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Una defensa europea más fuerte, pero anclada en la OTAN y en la realidad

Nuestro futuro con la OTAN - febrero 14, 2026

El debate del Parlamento Europeo sobre el refuerzo de las capacidades de defensa de Europa llega en un momento en que la seguridad ya no es un ámbito político abstracto, sino una preocupación estratégica cotidiana. Lo que está en juego no es la creación de nuevos eslóganes o etiquetas institucionales, sino la capacidad de Europa para responder con credibilidad a un entorno internacional cada vez más inestable. El debate europeo sobre la defensa se desarrolla en un contexto de creciente presión estratégica que va mucho más allá del campo de batalla. En los últimos días, la Unión Europea ha intensificado los debates sobre el endurecimiento de las restricciones económicas y logísticas contra Rusia, incluidas las medidas dirigidas a los servicios marítimos vinculados a las exportaciones de energía, mientras lidia simultáneamente con la creciente incertidumbre en la relación transatlántica y la renovada inestabilidad en las capitales de aliados clave. Al mismo tiempo, una densa secuencia de reuniones diplomáticas y cumbres de seguridad ha puesto de manifiesto una conciencia compartida en toda Europa: la disuasión ya no es hoy una cuestión de un solo dominio, sino una prueba de preparación militar, resistencia económica y cohesión política combinadas. Europa no está debatiendo la defensa en abstracto. Lo está haciendo mientras los cimientos de la arquitectura de seguridad posterior a la Guerra Fría están cambiando visiblemente, desde el punto de vista político, militar y estratégico. Este cambio estratégico no se limita al despliegue de tropas o a las doctrinas militares. Implica cada vez más presión económica, control de la logística y resistencia de las cadenas de suministro críticas. Las decisiones tomadas a nivel de la UE sobre sanciones, servicios marítimos y flujos energéticos forman parte ahora de una ecuación de seguridad más amplia, difuminando la línea que separa la política económica de la estrategia de defensa y reforzando la necesidad de coherencia entre ambas.

La cuestión de la OTAN ya no es teórica

Para los Conservadores Europeos, el punto de partida no ha cambiado: una defensa europea más fuerte debe reforzar a la OTAN, no competir con ella. Cualquier iniciativa europea que duplique las estructuras de mando, debilite la interoperabilidad o cree cadenas estratégicas paralelas sería contraproducente.

Los acontecimientos recientes no hacen sino reforzar esta lógica. En toda Europa, esta renovada atención a la defensa refleja un clima de reevaluación estratégica más que un único acontecimiento desencadenante. Los gobiernos están revisando supuestos que durante décadas se dieron por sentados, a menudo en respuesta a señales acumulativas de incertidumbre más que a claras rupturas políticas. El riesgo, en esta fase, es permitir que las reacciones a corto plazo eclipsen la coherencia estratégica a largo plazo.

Según POLÍTICOvarios países europeos -como Suecia, Alemania, Países Bajos y Noruega- han empezado a debatir abiertamente la idea de una fuerza nuclear europea de disuasión construida en torno a las capacidades francesas y británicas, como una forma de «seguro» contra Rusia. Estas conversaciones se han visto aceleradas por las renovadas dudas sobre la fiabilidad del paraguas de seguridad estadounidense, tras la postura de confrontación del presidente Donald Trump hacia sus aliados y su controvertida postura sobre Groenlandia.

Este debate es revelador, pero también peligroso si se malinterpreta. La disuasión nuclear no puede improvisarse, ni puede desvincularse de la OTAN sin graves costes estratégicos. Francia y el Reino Unido poseen arsenales nucleares, pero sus doctrinas, capacidades y limitaciones políticas no están diseñadas para sustituir al marco transatlántico. Como señalan varios expertos citados por POLITICO, ampliar esa disuasión sería lento, costoso y políticamente divisivo, además de arriesgarse a una escalada más que a la estabilidad.

En otras palabras, la propia discusión es un síntoma de inseguridad, no una solución.

La credibilidad de la defensa se construye con capacidades, no con eslóganes

Por eso el ECR insiste en un principio a menudo ignorado en Bruselas: la credibilidad en defensa no procede de las declaraciones, sino de las capacidades concretas.

Las verdaderas debilidades de Europa no son nucleares. Son convencionales, logísticas e industriales.

La movilidad militar en todo el continente sigue estando fragmentada. Las infraestructuras críticas -desde los puertos a las redes energéticas- siguen estando protegidas de forma desigual. Las adquisiciones de defensa son lentas, ineficaces y a menudo distorsionadas por una centralización excesiva.

