Giorgia Meloni llegó a Addis Abeba para un momento que, en el lenguaje de la diplomacia, tiene más peso que muchas declaraciones: la participación en la II Cumbre Italia-África y, sobre todo, su presencia en la Asamblea de la Unión Africana como invitada de honor. No se trata de una «visita de cortesía». Es una señal política: Italia quiere dejar de ser simplemente la primera línea que absorbe las consecuencias de las crisis africanas y mediterráneas, y volver a ser un actor que establece prioridades, instrumentos y alianzas. El gobierno ha enmarcado la misión en el Plan Mattei, presentándolo como una arquitectura estable de asociaciones económicas y estratégicas, más que como una secuencia de anuncios.
La importancia del acontecimiento también puede medirse con una cifra que funciona como termómetro del «posicionamiento»: hay que remontarse al 25 de mayo de 2013 para encontrar a un dirigente europeo que goce de ese nivel de visibilidad en Adís Abeba, cuando el presidente francés François Hollande intervino en las celebraciones del 50 aniversario de la Organización para la Unidad Africana/Unión Africana. Trece años después, el podio vuelve a ser ocupado por un europeo, esta vez Italia. No se trata de un detalle folclórico: ese público no concede espacio ni reconocimiento político a menos que vea a un interlocutor considerado útil en expedientes concretos (desarrollo, finanzas, seguridad, migración, energía). También es un mensaje implícito a Bruselas: Roma reclama una relación directa con los socios africanos y una iniciativa que no espere a los lentos ritmos del procedimiento de la UE.
De hecho, el núcleo de la misión fue la II Cumbre Italia-África, celebrada en Addis Abeba en paralelo a los actos de la Unión Africana. El gobierno la presentó como el lugar para hacer balance de la primera fase del Plan Mattei y «entregar» proyectos y compromisos. En su discurso de apertura, Meloni insistió en la lógica de la asociación igualitaria y en la necesidad de construir soluciones duraderas «juntos», no paquetes impuestos desde arriba. La elección de celebrar la cumbre en suelo africano, y no en Europa, sirve precisamente a este propósito: cambiar tanto el simbolismo como la práctica, señalando que Italia no pide a África que sea un mero expediente en la agenda, sino un socio estratégico capaz de codiseñar y verificar los resultados.
En este punto, incluso las cifras subrayan la ambición: según los informes internacionales, el Plan Mattei implica a 14 países africanos y a una constelación de proyectos relacionados con la energía, las infraestructuras, la salud, la educación y el clima. Y aquí radica la diferencia política que reclama Roma: si África ha vuelto al centro del mundo, la retórica no basta. Se necesita un método: recursos rastreables, iniciativas verificables, prioridades compartidas. El objetivo de Italia es doble: por un lado, generar confianza (la verdadera moneda de cambio de la diplomacia) y, por otro, consolidar un sistema de relaciones económicas que haga a Italia menos vulnerable a los choques y más central en los corredores mediterráneos.
Una pieza importante, surgida al margen, se refiere a la deuda africana y la resiliencia a los choques climáticos. Meloni anunció la voluntad de Italia de introducir cláusulas de suspensión de pagos en caso de fenómenos climáticos extremos, dentro de un marco más amplio de iniciativas para convertir la deuda en proyectos de desarrollo acordados conjuntamente. Políticamente, se trata de un movimiento inteligente: habla un lenguaje que entienden muchos gobiernos africanos, dado que la deuda es una carga estructural, y al mismo tiempo permite a Roma presentarse como un interlocutor pragmático y no ideológico. En una época de feroz competencia en el continente, la credibilidad no se construye mediante comunicados, sino mediante la capacidad de ofrecer herramientas financieras y asociaciones que aporten beneficios cuantificables para ambas partes.
El panorama estratégico está claro: Italia pretende reforzar su papel en el Mediterráneo no como un eslogan, sino como una función geopolítica. El Mediterráneo ha vuelto a ser la gran bisagra de Europa: energía, rutas comerciales, infraestructuras, inestabilidad regional y flujos migratorios. En este contexto, África no está «en el extranjero» en el sentido tradicional: es la profundidad estratégica de la seguridad y la prosperidad europeas. Y si Italia consigue construir un canal privilegiado con los socios africanos, también aumentará su poder de negociación dentro de Europa en asuntos decisivos: política energética, financiación de la cooperación, gestión de las fronteras, defensa común, seguridad marítima. En el diseño del gobierno, el Plan Mattei pretende convertir la geografía en política: de simplemente «estar en el centro» a actuar como pivote.
