La respuesta de Europa a la detención de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos ha revelado mucho más sobre Europa que sobre Venezuela. Lo que inicialmente parecía una mezcla fragmentada de objeciones legales, cautela política y aplausos selectivos, ha cristalizado en un problema más profundo: una crisis de coherencia estratégica, que afecta especialmente a la derecha europea.
Venezuela se ha convertido en una prueba de estrés. Y la reacción de Europa ha puesto al descubierto no sólo sus instintos, sino también sus inhibiciones.
Es importante empezar con una distinción clara. La izquierda europea no ha sido ambivalente. Su reacción ha sido en gran medida uniforme e inequívoca. En todas las instituciones, partidos y ecosistemas mediáticos, la izquierda ha condenado la operación, bien por motivos jurídicos formales -enmarcándola como una violación del derecho internacional y de la soberanía estatal-, bien por su antigua simpatía política e ideológica por el régimen chavista. Para gran parte de la izquierda europea, la Venezuela de Maduro ha sido tratada menos como un Estado criminalizado que como una causa política o, como mínimo, como un conveniente contrapeso al poder estadounidense.
Esta postura, aunque defectuosa, ha sido internamente coherente. Sigue un patrón familiar: la denuncia moral de la acción estadounidense combinada con la ceguera selectiva hacia los regímenes autoritarios alineados con las narrativas progresistas o antioccidentales.
Sin embargo, el verdadero dilema está en otra parte. La ambivalencia expuesta por el episodio venezolano es una crisis de la derecha europea.
Una decapitación estratégica, no una cruzada ideológica
La detención de Maduro no fue impulsiva ni simbólica. Se produjo tras años de preparación legal, penetración de los servicios de inteligencia y coordinación con actores regionales, incluidas figuras incrustadas en el propio régimen venezolano. Ejecutada como una operación estrictamente controlada y sin víctimas, representó una estrategia clásica de decapitación destinada a desmantelar un Estado que hacía tiempo que había dejado de funcionar como entidad política soberana para convertirse en un centro criminal transnacional.
De manera crucial, Washington no enmarcó la operación como una intervención humanitaria o un ejercicio de promoción de la democracia. Se presentó como una acción de aplicación de la ley y de seguridad nacional, basada en acusaciones relacionadas con el narcotráfico, el blanqueo de dinero y la criminalidad a nivel estatal. Estados Unidos actuó porque consideró que la inacción continuada degradaría aún más la seguridad regional.
Europa, por el contrario, ha respondido como si el propio procedimiento fuera el resultado político.
Reacciones europeas: Tres posturas, una debilidad
A grandes rasgos, las respuestas europeas se dividen en tres categorías que se solapan.
En primer lugar, una aprobación cualificada, especialmente entre los conservadores y la derecha nacional-populista. En algunas partes de Europa Central, Europa del Sur, los Estados nórdicos y entre los conservadores de orientación atlántica, la destitución de Maduro ha sido acogida como estratégicamente beneficiosa, aunque acompañada de la insistencia en que tales acciones siguen siendo excepcionales y legalmente incómodas.
En segundo lugar, el silencio estratégico, especialmente entre los dirigentes que reconocen en privado la utilidad de la operación, pero son reacios a articular su apoyo en el entorno jurídicamente sensible y mediáticamente hostil de Europa. Este silencio no es neutralidad. Refleja aversión al riesgo combinada con cálculo político.
En tercer lugar, la condena legalista, concentrada sobre todo en el centro-izquierda, pero también visible en partes de la derecha -sobre todo en Francia y Gran Bretaña-, donde la operación se ha enmarcado como una violación inaceptable de la soberanía. Esta reacción tiene su origen en culturas políticas profundamente recelosas del poder extraterritorial estadounidense y comprometidas con una concepción rígida y formalista del derecho internacional.
Lo que une a las tres respuestas -incluida la aprobación- es la incapacidad de Europa para articular una doctrina que tienda un puente entre la legalidad y la aplicación. Europa sigue hablando el lenguaje de las normas mientras permanece estructuralmente incómoda con el poder.
El dilema de la derecha: soberanía sin agencia
Contrariamente a las caricaturas, la derecha europea no es ampliamente antiamericana. En Italia, Polonia, Hungría, gran parte de Europa Central y en los países nórdicos, el atlantismo sigue siendo una orientación estratégica fundamental. Y la simpatía por Trump también está firmemente arraigada.
Sin embargo, Venezuela ha revelado una vulnerabilidad más sutil: la tendencia a tratar la soberanía como una restricción y no como una responsabilidad.
Si la soberanía es inviolable, ¿protege a regímenes que operan como empresas criminales? Si el interés nacional es primordial, ¿puede Europa tolerar narcoestados que exportan drogas, delincuencia organizada, presión migratoria e inestabilidad regional? Y si no, ¿qué mecanismos -legales, políticos o estratégicos- está dispuesta a activar Europa?
