Durante años, Europa ha hablado de la migración como si la única respuesta posible fuera la redistribución: trasladar a los migrantes irregulares de un Estado miembro a otro, gestionar las emergencias cuando ya se habían desbordado y pedir a los países fronterizos que absorbieran la presión mientras el resto del continente debatía sobre principios. El 17 de junio, en Estrasburgo, esa etapa sufrió una derrota política decisiva. El Parlamento Europeo aprobó el nuevo Reglamento de la UE sobre retornos, una medida que supone uno de los giros más claros en la política migratoria europea de los últimos años.
La votación en el pleno tuvo gran relevancia política: 418 votos a favor, 218 en contra y 30 abstenciones. No fue un ajuste insignificante, ni un expediente técnico escondido entre los entresijos de Bruselas. Fue una votación que redefinió abiertamente el equilibrio entre el derecho de asilo, la obligación de respetar el derecho internacional y la necesidad de que las órdenes de expulsión sean realmente ejecutables. Por primera vez en mucho tiempo, Europa ha admitido un hecho sencillo: un sistema de migración que no puede devolver a quienes no tienen derecho a quedarse no es un sistema serio.
El nuevo Reglamento tiene como objetivo simplificar y agilizar los procedimientos para la repatriación de los nacionales de terceros países que se encuentran en situación irregular en la Unión Europea. Sus disposiciones más importantes apuntan en una dirección clara: quienes reciban una resolución de repatriación tendrán que cooperar con las autoridades nacionales y abandonar el territorio del Estado miembro en cuestión, ya sea de forma inmediata o dentro de un plazo determinado. Se podrá recurrir a la detención, tras una evaluación individualizada, cuando exista riesgo de fuga, falta de cooperación o una amenaza para la seguridad. La duración máxima será de 24 meses, con la posibilidad de una prórroga adicional en circunstancias específicas.
El texto también introduce una orden de retorno europea, diseñada para facilitar la cooperación entre los Estados miembros y hacer que las decisiones nacionales sean más efectivas en todo el espacio Schengen. Este es un punto clave. Hasta ahora, una de las debilidades estructurales de la política migratoria de la UE ha sido la fragmentación: una decisión tomada en un país podía perder gran parte de su fuerza práctica en cuanto la persona afectada se trasladaba a otro lugar. El nuevo marco intenta subsanar esa carencia dotando a los Estados miembros de herramientas más sólidas para reconocer y aplicar las decisiones de retorno.
Pero el elemento más importante desde el punto de vista político es la apertura de centros de retorno en terceros países. Según el Reglamento, los Estados miembros podrán firmar acuerdos con países no pertenecientes a la UE que estén dispuestos a acoger a personas objeto de decisiones de retorno, con la excepción de los menores no acompañados. Estos acuerdos deben respetar los derechos humanos, el derecho internacional y el principio de no devolución. Aun así, el mensaje político es inequívoco: Europa ya no se limita a gestionar la migración irregular dentro de sus fronteras. Está empezando a desarrollar una dimensión exterior de los retornos.
Este es precisamente el punto en el que el Gobierno italiano, liderado por Giorgia Meloni, ha insistido desde el inicio de la legislatura. Roma ha defendido que la migración solo se puede gestionar a través de tres pilares: la defensa de las fronteras exteriores, la cooperación con los países de origen y de tránsito, y las repatriaciones creíbles de quienes no tienen permiso legal para quedarse. El acuerdo con Albania, duramente criticado por la izquierda tanto en Italia como en el extranjero, formaba parte de esta estrategia. La votación de ayer en Estrasburgo demuestra que lo que se tachaba de «excepción italiana» se está convirtiendo ahora en un instrumento europeo.
Giorgia Meloni calificó de inmediato el resultado como una victoria política para Italia. La primera ministra describió la aprobación del Reglamento como un gran éxito en Europa y destacó que la posibilidad de abrir centros de retorno en terceros países sigue la línea marcada por el Gobierno italiano con el protocolo de Albania. Su mensaje fue claro: Italia había prometido cambiar el enfoque de Europa respecto a la migración, y ahora ese cambio se refleja en la legislación.
Fratelli d’Italia planteó la votación de la misma manera. Galeazzo Bignami, jefe del grupo de FdI en la Cámara de Diputados, argumentó que la Unión Europea por fin está avanzando hacia los principios que el Gobierno italiano ha situado en el centro del debate: herramientas más eficaces para las devoluciones, procedimientos más rápidos, cooperación con terceros países y medidas contra los abusos. Lucio Malan, presidente del grupo de senadores de FdI, también describió el resultado como una confirmación de que el camino elegido por el Gobierno de Meloni en materia de repatriaciones es el correcto.
