Durante la última década, el debate europeo sobre la migración ha pasado por fases de acalorada confrontación ideológica, oscilando a menudo entre la retórica de la emergencia perpetua y la tranquilidad tecnocrática. Sin embargo, a principios de 2026, se percibe un cambio profundo que trasciende las viejas categorías políticas. No se trata de una reacción instintiva ni de un repliegue dictado por el miedo, sino de una exigencia de realismo que procede del corazón mismo de las sociedades europeas. La gestión de los flujos migratorios y la protección de las fronteras exteriores ya no se perciben como meros puntos de una agenda burocrática, sino como elementos constitutivos de la legitimidad democrática de los Estados y de la propia estabilidad del proyecto europeo.
Cambio de fase en el debate europeo: la señal de la opinión pública europea
Una señal inequívoca en este sentido procede de la opinión pública continental. Según una amplia encuesta realizada sobre una muestra de más de 11.700 ciudadanos de 23 Estados miembros, el 71% de los europeos está de acuerdo en que la Unión Europea debería conceder a los gobiernos nacionales un control significativamente mayor sobre sus propias fronteras para gestionar la inmigración con mayor eficacia. Lo que hace que estos datos sean políticamente relevantes es su transversalidad geográfica y política: el consenso a favor de una mayor soberanía sobre las fronteras no es patrimonio exclusivo de una sola región, sino que es elevado en los países del este, norte, oeste y sur del continente. Esta convergencia sugiere que la demanda de control no es un acto de desafío a la integración, sino más bien una reacción a la percepción de una gestión centralizada que ha perdido el contacto con las necesidades operativas sobre el terreno.
Las cifras: descenso general, presión concentrada
Los datos sobre los flujos migratorios en 2025 proporcionan un marco objetivo para esta percepción, revelando una realidad compleja de progreso parcial y presión persistente. Aunque las entradas irregulares en la UE disminuyeron alrededor de un 25% en los once primeros meses del año, hasta situarse en torno a 166.900, la presión no ha desaparecido, sino que se ha concentrado más. La ruta del Mediterráneo Central sigue siendo el corredor más utilizado, con un 40% del total de entradas, y Libia es el origen de más del 90% de las salidas por este eje. Mientras que algunas rutas, como la de los Balcanes Occidentales, han experimentado descensos significativos, otras, como la del Mediterráneo Occidental, han experimentado aumentos del 15%. Estas cifras confirman que la migración es un fenómeno dinámico que requiere una respuesta rápida y calibrada, una función para la que las autoridades nacionales parecen estar mejor preparadas que la coordinación supranacional, a menudo ralentizada por los vetos cruzados y las complejidades de procedimiento.
Cuando el control funciona: el papel de las opciones políticas
Un elemento que a menudo se pasa por alto en el debate público es que la reducción global de los cruces irregulares no es el resultado de una dinámica espontánea, sino de opciones políticas concretas. Allí donde la UE y los Estados miembros han invertido en controles más estrictos, cooperación con los países de tránsito y acuerdos operativos para limitar las salidas, los flujos han registrado un descenso significativo. Esto sugiere que la gestión de la migración no es un fenómeno incontrolable, sino una variable sensible a la voluntad política y a la capacidad de intervención. Por el contrario, cuando las respuestas siguen siendo fragmentarias o se retrasan, la presión tiende a desplazarse en lugar de disminuir, exacerbando las tensiones entre los Estados miembros.
Schengen bajo presión: la crisis de confianza mutua
Esta asimetría entre las decisiones centralizadas y las consecuencias locales está sometiendo al sistema de Schengen a una tensión política sin precedentes. Aunque la libre circulación sigue siendo un pilar indispensable para la mayoría de los europeos, su supervivencia depende paradójicamente de la capacidad de restablecer la confianza en la seguridad de las fronteras exteriores. El hecho de que doce gobiernos hayan notificado la reintroducción temporal de controles en las fronteras interiores desde principios de 2025 -ocho de los cuales citan explícitamente la migración como causa- no debe interpretarse como un deseo de desmantelar el espacio de libre circulación, sino como un mecanismo de autodefensa ante flujos secundarios que las normas actuales son incapaces de contener. Cuando el control de las fronteras interiores se convierte en una práctica habitual, es señal de que el contrato de confianza basado en la responsabilidad compartida ha entrado en crisis.
