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De la burocracia a las fábricas: La hora de la verdad para la defensa europea

Nuestro futuro con la OTAN - diciembre 5, 2025

Durante décadas, la política europea ha estado convencida de que su fuerza reside en las normas: normas sobre derechos humanos, mercado, clima y otros ámbitos diversos. En resumen, un gigante regulador. Pero la historia -la historia real- ha vuelto con fuerza. Guerras, inestabilidad, amenazas asimétricas, rivalidades militares. En este contexto surge el imperativo: la soberanía no está escrita en reglamentos ni en declaraciones de intenciones. Se fabrica. En acerías. En los astilleros. En centros de misiles. En cadenas de montaje.

Por primera vez, la Unión Europea -con su reciente luz verde al programa de defensa industrial- parece haberlo comprendido por fin.

La mudanza: primero Bruselas, luego las fábricas

El 25 de noviembre de 2025, el Parlamento Europeo aprobó finalmente el EDIP: un paquete de 1.500 millones de euros para el trienio 2025-2027, destinado a reforzar la base industrial y tecnológica de defensa europea (BITD), garantizar la preparación para responder a las amenazas, coordinar las compras y la producción, e incluir también a la industria ucraniana mediante un instrumento de apoyo específico.

No se trata de un «fondo de eslogan»: es el primer marco estructural real que la UE dedica a la defensa industrial: ya no es una emergencia, sino un proyecto a largo plazo.

Es como si hubiéramos pasado años discutiendo sobre cómo hacer la pizza perfecta, y sólo ahora nos hubiéramos decidido a comprar hornos, amasadoras e ingredientes de verdad: se acabó la teoría, sino el trabajo concreto.

Detrás de la ratificación: tensiones reales, desacuerdos políticos, visiones diferentes

Que no fue un consenso unánime lo demuestra la postura del grupo ECR, la familia política europea a la que pertenecen fuerzas como la nuestra: Los eurodiputados del ECR votaron en contra de la primera versión del texto -la utilizada en las comisiones de Industria y Defensa- porque la consideraban «forma sin función», carente de algunos capítulos decisivos.

¿Por qué votaron así? Porque en los círculos soberanistas y conservadores existe desde hace tiempo la sensación de que Europa no necesita proclamaciones vacías, sino infraestructuras, capacidad de producción, suministros reales, cadenas de suministro robustas y, sobre todo, un rápido pragmatismo. Un programa cojo, incierto o excesivamente burocrático corre el riesgo de quedarse en nada. Es mejor tener un plan concreto, claro e incisivo.

Al final, se aprobó el EDIP, pero sólo después de que el Parlamento y el Consejo -probablemente presionados por las realidades geopolíticas- alcanzaran un compromiso que, al menos formalmente, contiene:

  • límites en el uso de componentes extracomunitarios (35% como máximo), para preservar de forma realista el principio de «Comprar en Europa».
  • la integración, desde el principio, de la industria ucraniana en el esquema europeo, como «socio de hecho» en la defensa europea.
  • un sistema que no sea «algo puntual», sino diseñado como una estructura permanente, capaz de proporcionar una columna vertebral industrial para la defensa de Europa durante la próxima década.

Es una victoria, pero frágil, que pende de un hilo: depende de cómo se aplique. Y, sobre todo, de si la política nacional y de la UE mantienen la coherencia entre los proyectos y las ayudas reales.

Porque para la derecha conservadora, es un punto de inflexión – si no es traicionada

Quienes escriben desde posiciones conservadoras saben que la soberanía no es un concepto abstracto: es concreto, material. Es la capacidad de defender a la familia, al pueblo, a la nación. De defender las fronteras, las ciudades, la civilización. Y así…

  • La industria de defensa no es una reliquia del pasado, sino la tablilla de madera sobre la que descansa la libertad.
  • «Comprar europeo» no es proteccionismo obtuso, sino conciencia estratégica: no podemos confiar en frágiles cadenas globales cuando la guerra llama a la puerta.
  • La apertura a la integración con la industria ucraniana no es buenismo: es realismo geopolítico: refuerza a Europa como bloque.
  • Hay que abandonar el modelo de «defensa como mercado»: necesitamos «la defensa como capacidad nacional/europea».

Si el EDIP se aplica realmente, de acuerdo con esta visión, podría ser el principio de un renacimiento industrial y defensivo para el Viejo Continente.

Pero los riesgos son reales. Y la derecha debe estar alerta.

Porque no basta con aprobar un programa.

  • Si los procedimientos burocráticos, las licitaciones, las certificaciones y las abstracciones normativas la ralentizan, acabará como muchas «grandes ideas» europeas: en largos años de nada.
  • Si los grandes grupos monopolizan los fondos y se deja fuera a las PYME, se traicionará el espíritu original: el de una base industrial amplia, pluralista y resistente.
  • Si se elude o malinterpreta el principio de «Comprar en Europa», volveremos al riesgo de dependencia de componentes extranjeros, precisamente la debilidad que queríamos evitar.
  • Si la «integración ucraniana» se convierte en una forma de descargar la producción pesada en Kiev, sin un plan estratégico común, todo corre el riesgo de quedar en nada.

Por esta razón, la derecha conservadora tiene una doble responsabilidad: no sólo aplaudir cuando se aprueban estas medidas, sino también asegurarse de que se aplican en la práctica, con rigor, visión y coherencia.

Un punto de inflexión – si estamos a la altura

El EDIP podría marcar realmente un punto de inflexión para Europa. Su importancia no se medirá en comunicados de prensa ni en retórica ritual, sino en su capacidad para transformar unos recursos limitados en una industria vibrante: fábricas que funcionen, cadenas de suministro que recuperen el impulso, municiones que salgan de la cadena de producción, astilleros que nunca se detengan. Ahí es donde nacerá la credibilidad europea.

Quienes ven Europa como una civilización -y no como una colección de directivas- reconocen que la fuerza no se improvisa: hay que construirla. Depende de una voluntad política capaz de mantener unidas la identidad, la responsabilidad y la libre voluntad de los pueblos. Requiere claridad, determinación y la certeza de no querer delegar la propia seguridad en nadie más, ni en Moscú ni en Pekín, ni en Ankara ni en ninguna otra capital.

Está claro que algo ha cambiado. Pero la prueba no será una votación en el Parlamento. Será la rapidez con la que volvamos a la producción. Será la determinación con la que atraigamos inversiones, reorganicemos las cadenas de valor, apoyemos a Ucrania y consolidemos la industria que tenemos en nuestro territorio. Será la capacidad de volver a centrarnos en la idea de que Europa existe cuando es capaz de defenderse.

Y aquí es donde empieza la responsabilidad política. No hay necesidad de triunfalismos, sino de decisiones. Tenemos que estar atentos, ser persistentes y exigir coherencia. Porque un programa puede allanar el camino, pero sólo una clase dirigente consciente puede transformarlo en la columna vertebral de la seguridad europea.