Con demasiada frecuencia, se invoca la soberanía no para justificar la acción, sino para excusar la abstención. El silencio, en este contexto, se convierte en complicidad por omisión. Permite al poder definir la legalidad con carácter retroactivo, mientras Europa se repliega en el formalismo moral. La ley sin aplicación deja de ser orden; se convierte en ritual.
Un patrón familiar de ansiedad estratégica
Este episodio recuerda al de febrero de 2025, cuando varios líderes conservadores europeos se alinearon públicamente con Donald Trump durante la CPAC de Washington, en medio de una escalada de la disputa arancelaria transatlántica. En casa, los medios de comunicación nacionales los retrataron rápidamente como antipatriotas o sumisos a los intereses estadounidenses. El coste político fue real.
La lección que muchos asimilaron no fue cómo defender coherentemente el alineamiento estratégico, sino cómo minimizar la exposición. Venezuela ha reactivado ese instinto. Aplaudir el resultado distanciándose del método se ha convertido en la postura europea por defecto: segura, pero estratégicamente débil.
La Responsabilidad de España: Una voz que no puede permanecer en silencio
En ninguna parte es esta ambigüedad más perjudicial que en España.
España no puede permitirse equívocos sobre Venezuela. Tiene una responsabilidad histórica en las relaciones UE-América Latina que ningún otro país europeo posee. Sin embargo, durante años, esa responsabilidad no sólo se ha descuidado, sino que se ha invertido activamente.
Bajo sucesivos gobiernos dirigidos por el Partido Socialista Español, España ha desempeñado un papel profundamente corrosivo en la legitimación, habilitación y blanqueo político del régimen de Maduro. Esta responsabilidad se asocia especialmente a José Luis Rodríguez Zapatero, ex presidente del Gobierno español, que durante años ha actuado como uno de los más eficaces facilitadores internacionales de Maduro, normalizando el régimen bajo la apariencia de diálogo mientras Venezuela descendía a la condición de Estado criminal.
Este legado hace que la condena del gobierno español a las acciones de Trump no sólo sea políticamente cobarde, sino moral y estratégicamente insostenible.
Si Europa quiere contribuir de forma significativa a la transición democrática de Venezuela, España debe hablar con claridad, no como actor ideológico, sino como puente civilizatorio y político entre Europa e Hispanoamérica. Un proceso de transición en el que España permanezca paralizada por sus propios compromisos políticos carecerá de credibilidad y legitimidad.
Washington está tomando notas
Estados Unidos observa atentamente. En la comunidad estratégica de Washington, Venezuela no es un caso aislado, sino una señal. ¿Hasta qué punto es fiable Europa cuando la legalidad y la seguridad divergen? ¿Pueden los movimientos conservadores europeos traducir la soberanía retórica en responsabilidad operativa? ¿Y hasta qué punto están alineados, en la práctica, con una doctrina de America First que prioriza la acción decisiva sobre la comodidad procesal?
Estas cuestiones son importantes. Los analistas señalan abiertamente que Colombia, México, Honduras y Nicaragua siguen bajo escrutinio, y que se está estudiando cuidadosamente el calendario electoral. Groenlandia también ha vuelto a entrar en las discusiones estratégicas. La reacción de Europa ante Maduro ya está dando forma a las expectativas estadounidenses.
¿Derecho internacional o coartada moral?
El derecho internacional importa. Pero cuando se invoca para defender regímenes que han vaciado la soberanía desde dentro, corre el riesgo de convertirse en una coartada moral para la parálisis. El régimen de Maduro destruyó sistemáticamente la soberanía venezolana mientras invocaba la no injerencia como escudo. Defender dicha soberanía en términos abstractos vacía el concepto de significado.
Europa debe enfrentarse a una cuestión fundamental: ¿la soberanía protege a los países o protege a los regímenes?
Conclusión: El precio de la inocencia estratégica
En Empatía suicida (2026), Gad Saad describe una patología en la que la empatía, separada de la prudencia y la autoconservación, se vuelve autodestructiva. Los individuos, argumenta, pueden llegar a temer tanto causar daño que aceptan su propia erosión.
El episodio venezolano sugiere que los Estados -y quizá continentes enteros- pueden sufrir la misma dolencia.
La incomodidad de Europa con la aplicación de la ley, su repliegue reflexivo en el formalismo legal y su preferencia por la señalización moral frente a la responsabilidad estratégica apuntan a una forma de empatía geopolítica suicida. Un continente moldeado por traumas históricos se ha vuelto indeciso a la hora de ejercer el poder, incluso cuando la inacción conlleva mayores costes morales y materiales.
La soberanía debe incluir la responsabilidad. La empatía, si quiere seguir siendo virtuosa, debe estar limitada por el realismo.
Maduro ya no está en Caracas. Y Europa -la derecha, la izquierda y el resto- debe abandonar por fin la ilusión de inocencia estratégica. Es el momento de la verdad para el conservadurismo europeo, para nuestros aliados y para nosotros mismos.