La respuesta europea y sus limitaciones estructurales
En este contexto, la respuesta de las instituciones europeas, que culmina con el nuevo Pacto sobre Migración y Asilo y los acuerdos sobre el «fondo de solidaridad», representa un intento necesario pero aún incompleto de abordar el problema. Las recientes reformas sobre los procedimientos de retorno y las listas de «países de origen seguros» apuntan en la dirección correcta hacia una mayor firmeza, pero no resuelven la cuestión fundamental de la competencia operativa. Para un conservador europeo, la cuestión está clara: la responsabilidad política debe seguir a la competencia efectiva. Si los gobiernos nacionales son responsables ante sus votantes de la seguridad pública, la cohesión social y la sostenibilidad de los servicios locales, deben conservar el derecho a decidir quién entra y reside en su territorio. Una cooperación europea eficaz no debe traducirse en una delegación ciega en organismos centralizados, sino en un apoyo subsidiario a los Estados miembros que gestionan la primera línea de las fronteras exteriores.
Soberanía y Tratados: un posible reequilibrio
También conviene recordar, sin caer en exageraciones polémicas, que la estructura actual de los Tratados europeos no impone a los Estados miembros ninguna obligación legal de delegar todas sus competencias en materia de control de fronteras y gestión de la migración. La política de migración es, por su propia naturaleza, un ámbito de competencia compartida, en el que el papel de la Unión debe ser apoyar y coordinar las acciones de los Estados miembros, no sustituirlos. Por tanto, la tendencia a interpretar toda petición de mayor control nacional como una violación del «espíritu europeo» no tiene una base jurídica sólida, sino que refleja más bien una interpretación política extensiva que ha acabado alimentando la ambigüedad y las tensiones institucionales. En este sentido, la demanda de una apropiación nacional más clara de las decisiones operativas no representa una ruptura con el orden europeo, sino más bien un posible reequilibrio del mismo.
Control y humanidad: una falsa dicotomía
Por último, existe una dimensión humana que requiere el restablecimiento del orden. A pesar de la disminución de las llegadas, el coste en vidas humanas en el Mediterráneo sigue siendo dramático, con más de 1.700 víctimas registradas sólo en 2025. Es un error moral contraponer control a compasión: el desorden en las fronteras sólo alimenta el modelo de negocio criminal de los traficantes de seres humanos, fomentando viajes peligrosos basados en la ilusión de un sistema de asilo que, en demasiados casos, se ha convertido en un canal inadecuado para la migración económica. Un sistema de control firme, predecible y basado en la ley es la única condición previa real para una política de migración humana capaz de proteger a los que realmente tienen derecho al asilo y de disuadir a los que intentan eludir las normas.
El quid de la legitimidad democrática
Es precisamente en este ámbito donde hoy está en juego una parte decisiva de la credibilidad de las instituciones europeas. Cuando una gran mayoría de ciudadanos percibe una distancia cada vez mayor entre las decisiones tomadas a nivel supranacional y los efectos concretos en las comunidades locales, el riesgo no es sólo político, sino también democrático. La demanda de un mayor control nacional de las fronteras no expresa nostalgia del pasado, sino la necesidad de restablecer un vínculo claro entre la toma de decisiones, la responsabilidad y el consenso. Ignorar esta señal alimentaría aún más la división entre ciudadanos e instituciones, con consecuencias que van mucho más allá de la mera cuestión de la migración.
Reformar sin romper
En última instancia, Europa no se enfrenta a una elección binaria entre aislamiento y apertura, sino a la necesidad de realinear su gobernanza con la realidad. Reformar sin romper significa aceptar que la soberanía nacional no es un obstáculo para la cooperación, sino la base sobre la que debe descansar para ser creíble. Sólo restaurando la capacidad de los Estados para actuar y proteger a sus ciudadanos será posible preservar Schengen y, con él, la confianza de los ciudadanos en una Europa que esté por fin a la altura de los retos del siglo XXI.