prueba tendrá consecuencias mucho más allá del sector energético.