En Estrasburgo, Carlo Fidanza, jefe de la delegación de Fratelli d’Italia en el Parlamento Europeo, ofreció la interpretación más explícitamente política de los resultados. Destacó que el resultado se debe al trabajo de FdI en el Parlamento Europeo y a la actuación del Gobierno italiano en el Consejo. Según Fidanza, Italia ha demostrado que puede marcar la agenda en Europa. Su frase «el modelo Meloni puede triunfar en Europa» resume el significado más amplio de la votación: no se trata solo de un éxito legislativo, sino de un cambio cultural y político.
Nicola Procaccini, copresidente del grupo de los Conservadores y Reformistas Europeos y eurodiputado de Fratelli d’Italia, ya había adelantado el alcance de la reforma durante el debate en Estrasburgo. Describió el Reglamento sobre los retornos como una de las etapas más importantes de la reforma más amplia del enfoque migratorio de Europa. Para Procaccini, el cambio es notable: hace solo unos años, parecía casi imposible que la UE se alejara de un enfoque centrado principalmente en la reubicación y la gestión de emergencias. Ahora, la Unión está debatiendo sobre instrumentos más contundentes, centros de retorno y medidas prácticas de aplicación.
La división en el Parlamento Europeo confirma la naturaleza del cambio. El Reglamento contó con el apoyo de los grupos de centro-derecha y de derecha, entre ellos el Partido Popular Europeo y los Conservadores y Reformistas Europeos. Por otro lado, gran parte de la izquierda se opuso a la medida, presentándola como una amenaza para los derechos y un paso hacia una externalización excesiva. Pero esta crítica pasa por alto lo esencial. Una política migratoria basada en normas no puede reducirse al derecho a entrar; también debe incluir la obligación de marcharse cuando se haya rechazado una solicitud de asilo.
Durante demasiado tiempo, Europa ha vivido con una contradicción. Proclamaba que no todo el mundo tenía derecho a quedarse, pero carecía de la voluntad y los instrumentos para hacer cumplir ese principio. El resultado era previsible: bajas tasas de retorno, presión sobre los países fronterizos, crecimiento de las redes ilegales, pérdida de confianza entre los ciudadanos y un margen político para la radicalización. Un sistema humanitario sin medidas coercitivas se vuelve insostenible. Un sistema jurídico sin consecuencias se convierte en algo meramente simbólico. Una frontera sin control deja de ser una frontera.
El nuevo Reglamento no resuelve todos los problemas. Las devoluciones seguirán dependiendo de la cooperación con los países de origen y de tránsito. Habrá que negociar, supervisar y aplicar los acuerdos con terceros países. Las administraciones nacionales tendrán que utilizar las herramientas de forma eficaz. Los tribunales seguirán desempeñando su papel, y los derechos fundamentales seguirán siendo un marco vinculante. Pero la orientación política ha cambiado. La Unión Europea por fin reconoce que hay que restablecer la legalidad no solo en el momento de la entrada, sino también en el momento de la expulsión.
Por eso esta votación es importante más allá de los detalles técnicos. Demuestra que el centro de gravedad en Europa ha cambiado. El discurso del control, la responsabilidad y el realismo ya no se limita a las capitales nacionales, a las que se acusa de ser demasiado estrictas. Se está incorporando al marco legislativo europeo. Lo que la izquierda italiana y gran parte de la clase dirigente progresista europea denunciaban antes como imposible, inhumano o antieuropeo, ahora lo está adoptando la propia Unión.
Para Italia, esto también es una cuestión de credibilidad nacional. El Gobierno de Meloni ha convertido la migración de una emergencia nacional en una cuestión política europea. Ha insistido en que no se puede dejar el Mediterráneo a su suerte, que hay que acabar con el modelo de negocio de los traficantes y que quienes no cumplan los requisitos para recibir protección no pueden simplemente desaparecer en las sombras del continente. La votación de ayer no solo da la razón a la postura italiana, sino que la refuerza.
La verdadera prueba vendrá con la puesta en práctica. El Consejo tiene que aprobar formalmente el texto y, a continuación, el Reglamento se publicará en el Diario Oficial. Se espera que algunas disposiciones, como las relativas a los centros de retorno y a la dimensión exterior de los retornos, se apliquen de inmediato, mientras que otras requerirán un período de transición. Pero la línea legislativa ya está marcada.
Europa lleva años intentando cuadrar el círculo: retórica de apertura, controles débiles, solidaridad desigual y resultados limitados. El resultado ha sido el descontento de todas las partes. El nuevo Reglamento es un intento de restablecer el orden, la credibilidad y el efecto disuasorio. Establece que hay que proteger el derecho de asilo, pero que no se debe recompensar el abuso. Establece que las fronteras deben gestionarse, no solo describirse. Y, sobre todo, establece que la legislación europea debe poder aplicarse.
En Estrasburgo, la línea de Meloni no se limitó a ganar una discusión. Se ha convertido en parte de la estructura de la política migratoria europea. Para un continente que, con demasiada frecuencia, ha confundido la compasión con la impotencia, esto supone un punto de inflexión.