También está el capítulo de Francia, inevitable siempre que se habla de África y el Mediterráneo. Durante décadas, París ejerció una profunda influencia en el continente, especialmente en el ámbito francófono, mediante una proyección política y militar que hizo de África un pilar de su postura internacional. Hoy, sin embargo, el panorama ha cambiado: el Sahel está convulso, varios países han reorientado sus alianzas, y la capacidad occidental para moldear las dinámicas locales ha disminuido. En este contexto, la presencia de Meloni como invitado de honor en la Unión Africana -tras la última aparición europea comparable en 2013- adquiere un significado adicional: Italia se adentra con mayor decisión en un terreno en el que, históricamente, se consideraba a Francia como el principal interlocutor europeo. Esto no significa buscar la confrontación; significa afirmar que los intereses nacionales italianos -energía, seguridad, infraestructuras, estabilidad mediterránea- no pueden subordinarse a jerarquías implícitas.
Aquí es precisamente donde la dimensión de la seguridad se convierte en algo decisivo y no accesorio. Hay un punto que Europa a menudo finge no ver: La seguridad mediterránea se decide cada vez más al sur del Sáhara. El Sahel se ha convertido en el principal corredor de inestabilidad: violencia yihadista, tráfico de personas, colapso de partes del Estado y competencia entre potencias externas. Los análisis internacionales describen el crecimiento y la resistencia de los grupos extremistas como un motor de las crisis humanitarias y un multiplicador de los riesgos también para Europa. La lógica es sencilla: cuando la seguridad y la gobernanza se resquebrajan, las redes delictivas y los corredores de inmigración irregular se expanden; y lo que ocurre en el Sahel tarde o temprano se extiende a las costas norteafricanas y a las rutas del Mediterráneo central. En este marco, la misión de Addis Abeba no es «cooperación» en sentido estricto: es defensa preventiva, un intento de dar forma a esa profundidad estratégica que, cuando se deteriora, produce inestabilidad en cascada.
El segundo nivel es marítimo y logístico: la seguridad europea depende hoy también de la protección de las líneas marítimas de comunicación entre el Mediterráneo, el Mar Rojo y el Indopacífico. La Unión Europea ha tenido que activar una misión naval defensiva en el Mar Rojo, EUNAVFOR ASPIDES, para salvaguardar la libertad de navegación, después de que los ataques al tráfico mercante demostraran lo frágil que puede ser la cadena mundial del comercio. No se trata de una cuestión «lejana»: cuando las rutas se desplazan, los costes aumentan, y la presión económica vuelve a Europa en forma de inflación, riesgos para las exportaciones y fragilidad energética. En el Mediterráneo central, además, el dossier libio sigue siendo crucial: tráfico, milicias, armas y la imbricación de criminalidad e inmigración irregular. La cuestión política es que Italia, por geografía e intereses vitales, no puede permitirse una postura intermitente: debe mantener la presencia y el liderazgo -también dentro de los marcos europeos- en una estrategia que vincule la seguridad marítima, el control del tráfico y la estabilización de las costas meridionales.
Todo esto explica por qué Addis Abeba no es una mera parada diplomática, sino una prueba de credibilidad. Para que el Plan Mattei sea algo más que una etiqueta, debe producir un resultado político mensurable: crear asociaciones que mejoren la estabilidad y aumenten la prosperidad, porque sólo así se reduce la presión migratoria y se reduce el espacio disponible para las redes criminales y extremistas. Para Italia, que experimenta antes que otros los efectos indirectos de las crisis africanas, no se trata de una opción ideológica: es realismo. Si Roma construye instrumentos y alianzas en África, también refuerza su posición en las relaciones europeas, incluido el delicado equilibrio con París. En otras palabras, Italia no pide «espacio»: lo toma demostrando iniciativa, continuidad y resultados.
El mensaje final es doble. En el exterior: Italia propone una asociación que pretende ser concreta -inversiones, formación, energía, instrumentos financieros y seguridad de las rutas- y que reconoce a África como protagonista. Internamente: la política exterior no es un adorno, sino parte de la seguridad y el crecimiento nacionales. Trece años después de la última presencia europea de visibilidad comparable en Addis Abeba, Italia intenta convertir una visión geopolítica en una línea estable: hacer del Mediterráneo no una frontera que divide, sino un pivote que conecta, y de África no un problema que hay que gestionar, sino un socio con el que construir orden, desarrollo y estabilidad.