Pedro, ¿El Grande? Entre la autonomía y el teatro

Política - 15 de mayo de 2026

La alianza transatlántica sigue siendo la asociación estratégica indispensable de Europa. Pero las alianzas, por históricas que sean, no pueden mantenerse a cualquier precio, y menos si una de las partes las trata cada vez más como poco más que un balance.

Los recientes movimientos de España en política exterior y energética sugieren que Madrid se está ajustando silenciosamente precisamente a esa realidad. Especialmente en estos tiempos de cambio del orden mundial y auge de la multipolaridad.

En marzo de 2026, mientras Estados Unidos seguía siendo el principal proveedor de gas natural licuado de España, las importaciones de gas ruso aumentaron drásticamente, representando más de una cuarta parte del total de las importaciones españolas de gas, más del doble que un año antes. Mientras tanto, el presidente Pedro Sánchez ha intensificado su compromiso diplomático con China, realizando su cuarto viaje a Pekín en otros tantos años y ampliando la cooperación bilateral en materia de tecnología, ciencia y comercio. Estos avances han suscitado críticas desde muchos sectores -especialmente desde Estados Unidos y algunos otros socios europeos- que los interpretan como una prueba de deriva ideológica o incoherencia estratégica.

Tales interpretaciones pasan por alto la lógica estructural más amplia que está en juego. España, como gran parte de Europa, está respondiendo a una postura cada vez más transaccional y a veces abiertamente antagonista de Washington. Una administración estadounidense que amenaza con imponer aranceles a los aliados europeos o, si es necesario, tomar territorios por la fuerza (por ejemplo, territorios de socios de la OTAN como Groenlandia), cuestiona compromisos de defensa de larga data y enmarca cada vez más las asociaciones internacionales en términos puramente mercantilistas, obliga inevitablemente a las capitales europeas a reconsiderar sus dependencias estratégicas. Si Washington opta por redefinir la alianza atlántica en términos estrechamente transaccionales, no se puede culpar a Europa por empezar a explorar alternativas.

Sin embargo, eso no debería significar abandonar la asociación atlántica. Lejos de ello, los intereses estratégicos, civilizacionales y de seguridad de Europa siguen estando abrumadoramente alineados con los de Estados Unidos. Ninguna asociación alternativa plausible con China, Rusia o cualquier otra potencia puede replicar la profundidad histórica, cultural, militar y normativa de la relación transatlántica. Europa debe seguir dando prioridad a la alianza atlántica siempre que sea posible.

Pero la priorización no exige pasividad ni exclusividad. Si Estados Unidos insiste cada vez más en negociar con Europa como si fuera una mera contraparte comercial más que un aliado estratégico vinculado por una historia y unos valores compartidos, los Estados europeos buscarán naturalmente un mayor margen de maniobra. En ese contexto, el acercamiento de España a China y la diversificación de sus fuentes de energía no son aberraciones irracionales, sino intentos reconocibles de cobertura y diversificación estratégica.

De hecho, en lo que respecta específicamente a la energía, el comportamiento de España no es único. Refleja pautas más amplias en toda Europa, donde países tan ideológicamente diversos como Hungría o Alemania han seguido, en distintos momentos, estrategias de conectividad y diversificación para maximizar la flexibilidad nacional y minimizar la dependencia excesiva de un único proveedor. Desde este punto de vista, el aumento de las compras de gas ruso por parte de España no debería considerarse, en sí mismo, un escándalo.

El verdadero problema reside en otra parte. La primera preocupación es de profunda hipocresía. El gobierno español no puede presentarse de forma creíble como la vanguardia moral de la transición ecológica de Europa mientras aumenta simultáneamente la dependencia de los hidrocarburos importados. Tampoco puede exigir un apoyo inquebrantable a Ucrania «durante el tiempo que haga falta» mientras aumenta materialmente las compras de energía al mismo agresor que financia su maquinaria bélica. Tales contradicciones no son mera óptica incómoda, sino que socavan la credibilidad de toda la narrativa de la política exterior española.

La segunda preocupación es más política que estratégica. Dados los escándalos de corrupción que envuelven al gobierno de Sánchez -incluidos el escrutinio judicial e incluso las acusaciones que afectan a ministros y a la propia esposa y hermano del presidente del gobierno-, cada vez hay más razones para sospechar que esta novedosa política exterior está siendo instrumentalizada para la supervivencia política interna. Sobre todo si se tiene en cuenta que España celebrará elecciones generales en 2027.

La postura internacional de Sánchez, cada vez más enfrentada, parece adaptada no sólo a los intereses nacionales españoles, sino a la construcción de una marca política personal: el abanderado internacional del bloque progresista, antibelicista, anti-Trump y antinetanyahu. Sus posturas sobre Gaza, Ucrania y cuestiones geopolíticas más amplias a menudo parecen diseñadas menos para impulsar una gran estrategia española coherente que para cultivar un liderazgo simbólico dentro de una circunscripción progresista transnacional.

Esto ayuda a explicar la creciente desconexión entre retórica y realidad. El mismo gobierno que se presenta como defensor de la paz adopta una retórica cada vez más belicosa cuando le resulta políticamente útil. Los mismos dirigentes que pretenden presentarse como protectores de las minorías cristianas y musulmanas en Tierra Santa o que protegen al Papa frente a la retórica incendiaria del presidente Trump han mantenido, en el ámbito interno, un largo historial de hostilidad hacia las instituciones y los símbolos cristianos -incluidas campañas contra el legado y el intento de derribar la cruz más grande del mundo, la del Valle de los Caídos-. La incoherencia es sorprendente.

Por tanto, la búsqueda por España de una mayor autonomía estratégica es comprensible -incluso necesaria- en el actual entorno geopolítico. Europa no puede permanecer estratégicamente infantilizada por Estados Unidos. La diversificación estratégica y un acercamiento diplomático calibrado son respuestas racionales a la incertidumbre en Washington y a la madurez europea.

Pero la autonomía estratégica exige seriedad. No puede convertirse en un eufemismo para el oportunismo, ni en un escudo retórico para el teatro político interno. Si España -y por ende, Europa- busca una mayor autonomía, debe hacerlo de forma coherente, honesta y desde una posición de realismo estratégico, no mediante moralismos selectivos y políticas contradictorias.

La alianza atlántica sigue siendo la piedra angular de la seguridad y la prosperidad europeas. Pero Washington debe comprender que las alianzas no se sostienen mediante la coacción, las amenazas arancelarias o los acuerdos puramente transaccionales. Lo que importa es la historia compartida, los valores y, sobre todo, el respeto estratégico mutuo. Si Estados Unidos lo olvida, no debería sorprenderse cuando incluso sus aliados más cercanos empiecen a replegarse discretamente.

España está haciendo precisamente eso. La cuestión no es si Europa debe buscar una mayor autonomía estratégica. Se trata de si los líderes europeos poseen la disciplina estratégica para perseguirla de forma responsable.