La próxima «gran semana de diplomacia de crisis» en Bruselas y Munich, descrita de nuevo por POLÍTICOilustra bien el problema. Los líderes de la UE debatirán sobre Ucrania, la competitividad, la autonomía estratégica y las relaciones transatlánticas en rápida sucesión. Sin embargo, sin unas capacidades militares creíbles, estos debates corren el riesgo de quedar desvinculados de la realidad operativa.

A Europa no le faltan reuniones. Le falta preparación. La preparación, sin embargo, no se construye de la noche a la mañana. Requiere una voluntad política sostenida, inversiones previsibles y una jerarquía clara de prioridades. Durante años, la defensa europea ha sufrido una planificación fragmentada y una atención cíclica, con momentos de urgencia seguidos de largas fases de inercia. Invertir este patrón exige no sólo un mayor gasto, sino continuidad y disciplina en la forma de asignar los recursos y desarrollar las capacidades.

Fuerza industrial, no centralización burocrática

Una defensa europea más fuerte requiere una base industrial competitiva e innovadora. Eso significa apoyar a las grandes empresas de defensa, pero también garantizar que las pequeñas y medianas empresas y las start-ups puedan desempeñar un papel significativo, especialmente en ciberseguridad, espacio y tecnologías de doble uso.

Sin embargo, esto no puede lograrse mediante un exceso de centralización a nivel de la UE. La innovación en defensa prospera cuando la toma de decisiones está cerca de las necesidades operativas. Una distancia excesiva entre quienes definen los requisitos y quienes despliegan las capacidades corre el riesgo de frenar la innovación y diluir la responsabilidad. Por tanto, preservar la responsabilidad nacional al tiempo que se mejora la coordinación no es una contradicción, sino una condición previa para una integración eficaz de la defensa.

Los recientes debates sobre las sanciones contra Rusia ofrecen un útil paralelismo. Como informa Euronewsla Comisión Europea está estudiando una prohibición de los servicios marítimos vinculados al petróleo ruso, en coordinación con el G7. Aunque el objetivo -reforzar la presión sobre Moscú- está claro, el proceso pone de manifiesto una vez más los límites de un sistema que requiere unanimidad, una coordinación compleja y una negociación política constante. Esta experiencia pone de relieve un reto estructural recurrente para Europa: el desfase entre la intención estratégica y la ejecución operativa. Cuando la toma de decisiones se vuelve excesivamente procedimental, incluso los objetivos bien fundados corren el riesgo de perder eficacia. En un entorno de seguridad definido por la rapidez y la adaptabilidad, el retraso en la ejecución puede convertirse en sí mismo en una vulnerabilidad estratégica.

La política de defensa se resentiría aún más de tal rigidez. La eficacia operativa depende de la rapidez, la flexibilidad y la responsabilidad nacional, no de estructuras lentas y pesadas.

El factor británico y el equilibrio transatlántico

La inestabilidad en el Reino Unido añade otra capa de incertidumbre. La crisis política en Londres, desencadenada por el asunto Mandelson y la consiguiente presión sobre el Primer Ministro Keir Starmer, corre el riesgo de debilitar uno de los pilares europeos clave de la OTAN en un momento delicado.

Una Gran Bretaña distraída o encerrada en sí misma no sólo afectaría al equilibrio interno de la OTAN, sino que también complicaría los cálculos estratégicos de Europa, sobre todo porque Londres sigue siendo una de las dos potencias nucleares del continente y un actor militar central.

Precisamente por eso es más importante que nunca reforzar la cohesión de la OTAN. La fragmentación dentro de Europa, combinada con la tensión transatlántica, sólo beneficiaría a los adversarios. Los competidores estratégicos han demostrado repetidamente su capacidad para explotar las vacilaciones políticas, la fragmentación institucional y el retraso en las respuestas. La disuasión, en este contexto, no es una mera función de los activos militares, sino de la credibilidad a lo largo del tiempo. La coherencia de las señales políticas y el seguimiento de su aplicación siguen siendo componentes esenciales de cualquier postura de defensa eficaz.

Una agenda europea de defensa realista

A menudo se caricaturiza la postura del ECR como cautelosa o conservadora. En realidad, es pragmática.

Europa necesita gastar más en defensa, y gastar mejor. Necesita reforzar su base industrial, mejorar la movilidad militar y proteger las infraestructuras críticas. Y tiene que responsabilizarse más de su propia seguridad.

Pero debe hacerlo sin ilusiones.

No existe una defensa europea creíble fuera de la OTAN. No hay atajo mediante la duplicación institucional. Y no hay seguridad sin anclar la estrategia a la realidad política.

El debate en el Parlamento Europeo debería partir de esta sencilla verdad: la fuerza de Europa no reside en pretender sustituir a la alianza atlántica, sino en hacerla más fuerte, mediante el realismo, la capacidad y la responsabilidad.