Las mil y una noches de Sánchez: gobernar con una legitimidad prestada

Legal - 30 de septiembre de 2026

Sherezade contaba historias para seguir viva; cada noche dejaba la historia a medias, sin terminar ni el relato ni la trama, y prometía que habría más. El resultado de sus esfuerzos era que la llegada del amanecer nunca traía consigo la decisión final. En Las mil y una noches, ganar tiempo significaba salvar la vida.

Pedro Sánchez ha convertido este tipo de retrasos en una forma de gobernar; no es casualidad que su autobiografía se titule «Manual de resistencia» (2019). Siempre hay otra negociación que cerrar, otro acuerdo que anunciar y otra situación que, supuestamente, exige paciencia. El capítulo siguiente promete abordar lo que el anterior dejó pendiente. Mientras tanto, el presidente sigue en el cargo.

España ya lleva 1.000 días sin presentar un nuevo presupuesto nacional, y las cuentas financieras aprobadas en 2022 para el ejercicio 2023 siguen utilizándose para financiar el funcionamiento del Gobierno, mientras se acerca la fecha límite para presentar el presupuesto de 2027. Cuanto más se alargan estas prórrogas, mayor es la brecha entre el país para el que se pensaron estas cuentas y el país al que ahora tienen que servir; del mismo modo, aumenta la brecha entre haber tomado posesión legítimamente y seguir teniendo el poder político para gobernar.

Esa distinción es importante. Sánchez llegó a ser presidente del Gobierno tras una votación de investidura en el Parlamento. Que no haya un nuevo presupuesto no anula esa votación, ni convierte automáticamente a su Gobierno en ilegal. Sin embargo, la legitimidad política requiere algo más que recordar simplemente el día en que se reunieron los votos suficientes para entrar en el Palacio de la Moncloa. Requiere la capacidad de ponerse de acuerdo sobre una línea de actuación, asumir la responsabilidad y someter las decisiones fundamentales al criterio de los representantes del pueblo.

Un presupuesto da forma concreta a esa capacidad. Convierte las promesas en prioridades y, a su vez, las prioridades en financiación comprometida. Obliga a los aliados parlamentarios a decidir qué programa están dispuestos a apoyar juntos. De lo contrario, resulta cada vez más difícil distinguir entre una mayoría gobernante y un grupo de partidos cuyo interés común es impedir un cambio de gobierno.

La Constitución española asigna al Gobierno la obligación de elaborar los presupuestos y otorga al Parlamento la función de examinarlos, modificarlos y aprobarlos. La Constitución establece que los presupuestos sean anuales, exige que se presenten a tiempo y permite prorrogar las cuentas del ejercicio anterior si los nuevos presupuestos no se han aprobado antes de que comience el nuevo ejercicio presupuestario. Esta continuidad está garantizada específicamente por el artículo 134. Sin embargo, el hecho de que la prórroga sea una opción legal no significa que un Gobierno tenga credibilidad política cuando tiene que recurrir a ella una y otra vez.

Ahí es donde radica el problema de Sánchez con su legitimidad. El hecho de que el Gobierno haya podido seguir adelante significa que hay medidas en marcha para evitar la parálisis. Sin embargo, esto no demuestra que el presidente del Gobierno cuente con una mayoría que pueda respaldar su programa.

La legitimidad política se pierde cuando los que están en el poder no se enfrentan nunca a ese tipo de pruebas que muestran cuánto apoyo tienen. Dejar que se elabore un nuevo presupuesto cada año significa que sigue sin resolverse una decisión importante: a saber, qué piensa hacer el Gobierno con el dinero de los contribuyentes y qué representantes elegidos asumirán la responsabilidad de tomar esas decisiones. Limitarse a hacer anuncios, introducir medidas puntuales o llegar a acuerdos de vez en cuando no basta para dar una respuesta completa.

El rendimiento económico tampoco puede ser decisivo en este asunto, ya que incluso en condiciones favorables la rendición de cuentas es necesaria. Si se aceptara que el crecimiento compensa la incapacidad de aprobar un presupuesto, el control democrático pasaría a depender de la situación económica del momento. La responsabilidad parlamentaria debe seguir teniendo valor tanto en tiempos de prosperidad como en tiempos de crisis.

Para los conservadores, el principio en lo que respecta a las instituciones debería estar claro: para lograr la estabilidad, hay que respetar las responsabilidades que conlleva el cargo. Si se usa ese argumento como excusa para mantener a un presidente del Gobierno que no es capaz de conseguir apoyo para decisiones importantes, entonces no tiene sentido. El Estado exige continuidad y el Gobierno debe demostrar que tiene derecho a dirigirlo.

Sánchez debería elaborar un presupuesto, conseguir el apoyo del Parlamento y luego aceptar las consecuencias políticas del resultado. Si sigue sin poder reunir una mayoría presupuestaria sólida, lo correcto es devolver la decisión al electorado. Celebrar unas elecciones sería una respuesta política a un programa de gobierno que se ha agotado, aunque la falta de un presupuesto no implique automáticamente que haya que convocarlas.

A Scheherazade le hacía falta que su historia siguiera adelante. Los españoles quieren un gobierno al que se le pueda exigir algo más que su mera supervivencia. Una nueva promesa de acuerdo cada mil días no es suficiente. Una prórroga permite que el presupuesto siga funcionando. Sin embargo, no devuelve la legitimidad política a un gobierno que vive a costa de los demás.